miércoles, febrero 12, 2020

UNA MAÑANA CUALQUIERA


El leve portazo de M.A. al salir ha terminado de despertarme. Es domingo y son sólo las ocho de la mañana. Ella tiene obligaciones familiares y yo tengo por delante una larga jornada llena de ocupaciones que, según como uno se las quiera tomar, pueden ser consideradas trabajo o diversión. La primera la despacho sin levantarme: leo las treinta páginas que me quedan de Una cierta edad, los dietarios de Marcos Ordóñez que me han encargado reseñar y sobre los que escribiré esta misma tarde. Tengo hoy un despertar espeso, resultado quizá de la copiosa cena de anoche; pero la lectura me despeja e incluso me depara esa curiosa sensación, que no pertenece al ámbito de la apreciación puramente literaria, de despertar en mí algún eco cordial: por ejemplo, al evocar el autor sus recuerdos del periodista y caricaturista Manuel del Arco (1909-1971,según Wikipedia), que el diarista cita entre sus referentes periodísticos y también como alguien ligado a su memoria sentimental. Lo que me recuerda cómo llegó a mis manos su libro 101 interviús por las buenas, que incluye también otras tantas caricaturas de los entrevistados: lo encontré en el más infecto remate de libros en el que me he metido de codos alguna vez. en el contorno de la plaza de abastos de Cádiz: ocupaba el local de un antiguo bar que llevaba lustros cerrado y que nadie se había molestado en limpiar antes de volver a abrir para albergar unas someras tarimas sobre las que el vendedor en cuestión volcó unos miles de libros previamente desechados por otros vendedores del ramo. Entre allí tres o cuatro veces, bajo la convicción de que entre tanto libro descabalado y semideshecho por la humedad e incluso roído de ratas no podía dejar de haber alguno valioso. Y allí estaba el de Del Arco, en bastante buen estado -salvo por la sobrecubierta, algo rasgada- y pleno de vidas singulares, de famas hoy olvidadas -quién se acuerda, por ejemplo, de Matilde "La Galleguita"- y de otras no tanto -Álvaro de Laiglesia, el modisto Pierre Cardin, el cineasta José Luis Sáenz de Heredia, etcétera-. Las entrevistas, como muy bien explica Ordóñez en su semblanza del libro recordado, eran rápidas y exigían de los entrevistados respuestas breves y certeras, de no más de dos líneas. Luego, explica Ordóñez, el periodista daba sus notas a leer al entrevistado y, si éste estaba de acuerdo, la entrevista la firmaban los dos. No me ha quedado claro si la caricatura también se hacía en el momento y el modelo había de dar también su visto bueno. Y así es como este periodista asentó una fama que intuyó no lo convertiría en un hombre rico, y quizá más bien lo abocara a ese malvivir a fondo perdido que era el estado natural de los del gremio.

Y ésta ha sido la alegría cordial que me ha deparado mi lectura mañanera. Luego me he ocupado de ordenar la casa, me he duchado y he salido a dar una vuelta por el mercadillo de El Porvenir, donde no he encontrado cosa que mereciera la pena, salvo un buen lote de películas antiguas en DVD sin estrenar -tenían todavía el envoltorio de celofán- a razón de tres discos por dos euros y a dos películas por disco -se trataba de una de esas colecciones de "clásicos" que regalaban con los periódicos hace dos o tres lustros-. Con mi botín de películas, he vuelto a casa y he esperado a que M.A. volviera del hospital, donde ha estado acompañando a su madre. Y así ha transcurrido esta plácida mañana; que además -no lo he mencionado-  ha sido la del día de mi cincuenta y seis cumpleaños. (11/2/19)

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