jueves, julio 11, 2019

A VUELTAS CON LA MISMA BIOGRAFÍA

10/7/18

Termino de leer la biografía de CEdeO que ha escrito su paisano -y tocayo mío- JMGG. Mañana redacto la reseña que me han encargado de El Cultural y, a falta de dilucidar aún qué diré en ella, se me vienen ahora a la cabeza mis propios recuerdos del biografiado, al que traté en numerosas ocasiones, casi siempre en compañía de su más fiel anfitrión y discípulo gaditano, el poeta JFP. Debo decir que nunca padecí lo que, según quienes más lo trataron y su propio biógrafo, fueron los rasgos menos gratos de su carácter: sus arbitrarios cambios de humor, su afán de protagonismo en cualquier reunión, su falta de escrúpulo a la hora de declarar su desagrado o falta de interés hacia su interlocutor de turno, cuando éste lo aburría o le resultaba importuno. 

Recuerdo que en alguna ocasión nuestro anfitrión común, el ya mencionado J.F.P., le dio a leer los poemas mecanografiados que yo solía llevarle. Su opinión fue benévola y estimulante: le gustó, por su corrección técnica -un aspecto muy presente en su propia poesía-, un soneto erótico del que yo entonces estaba muy satisfecho y que finalmente nunca publiqué; e hizo alguna que otra broma "postista" a propósito de un poema -que tampoco he publicado- que se llamaba "Mujer ante el espejo", título que tomó como pie para hacer un ripioso pareado, completándolo: "La mujer ante el espejo / tiene cara de conejo...". Creo recordar que, mientras el poeta se distraía con el visitante, sus anfitriones -JFP y su mujer-, aprovechaban para evadirse un poco de su exigente y absorbente compañía. También recuerdo, con anterioridad, que, en un taller literario que el poeta impartió en la sede del Colegio Oficial de Arquitectos, donde su anfitrión era responsable de un Aula de Poesía de cuyos actos yo era asiduo, pidió a los asistentes que dijeran algún verso que recordaran. Y el mío le hizo reír: el sonoro comienzo de la "Salutación del optimista" de Rubén Darío: "Ínclitas razas ubérrimas...". 

Ya fuera en casa de JFP, ya en alguna de esas ocasiones literarias, disfruté varias veces de la compañía de O, e incluso de su conversación, aunque mi timidez o mi falta de habilidades mundanas, de entonces y de ahora, me impidieron sumarme al cortejo que rodeó al poeta en los distintos homenajes y reconocimientos que a partir de entonces se le empezó a tributar y a los que asistí simplemente como espectador: desde su polémico pregón carnavalesco, que asustó a los timoratos por incluir una versión festiva, y para algunos blasfema, del Padrenuestro, hasta sus sucesivos nombramientos como hijo predilecto de, respectivamente, su ciudad natal, su provincia y su región. 

He de reconocer que todos esos homenajes, repetitivos y un tanto cansinos -aunque no inmerecidos, desde luego- me produjeron entonces una cierta sensación de empacho, aunque entendía que el viejo poeta, ya cansado de interpretar su papel de figura extravagante y marginal, los fuera aceptando con indisimulada complacencia, aunque de vez en cuando hiciera gala de lo contrario. En esa faceta, me tocó reseñar algunas de sus últimas publicaciones -reseñas de las que mi amigo biógrafo no se ha acordado, por cierto, al establecer la bibliografía en torno a su objeto de estudio-: el breve libro Sin permiso de ser ángel, publicado en Nueva York, que leí en un ejemplar que me prestó JFP, que fue quien me encargó la reseña para la revista Fin de Siglo sin advertirme que el poeta -de eso me entero ahora, leyendo su biografía- estaba muy descontento con la edición, plagada de erratas, y lo había desautorizado, por lo que es posible que ni siquiera se llegara a distribuir; o Melos melancolía, su último poemario, que reseñé en La Ronda del Libro, un periódico literario que yo entonces dirigía y en el que quise dar especial prominencia al hecho de que el decano de la poesía gaditana contemporánea hubiera publicado un libro de nueva planta y no, como solía, una compilación más de las muchas que iban jalonando su creciente reconocimiento: o la llamada edición definitiva de sus Diarios, que no fue tal, porque su autor no autorizó la inclusión de una parte considerable del mismo, y de la que hice una reseña un tanto fría para El Cultural, quizá porque me disgustó que lo publicado concediera tanto espacio a las elucubraciones más o menos visionarias del diarista en torno a sus lecturas místicas y demás y apenas incluyera lo que el lector de diarios más agradece, que es el relato interiorizado de la cotidianidad: ahora sé que parte de lo que yo echaba de menos estaba en el material que quedó inédito. También he sabido por esta biografía de la innecesaria humillación que infligieron al poeta los organizadores de la  primera edición, y no sé si única, del Premio Canarias de Novela, que el jurado declaró desierto, aunque recomendó la concesión a O. de un accésit por su novela Mèphiboseth en Onou, que finalmente publicó la editorial que promovió el certamen. Se da  la circunstancia de que recientemente he reseñado las memorias de quien fue responsable de dicha editorial, y es una lástima que no supiera yo entonces su papel en la desastrosa gestión de este premio; que, por cierto, no menciona en su libro.

En fin. Llevo más de tres lustros reseñando biografías y escritos autobiográficos, muchos de ellos de autores contemporáneos, y siempre me produce una emoción especial constatar que alguna parte de las vidas de algunos de ellos pudo rozar, siquiera fuera de forma muy circunstancial, la mía, en mi modesta condición de espectador periférico de la vida literaria de las últimas tres o cuatro décadas. Con O. ese trato fue un poco más allá. Por eso he leído con rara emoción esta biografía, hecha por alguien que tampoco oculta su condición de espectador cercano de algunos de los hechos que narra... Dejo aquí estas notas informales. La reseña formal -otra más, ay- la escribiré mañana. 

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