martes, agosto 13, 2019

DESNATURALIZAR

12/8/18

Distraigo los ratos muertos en hacer pequeños esbozos al acuarela en un cuadernito en octavo que me traje de Irlanda. No me ocupan, cada uno de ellos, más de unos minutos y entiendo que no tienen demasiado valor siquiera como ejercicio. Demasiada facilidad, tal vez, realzada por el tamaño exiguo. Es el equivalente, en pintura, a escribir haikus, o aforismos o microrrelatos: los puede haber magníficos, por supuesto, pero pocos quedan por encima de la sospecha de que son meras ocurrencias que se benefician del realce que les proporciona un formato universalmente aceptado y reconocible.

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Hay algo perverso en que un gato, como es el caso de nuestra K., prefiera el pescado frito al crudo: una de esas insidiosas interferencias que la actividad humana introduce en la naturaleza para... desnaturalizarla, como ya nos ocurre a nosotros cuando constatamos (y no es mi caso) que un desnudo suele gustar más si viene envuelto en lencería.

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Sólo a estas alturas del verano he empezado a dormir a pierna suelta hasta las diez y media o las once de la mañana; es decir, que he tardado casi un mes y medio en vencer el hábito de levantarme temprano. Y me quedan apenas quince días para gozar de esa desintoxicación tan trabajosamente alcanzada. Luego volverá lo otro: quiero decir, ese otro modo de conducirme impuesto por las circunstancias y que, a pesar de ocupar cinco sextas partes de mi vida, sigo percibiendo, a estas alturas, como algo que violenta mis instintos y mis querencias naturales. 

Anoto aquí la idea, para incluirla quizá en mi discurso de jubilación, que ya no queda tan lejos. 

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