martes, septiembre 10, 2019

OTRO ANIVERSARIO


9/9/2018


Diez años de crisis, nos recuerda hoy la prensa, conmemorando el aniversario de la sonada quiebra con la que dio comienzo la lamentable situación económica que venimos padeciendo desde entonces. En su día, cuando los síntomas eran ya indudables y empezaba a preverse lo que estaba por venir, redacté un artículo sobre el asunto -uno de los efectos que tuvo para mí la tal crisis, por cierto, fue la pérdida, un poco después, de mi colaboración retribuida en la prensa local-, en el que un tanto a la ligera, pero creo que con cierta razón, decía que las crisis empezaban cuando a todo el mundo le daba por decir que estábamos en crisis, y eventualmente terminaban cuando sucedía lo contrario... En este caso, entiendo que eso no ha ocurrido todavía. Lo que sí se ha producido, y algunos lo confunden con síntomas de recuperación, es que la gente se va cansando de los comportamientos asociados a la escasez de recursos: el que se llevó años sin comprar una escoba, ahora hace tímidos intentos de reponer algunas de las cosas que ha echado en falta a lo largo de estos últimos diez años. A eso lo llaman los economistas "recuperación del consumo interno". Etcétera. Lo que está claro que no va a revertir son los recortes sociales que los poderes fácticos han forzado al estado a efectuar. Desaparecida, con la caída del Muro de Berlín, la amenaza que suponía que las clases obreras de Occidente pusieran sus esperanzas en el advenimiento de una sociedad comunista, el llamado "estado de bienestar" ha dejado de ser necesario como paliativo de las desigualdades, que no han hecho otra cosa que aumentar desde entonces. ¿Volveremos alguna vez a la desahogada confianza en el futuro que la gente manifestaba a comienzos de la década de los 70, por ejemplo? No parece probable y esa evidencia induce al pesimismo. El futuro parece ahora más negro de lo que nos parecía, pongo por caso, en aquel bendito 2008, cuando los periódicos comentaban que un ignoto banco comercial americano llamado Lehman Brothers estaba al borde de la quiebra.


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Cerveza vespertina con amigos en una plaza de Ubrique en la que, a pesar de los años que llevo frecuentando esa benemérita población, no había estado nunca... Constatación que me llena de felicidad, como ocurre cada vez que descubro que, en medio de la rutina más acendrada, había un detalle o dos en los que no había reparado antes y que aportan a lo ya conocido un inesperado y refrescante aire de novedad.


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Al día siguiente, jornada completa de trabajo manual, enmarcando acuarelas. Quién me iba a decir a mí que, a mis cincuenta y cinco años, iba a aprender a usar con razonable soltura las herramientas del carpintero. Miro el resultado y no me parece malo. Y pienso, como me sucede siempre en estos casos, en la clarísima afinidad que existe entre la satisfacción que depara el trabajo manual que produce objetos concretos y la actividad intelectual que conduce, por ejemplo, a la escritura de un poema.

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