miércoles, marzo 25, 2020

UN CUMPLEAÑOS



(24/3/2019)

Casi una semana sin acudir a este cuaderno. Pero cuando hay tanto que hacer que no se encuentra un hueco para venir aquí a escribir, no hay que pensar que es la vida la que se impone y no deja tiempo para la escritura, sino más bien todo lo contrario: que hay modos de ocupar el tiempo que no dejan lugar ni para la vida ni para la literatura.

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Por ser el Día Mundial de la Poesía nos han invitado, a mí y a otros tres colegas, a leer la nuestra en unos conocidos grandes almacenes. No es que se hayan acordado ellos de nosotros, sino que han preguntado a la editorial y ésta les ha dado los nombres que había más a mano; quiero decir, los que no teníamos ese día otro compromiso, lo que indica lo poco que debemos de cotizar en ese mercado, porque ese día no falta en ninguna parte una librería, una concejalía del ramo o un colegio que no organice el consabido acto celebratorio. Y allí que nos vimos los cuatro, en la sección de librería del centro comercial correspondiente, en un hueco que habían hecho en la zona de paso por la que el área de ocio se comunica con las salas de cine. Habían puesto allí un tresillo y una mesita, seguramente traídos de la sección de mobiliario, ante los cuales habían extendido una alfombra blanca de pelo muy mullida, como de piel de oso polar, y una docena de sillas de plástico y metal, como de cocina, para el posible público. Ni que decir tiene que, a la hora para la que el acto estaba previsto, allí no había nadie, a despecho de que, según nos dijo el amable empleado que nos atendió, habían estado "anunciándolo por la megafonía" todo el día. Miento: estaban mis padres, que, como viven cerca y no tenían otra cosa que hacer, no quisieron perderse la ocasión. Y al rato llegó la chica norteamericana que tenemos en el instituto como auxiliar de conversación, y a la que tuve la desconsideración de invitar al acto esa misma mañana, supongo que poniéndola en el compromiso... Había llevado a una amiga, así que, entre ellas dos, mis padres, M.A. y la hija de una de las poetas convocadas sumaban seis personas. "Podemos empezar", le dijimos al empleado, que parecía apurado. "En otras peores nos hemos visto".

Ni que decir tiene que resultó una lectura de lo más desangelada. La gente que pasaba por allí, camino del cine, se nos quedaba mirando. Y hubo un par de señoras que, al ver sillas vacías, se animaron a sentarse e incluso creo que al final compraron un libro de la mesa puesta al efecto, lo que salvó nuestra dignidad. Al final del acto, como nadie sugería invitarnos siquiera a un refresco, por el esfuerzo, fuimos nosotros quienes decidimos refugiarnos en la cafetería del propio centro comercial y echar un rato de charla. Fuera, no lo he dicho todavía, arreciaba un fortísimo temporal de levante, lo que hacía desaconsejable salir a buscar un lugar alternativo donde echar el rato. Hablamos de los divino y lo humano y al final nos fuimos con la sensación de que, después de todo, había merecido la pena salir de casa en una tarde como aquella y venir a pasarla a un centro comercial.

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Este amigo ha cumplido sesenta años. Y su mujer nos ha convocado en un bar para darle la correspondiente fiesta sorpresa. Ni que decir tiene que acudo a ella con el ánimo por los suelos. No es poca cosa cumplir sesenta años y nuestro amigo es el primero de nuestros coetáneos -siempre lo hemos considerado como tal, a pesar de que tiene algunos años más que nosotros; pero lo que cuenta aquí son las experiencias compartidas, la pertenencia a un mismo núcleo generacional, la participación en empresas comunes- que cumple esa respetable edad que ya no induce a engaño y con la que no cabe jugar a la ficción de estar en la zona central de la existencia. Sesenta años es ya ser viejos, por mucho que nos digamos que ninguno de los que vamos a ir cumpliendo esa edad de aquí a, pongamos, un lustro nos vemos a nosotros mismos como ancianos ni sentimos que nuestras vidas de personas en la cumbre de su actividad física e intelectual haya de cambiar en consonancia. Pero... 

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