jueves, noviembre 07, 2019

BABEL


6/11/18


Me cuenta X., periodista de profesión y, como tantos del gremio, en posición laboral precaria, que ha renunciado a asistir a un cursillo de puesta al día organizado por una asociación del ramo porque, en el momento de efectuar la matrícula, le pidieron que se descargara cierta aplicación para i-Phone con la que se suponía que se iba a trabajar a lo largo del mencionado curso; es decir, daban por sentado que todos los matriculados, incluidos los muchos que posiblemente no cobran un sueldo decente desde hace años, disponían del carísimo dispositivo en cuestión. Curioso modo de contribuir a la actualización profesional de quienes han perdido su empleo durante la última crisis. Y, también, un significativo gesto delator, que deja en evidencia el prejuicio que lleva a pensar que la tecnología más avanzada y los juguetes asociados a ella son la panacea para todos los males, por encima incluso de otros recursos que con frecuencia se echan de menos en el periodismo actual, tales como saber escribir o poseer una cultura amplia y versátil. 

Lo que decimos del periodismo se puede aplicar a otras profesiones: la mía de profesor, sin ir más lejos. Si es que todo esto no tiene, en el fondo, una explicación más simple: que los modernos fetiches de consumo son también indicadores de posición social y se da por sentado que, si alguien aspira a presentarse como miembro en ejercicio de una profesión que cualifica para identificarse como perteneciente a cierta clase media, lo menos que se puede esperar de esa persona es que muestre las credenciales adecuadas. Un trasto que cuesta 1.200 euros, por ejemplo.


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Y el caso es que en todas partes cuecen las mismas habas. Hace un par de días, en medio de una conversación en la que varias personas lamentaban las deficiencias de la seguridad social, oí a alguien afirmar que la solución era sencilla y estaba al alcance de todo el mundo: pagarse un seguro privado; que, según decía, no suponía un gasto mensual mayor que lo que cuestan unas cañas... Seguramente quien lo afirmaba no deseaba mal a nadie ni tenía peores sentimientos que cualquiera; pero estaba claro que no se había parado a pensar, supongo, en la cantidad de prejuicios sociales que se transparentaban en su modo de razonar: la idea de que "cualquiera" puede permitirse según qué lujos; la idea concomitante de que quien no esté dispuesto a hacer ese gasto no tiene tampoco derecho a esperar mejores prestaciones del servicio público de salud que todos los trabajadores pagamos con nuestras contribuciones; y la preocupante equiparación entre servicios esenciales, de los que todo el mundo debería disponer, y meros caprichos. 

Está claro que la crisis no nos ha enseñado nada. Si acaso, los tontos lo son más que antes; sobre todo, cuando se trata de esa clase de tontería que depende del dinero.


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Añado otro factor de preocupación, de índole distinta. En los párrafos precedentes he empleado palabras como "descargarse" o "aplicación" en un sentido muy distinto al suyo originario. Un lector de hace cuarenta años no habría sabido decir a qué me refería, o me habría malentendido por completo. Hay quien se preocupa por escribir para la posteridad; a mí me inquieta que un hipotético lector que pudiera leer mis textos desde el pasado pensara que me había vuelto idiota, o que usaba una jerigonza incomprensible, o que ni siquiera se me entiende cuando empleo palabras de uso normal. Como en Babel.  

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