viernes, enero 10, 2020

EL DECORO



9/1/19

Ser el encargado de una biblioteca de más de quince mil libros no significa que uno haya podido siquiera hojearlos todos. Nunca había abierto, por ejemplo, estos dos tomos de Juego de tronos que tengo colocados en la sección de "Literatura juvenil". Y esta mañana, aprovechando que un corte de luz hacía imposible trabajar en mi ordenador, lo he hecho. Un chico se ha dado cuenta: "Yo los he leído todos. De la serie de televisión, en cambio, sólo he visto cinco temporadas, hasta que me aburrí". Yo no sé qué pensar. La prosa de este George R. R. Martin no parece muy amena. Los periodos son largos, las descripciones extravagantes, el estilo en general un tanto acartonado. Por adelantar algo, me voy al final del primer tomo, donde hay unas descripciones de las principales "casas" o familias que intervienen en esta interminable sucesión de disputas sucesorias. De algunas ni siquiera me había percatado que jugaran algún papel en lo que llevo visto. Tolkien hacía estas cosas mucho mejor: le bastó dibujar el mapa de un continente de juguete para que el lector se hiciera a la idea de que lo que contaba afectaba a vastas civilizaciones cuyas raíces se hundían en el fondo de los tiempos. Martin se acerca más al método de Graves en Yo, Claudio: sin el árbol genealógico de sus personajes delante, se perdería.

Hojeo también el segundo tomo, por si me aclara algo de lo que pasa después de la impactante escena con la que culmina la primera temporada de la serie. Pero me canso pronto y por un momento envidio la bendita perseverancia del chico que me interpeló antes y que se los ha leído todos. Creo que con su edad yo tenía esa capacidad también. Ahora hay quien me gasta bromas por haberme leído de cabo a rabo el Ulises de Joyce, por ejemplo. Pero la verdad es que ese modesto logro mío no tiene ni comparación con el de este joven lector, o con la hazaña que supone haber podido con los cuatro tomos -¿son cuatro?- de la saga Crepúsculo o los muchos que componen el ciclo de Harry Potter. No se me entienda mal: no critico ni a sus autores ni, sobre todo, a sus lectores, a quienes deseo otros muchos felices descubrimientos en el inabarcable repertorio de lecturas posibles. A mí ya me va faltando tiempo incluso para las lecturas urgentes del día a día.

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Las ideas de los políticos extremistas -y sobre todo, los del extremo casposo del espectro- con frecuencia hacen reír; pero eso no aminora ni conjura el peligro que suponen, ni la preocupante sospecha de que lo que defienden coincide con las aspiraciones de una capa de la población a quienes maldita la gracia que les hacen los chistes de los otros y con frecuencia piensan que, cuando una persona mejor informada o educada se ríe, se ríe de ellos.

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Me ha dado por decir que, cuando me jubile de mis obligaciones laborales, lo haré también de ciertos hábitos de decoro burgués a los que ahora me atengo por pura comodidad; que me dejaré el pelo largo, nunca me recortaré la barba y me retiraré a vivir a un pueblo de la sierra, donde mi rutina consistirá en pintar, leer y escribir poemas, cuando no esté en la barra de la taberna más cercana departiendo con mis vecinos campesinos o negociando la compra de un choto o de una maceta de espárragos. Y que no mantendré correspondencia con nadie que tenga que ver con las cosas que hacía en mi vida anterior, y mucho menos con representantes del mundo literario. De ellos se encargará un agente a quien tendré contratado exclusivamente para esos menesteres, y con quien despacharé solamente una vez al año y a ser posible por vídeoconferencia en el locutorio público de internet del pueblo en cuestión... Es sólo una fantasía. Pero la vida me ha enseñado que las fantasías son lo más parecido a un plan de vida a lo que uno puede echar mano para no perderse demasiado en el terreno de la indeterminación por el que estamos condenados a discurrir. 

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