martes, diciembre 03, 2019

EN EL BAZAR


La tienda permanece en penumbra, en parte porque la iluminación es insuficiente, en parte porque fuera luce un sol cegador y por contraste cualquier interior parece sombrío. La atiende un marroquí, a quien he mostrado con gesto de desvalimiento el mando a distancia de mi garaje, que ha dejado de funcionar, seguramente porque se le ha agotado la pila. Le digo también que no sé de qué clase de pila se trata, porque nunca antes me había visto en la necesidad de cambiarla, ni cómo se abre la carcasa... 

El hombre parece somnoliento. Son las doce y es posible que la inactividad, la semipenumbra e incluso la falta de un tentempié de media mañana hayan obrado su efecto sobre él. Pero me escucha atentamente y de inmediato se pone en acción. De un cajoncillo saca una caja de destornilladores y entre ellos elige el adecuado para aflojar los dos tornillos microscópicos que cierran el aparato. Opera con meticulosidad y precisión, como un relojero: viéndolo trabajar en la penumbra, rodeado de los mil cachivaches que llenan las estanterías que tiene a sus espaldas, tiene uno la impresión de hallarse en un bazar de Estambul o Marrakesh y de que lo que ha llevado a componer no es un mísero mando a distancia, sino la mismísima lámpara de Aladino, en cuyo interior el genio ha debido de quedarse dormido. 

Una vez abierta la caja, la pila sigue sin dejarse ver: hay que levantar con la uña la placa que contiene el circuito integrado y.... voilà, aparece una especie de cepo que sujeta dos pilas de botón que, de nuevo, hay que empujar con la uña -la del dependiente es negra y poderosa, como una lasca de granito- para que caigan sobre la mesa. "Yo nunca me habría atrevido a tocar ahí", le digo, para congraciarme con el hombre por hacerlo trabajar tanto para efectuar una venta que seguramente será insignificante. Pero el ya ha encajado las pilas nuevas y la placa de los circuitos y cerrado la caja, que procede de nuevo a atornillar con su destornillador de relojero. "Dos euros", me dice. Le dejo en la mesa una moneda por ese importe, grande y brillante como un dinar de los que circulaban por Bagdad en los tiempos de Las mil y una noches, y profiero todas las expresiones de agradecimiento que se me ocurren, mientras recupero la calle soleada y dejo allí, sumido en su melancólica tiniebla rodeada de colgaduras y reflejos de envoltorios de plástico, a este hombre que seguramente en otra vida anterior fue nigromante o alquimista y a quien todavía quizá faltan dos o tres horas para almorzar.


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Tras una semana azarosa, en la que ha dormido, primero, en un albergue con seis camas por habitación y luego, tras un lamentable accidente, en el hospital, J. ha encontrado alojamiento a través de una web de anuncios: un hombre de unos cincuenta años -veinte más que J.- se ve obligado a tomar un inquilino para llegar a fin de mes. Acaba de sufrir un infarto y le han dado la jubilación anticipada, con cuya cuantía no alcanza para cubrir gastos. Y así se unen dos desventuras: la del joven instalado en esa especie de precariedad permanente que ahora es la norma y la del hombre maduro que, descabalgado de su posición por una inesperada contrariedad, renuncia a su intimidad y a sus caprichos de hombre solo -de los que todavía conserva, al parecer un enorme televisor de plasma- para vivir como un estudiante. Y quién sabe si uno y otro no estarán agradecidos al azar que los ha llevado a cruzarse.


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La proliferación de setas -supongo que no comestibles, dado que nadie las coge- en el suelo del pinar, tras las lluvias, ha puesto una nota de magia en su monotonía sombría y, por qué no decirlo, un poco opresiva. Y ya sólo falta, para redondear el milagro, que vengan gnomos a habitarlas. (2/12/2018) 

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