jueves, noviembre 21, 2019

VASOS COMUNICANTES


El viento, el cielo encapotado y una especie de agitación interna que no parece provenir de la mera meteorología prestan al mar una apariencia volátil. Hasta su colorido es cambiante: un fastuoso muestrario de verdes que van desde las tonalidades más apagadas a las más luminosas: del verde hoja al esmeralda, pasando por toda una gama de tonalidades intermedias. Siento en la cara el viento molesto y formulo una queja, que rectifico mentalmente al ver que otros, menos remilgados, aprovechan el tiempo revuelto para hacer surf. No puedo evitar un pensamiento rencoroso: de dónde salen esos desocupados, quién los avisa, cómo habían sabido adivinar que, después de las lluvias torrenciales que han durado toda la noche, por la mañana el temporal quedaría reducido a esta mínima expresión con la que es posible medir fuerzas... También yo, a mi manera, aprovecho un momento de tregua: me dirijo a la cafetería de la esquina con un libro en la mano y la esperanza de distraer treinta o cuarenta minutos de mis rutinas laborales. 

En el café, una conocida me pregunta qué leo. Le enseño el libro: una especie de compilación, con pretensiones de exhaustividad, de todos los heterónimos, pseudónimos y autores interpuestos que utilizó Pessoa a lo largo de su vida y que alcanzan la cifra de ciento treinta y seis... Mi interlocutora resulta ser devota del mito pessoano, aunque es posible que su fascinación se refiera más al personaje creado por Antonio Tabucchi que al escritor propiamente dicho. Me pregunta si he leído Sostiene Pereira y, cuando le digo que no, me explica la teoría de la "confederación de yoes" y de cómo los diversos yoes que la componen pugnan entre sí hasta que alguno alcanza una momentánea supremacía, que no dura mucho... La conversación sigue por esos derroteros y tiende a dispersarse, como si más de un yo hubiera querido meter baza y el resultado fuera precisamente esta dispersión, como cuando, en un corro de hablantes que mutuamente se prestan poca atención, uno de ellos logra hacerse momentáneamente con la palabra pero no alcanza a terminar su discurso, porque otro lo interrumpe. Al despedirse me dice mi interlocutora: "Bueno, nos vemos, aunque no sé si la persona con la que he empezado esta conversación es la misma a la que ahora digo adiós. Y me deja pensativo, porque la verdad es que desde hace días me siento disperso e indeciso y me parece que todo aquello en lo que invierto mi tiempo -desde leer a pasear o escribir- se me aparece como disgregado o falto de propósito. Los yoes andan en pugna, pero ninguno alcanza a imponerse a los otros.

Y es que el tiempo del que disponemos parece organizarse según el principio de los vasos comunicantes: sólo si el central está colmado, ni una gota de los otros logra entrar en él. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando uno anda ocupado en un proyecto oneroso -escribir una tríada de novelas, por ejemplo, o una tesis doctoral- y todos los demás apenas logran hacer mella en su exclusividad. Pero basta con que ese vaso se vacíe un poco para que los otros empiecen a verter en él su contenido heterogéneo: pequeñas obligaciones, rutinas domésticas, empeños de poca monta... Y el resultado es que, en vez de disfrutar uno de la sensación de andar sobrado de tiempo, anda incluso más agobiado que cuando se proponía hacer cosas que realmente demandaban todos tus esfuerzos.

Aunque me imagino que todo esto nace de la simple incapacidad para disfrutar del no hacer nada; que es, lo tengo comprobado, el más arduo de los empeños. (20/11/18)    

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