martes, noviembre 12, 2019

EN UNA LIBRERÍA DE VIEJO


11/11/2018

En Córdoba, por azares que sería largo explicar. El caso es que me veo en la calle a eso de las diez y, para aprovechar la mañana, me he hecho una lista de librerías de viejo que visitar. Sin demasiadas ilusiones, claro, porque ya sabe uno que, con el menguado capital que está dispuesto a gastar, ya no hay gangas que salten al cesto y los libreros del ramo están más que resabiados al respecto. De todos modos, mi propósito no es otro que dotarme de un pretexto para callejear hasta la hora del aperitivo, así que anoto la primera dirección que me ha proporcionado mi búsqueda en Google; y a ella me dirijo, deteniéndome cada dos pasos para tomar fotos del todavía relativamente despejado casco antiguo de la ciudad; por ejemplo, de la habitualmente muy animada plaza del Potro, que encuentro desierta. Se ve que los turistas no son dados a madrugar; o, si lo hacen, se les va la mejor parte de la mañana en dar cuenta de los copiosos desayunos que les endilgan en los hoteles. Uno, que también ha desayunado en el hotel, ha andado más espabilado. Demasiado, quizá, porque, cuando llego a la primera librería de mi lista, en la Corredera, la encuentro cerrada: luego sabré que no era por la hora, sino porque he confundido el objeto de mi búsqueda con otra librería en la que estuve hace años -en ella compré la Poesía completa de Mario López y viví una pintoresca anécdota de la que en su día dejé constancia en este cuaderno-.y que hace al menos un lustro que echó el cierre definitivo, al rendirse el dueño a la evidencia de que era mucho más rentable alquilar el local a un bar que mantener abierto su negocio. 

Con el consiguiente ánimo melancólico me dirijo a la segunda de mi lista, que está en la ribera. Es una librería con algunas pretensiones y precios consecuentemente un poco más altos de lo habitual en el ramo del lance, lo que se traduce en que no encuentro en ella nada lo suficientemente tentador como para animarme a gastar más de lo previsto, que es muy poco. Así que vuelvo sobre mis pasos y regreso a la Corredera, bajo la sospecha de que antes no miré dónde debía. Y así es: la librería que buscaba está... dentro del mercado de abastos que abre sus puertas a dicha plaza; en concreto, en la nave donde también venden el pescado. Pero uno no es aprensivo con esas cosas, y mucho menos en lo que respecta a los olores de un mercado. La librería ocupa uno de los nichos laterales en los que habitualmente se ubican los puestos de alimentos frescos. Hay algunos vestigios de orden y trazas de que por allí recaen a veces libros de cierto valor, y no sólo la quincalla que salta a la vista. Y, bajo esa sospecha, empiezo a curiosear aquí y allá. El librero no estaba al principio: se deja ver cuando yo ya llevaba allí al menos diez minutos y le había hecho la auditoría al género visible. Todo muy decepcionante, al principio. Pero reparo en un par de pilas de libros en el suelo, justo a la entrada. Saltan a la vista algunos conocidos títulos de poesía en colecciones baratas y populares. Pero me agacho y repaso la pila entera y encuentro un ejemplar en buen estado de Flor nueva de romances viejos de Menéndez Pidal, que no tengo, y otro de la poesía de Pavese en traducción de José Agustín Goytisolo, que fue la que yo leí de prestado la primera vez que me asomé a la obra del gran poeta italiano. A estas alturas el librero me ha echado ya el ojo. Le pregunto si tiene más cosas de poesía y me conduce a un estante casi inaccesible del fondo donde guarda lo que reconociblemente son los restos de la colección particular de un lector de poesía inglesa, llegados allí Dios sabe por qué razón, si no es la más normal de todas, que es la muerte de su dueño. Aparto varios volúmenes y, después de preguntar precios, me quedo con una reimpresión de Lupercal de Ted Hughes y la asombrosa traducción que Roy Campbell, el poeta católico inglés que vivió en España y admiraba a Franco, hizo de la poesía de San Juan de la Cruz.

A estas alturas, el librero ya me ha preguntado si escribo también poesía y comprobado en su móvil, con cierta consternación, que no tiene nada mío. Él también hizo sus pinitos y publicó en su día una plaquette, me dice. Le pregunto por algunos poetas cordobeses que conozco de oídas o que traté fugazmente hace unos diez años, con motivo de unas jornadas de traducción poética que organizó la editorial Hiperión en colaboración con algunas instituciones cordobesas: unas credenciales, desde luego, con las que no impresiono a nadie, y más teniendo en cuenta que en Córdoba se celebraban ya y se siguen celebrando unos conocidos congresos anuales de poetas a los que jamás me han invitado... "A mí nunca se me ha dado demasiado bien eso de la vida literaria y hacer relaciones públicas", me dice mi anfitrión. Yo le hubiera dicho que a mí tampoco, si no fuera porque eso me llevaría a entrar en engorrosas precisiones. Y me despido con mi exiguo pero para mí muy valioso botín, que hojearé a continuación ante una cerveza en la propia Corredera.   

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