miércoles, abril 08, 2020

VIDA DE SOLITARIO


7/4/2019

Tres noches sin acudir a este cuaderno y ahora, cuando lo hago, resulta que las impresiones de los días que me he saltado, y que eran intensas porque correspondían a otras tantas jornadas de viaje por estas tierras de los condados del sur de Irlanda —en Kilkenny la primera, la segunda en Dunmore East y  Tramore, donde, además de pasear por las impresionantes playas, he visitado unos jardines japoneses dedicados a Lafcadio Hearn, que vivió allí, la tercera en Cork— han quedado sobrepasadas por la novedad que supone saber que habré de alargar mi estancia durante un número indeterminado de días porque uno de los chicos a los que tutelo en mi condición de profesor acompañante ha caído enfermo —tiene una perforación de tímpano, consecuencia de un mal catarro— y el médico desaconseja que vuele. Así que el grupo ha partido y a mí me han tenido que buscar un hotel, porque mi anfitriona —con quien mi relación se ha ido enfriando desde el incidente del otro día— ha alegado que tenía otros compromisos y no podía alojarme por más tiempo.

Y la verdad es que he salido ganando con el cambio. Mi habitación da al tramo del río Suir que sale de la ciudad y tiene al otro lado lo que aquí llaman "el bosque del estuario", cuyo frente se refleja majestuosamente en las aguas rizadas del río, sólo turbadas por el paso, muy de cuando en cuando, de alguna embarcación. La mesita donde escribo está junto a la ventana, por lo que describir el paisaje en este cuaderno tiene algo de pintura del natural. Es el hotel ideal para un escritor. Y el ambiente en el bar-restaurante es también perfecto: parejas de jubilados que apuran muy despacio sus cervezas y hablan en susurros mientras suenan de fondo archiconocidas canciones de los 70 y 80. Yo he bajado a cenar y prácticamente nadie se ha movido de sus mesas ni renovado sus bebidas en la hora larga que he tardado en dar cuenta de mi curry tailandés y mi selección de helados. Luego he subido a la habitación y aquí estoy, delante de la tablet. El fastidio inicial se ha trocado en este goce de la soledad atareada y bien provista. Cruzo los dedos.

Antes, he tenido mi primera impresión de un domingo en Waterford. El casco histórico de la ciudad, contra lo que cabría esperar, está muy animado, gracias a que los comercios están abiertos. Tengo también la impresión de que es día que se dedica a compromisos familiares, y en eso parece que lo han empleado las tres familias que conozco aquí: la de mi ex-anfitriona—si es que he de creer sus excusas para darme puerta—, la de la directora de la academia que se ha ocupado de mis estudiantes y la que aloja al chico enfermo. Otras, no muchas, aprovechan para llevar al cine a los niños, propios y ajenos, en ristras de cinco o seis, normalmente pastoreados por una madre inexperta. Tal es el panorama que mi estudiante y yo hemos encontrado en el más bien desolado centro comercial con multicines al que hemos ido a ver Shazam, que a mí me ha aburrido y sospecho que a él también, aunque ha tenido la delicadeza de no decirlo. Luego lo he acompañado a su autobús y he vuelto al hotel bordeando el río.

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