viernes, mayo 22, 2020

AFECTOS


21/5/2019


He constatado ya que mi costumbre de llevarme un libro a la terraza donde habitualmente tomo café me está empezando a restar amigos. Empecé a hacerlo hace años, debido a que, como bibliotecario escolar, suelo tener ocupados los recreos y, por tanto, bajo a desayunar a horas en las que no coincido con la mayoría de mis compañeros: de ahí mi costumbre de distraerme con la lectura; que, además, me resulta especialmente grata en estos ratos arrancados a la rutina laboral y en los que tengo la fantasía de que, a pesar de mis obligaciones, hay momentos en el día en los que me siento como un melancólico rentista que vive para sus aficiones; entre ellas, muy destacadamente, la lectura. Aún así, cuando ocasionalmente coincido con algún otro compañero en esos ratos, cierro el libro y doy por bienvenida la novedad. Pero, ya digo, a pesar de que he hecho lo posible por dejar claro que tener un libro en la mano no es en absoluto una declaración de rechazo a la eventual compañía de quien quiera sentarse a mi mesa, aun así he observado que hay quien da por sentado que prefiero estar solo, y consiguientemente pasa de largo y se sienta en otra mesa o, si estoy en la terraza, prefiere quedarse en el interior de la cafetería. Naturalmente, trato de restar importancia a estos ¿desaires? y, si encuentro la ocasión, bromeo sobre ellos con las personas implicadas. Pero no he conseguido invertir la tendencia general a que se me considere una especie de misántropo que se escuda tras un libro. Ha llegado a darse el caso de estar yo sentado cara al mar, en la primera fila de mesas, y que quienes han llegado después hayan ido ocupando, en grupos, las mesas a mi espalda, dejándome solo... ¿Qué hacer en esos casos? ¿Dejar la mesa que ocupo y solicitar un hueco en alguna de las otras? Pero ocurre, además, que en esas mesas hay alegres grupos en los que predominan los más jóvenes que yo, los que forman la alegre pandilla de quienes están de paso y no tienen familia ni compromisos en la ciudad y aprovechan ese bendito desasimiento para crear, como hacía yo en su día, nuevos lazos con quienes están en idénticas circunstancias. Y uno va quedando un tanto arrumbado, con sus gafas de sol, su gorra, su libro y su mesa orientada al mar, componiendo la estampa... de un viejo al que los jóvenes dan discretamente de lado.

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Ha muerto J..., "poeta popular" o "poeta del carnaval", según los distintos marbetes con los que se ha querido definir el papel por el que era conocido en la ciudad. Era también profesor de instituto; y sus aspiraciones e inquietudes, por lo que sé de ellas, iban incluso más allá de las mencionadas, e incluían la canción de autor y la poesía puramente literaria, no vinculada expresamente a las canciones carnavalescas. Ha muerto a los cincuenta y un años, lo que sin duda da que pensar. Ha melancolizado uno un tanto en torno a estos hechos: la irrevocabilidad de la muerte, que no entiende de fama, popularidad o talento y que siempre irrumpe por las buenas. Y luego, como ocurre siempre en estos casos, ha llegado el elemento grotesco del que suelen revestirse las demostraciones de dolor de quienes, consciente o inconscientemente, aprovechan la ocasión para ganar algún protagonismo a costa de las virtudes del difunto y de la repercusión de su muerte. La ciudad entera se ha volcado en sus funerales, que han sido casi los de un hombre de estado. Desde el propio alcalde a sus rivales de menor fuste en el negocio carnavalesco, pasando por una caterva de literatos que ya hubieran querido que lo suyo les deparase siquiera un ápice de esa clase de popularidad, todos ellos han estampado sus firmas en los previsibles elogios fúnebres. Bien está, por supuesto: no hay que regatear a nadie el afecto, y menos a los dolientes de un difunto tan especial. Pero no puede evitar uno preguntarse si la ciudad que tan generosamente se ha volcado en manifestar su pena y respeto habría hecho lo mismo si el finado, aún habiendo demostrado sobradamente su talento, lo hubiera dedicado a otras cosas. Y se acuerda uno también de otros a quienes se les despidió con bastante menos ruido e incluso con cierta inmerecida frialdad: la poeta Pilar Paz, por ejemplo, que murió hace apenas un par de meses; o el todavía no del todo apreciado FQ, sobre cuya figura pesan todavía tantas distorsiones, muchas de ellas inducidas por quienes dicen admirarlo... Pero eso es otra historia. 
  

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