miércoles, octubre 09, 2019

MAÑANA DE LUNES


Otra mañana de día laborable en la sierra, esta vez porque es fiesta local en donde trabajamos y eso ha sumado un día al fin de semana. Nos levantamos temprano, de todos modos: nos están pintando la fachada y el pintor llega a las ocho. Aprovechamos las horas ganadas al sueño para adelantar eso que los antiguos llamaban "trabajo gustoso": yo escribo la reseña de los diarios de Byron, que terminé de leer ayer, M.A. edita su CaoCultura. A las once bajamos a Ubrique a recoger el cuadro con el que C. participó en el certamen regional de pintura y que ha estado expuesto a lo largo de todo el mes pasado. Luego, ya de vuelta, M.A. sigue con lo suyo mientras yo salgo a dar una vuelta y paso revista a la mañana de lunes en el pueblo. Aquí las vidas son transparentes. M., que bajó a trabajar esta mañana, a pesar de que esta tarde tiene unas complicadas pruebas médicas y está bajo el efecto de un potente purgante, ha vuelto a casa -he visto su coche aparcado en su puerta- por motivos que son fáciles de adivinar; M. y J. han podado la parra que sombrea su mirador y llevan al contenedor de basura los detritos resultantes; otro M. lleva ya bebida su segunda cerveza sin alcohol en una terraza soleada y me invita a acompañarlo, lo que declino con una cortés excusa; P. trabaja en las obras de restauración del viejo lavadero, al que me permite acceder, mientras me explica que todavía quedan "viejas" (sic) que en su día lavaban la ropa en esa pila de piedra e incluso la usaban para refrescarse en verano... Más allá de estas presencias, y de alguna otra que no da lugar a reseña por tratarse de gente que no conozco -un viejo que enjalbega el marco de su puerta, una mujer atractiva de lejos, pero visiblemente envejecida cuando se la mira de cerca, que toma el sol con la falda remangada en una terraza, etcétera-, no veo a nadie más. Vuelvo a casa y me echo en el sofá a empezar la lectura de una vieja novela de A.D. que he comprado en un remate. Podría ocuparme en algo más productivo, desde luego. Pero me parece que sería una profanación, una especie de incumplimiento del mandato bíblico que ordena santificar las fiestas, que es tanto como no arrojarlas sin más al turbión del tiempo enajenado. Y ya está. (8/10/18)

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