domingo, junio 28, 2020

QUITA, QUITA


27/6/2019

Primer día -o será mejor decir "primera tarde", puesto que esta mañana fui a trabajar- de vacaciones. ¿Cuántas veces habré escrito sobre este momento en este cuaderno? La sensación, siempre rara, de que durante las próximas semanas mis dedicaciones no responderán a una pauta de trabajo dictada por instancias externas, que imponen un horario y un programa, sino al propio impulso, que quizá me llevará a hacer esfuerzos incluso mayores que lo otro, pero que en ningún caso se me presentará como una imposición e incluso una cierta violencia ejercida contra el propio albedrío, sino como un grato llamamiento a eso que el poeta JRJ llamaba el "trabajo gustoso", que es el que más satisface. Quiero decir que, bien mirado, es posible que en vacaciones me consagre a empeños que exigen incluso mayor esfuerzo y gasto de energías que el trabajo remunerado habitual; y que, aun así, de esos empeños esta hecho lo que llamo, no sin cierto íntimo descreimiento, mi tiempo de ocio. Cuánto trabajo me queda por delante en las semanas que siguen. Y cuánto voy a descansar aplicándome a ellos.


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Alguien menciona el hecho de que, en las palabras protocolarias con las que se ha dado la bienvenida a los jubilados que suelen acudir al almuerzo con el que despedimos el curso, no se ha nombrado a MJ, que murió hace unos meses. Pero lo curioso es que, si hubiera estado viva, el último sitio en el que hubiera podido encontrársele es en uno de estos almuerzos. De hecho, en los pocos años que sobrevivió al momento de su jubilación, nunca acudió a ninguno. F., que trabajó con ella muchos años, y de quien incluso se dijo, creo que infundadamente, que quizá mantuvo con ella, hace muchos años, una relación que iba más allá de lo meramente amistoso, me confirma que, en sus últimos momentos, MJ no quiso recibir visitas, para que nadie la viera en el lastimoso estado en el que la dejó la devastadora enfermedad que acabó con ella. Eso también era muy suyo. Genio y figura. 

Al día siguiente del mencionado almuerzo, me dirijo al maestro de ceremonias y le comento de la mejor manera que sé que algunos habíamos echado de menos que en su discurso mencionara a la difunta; lo que, añado, no es que tenga importancia, y quizá estuviera fuera de lugar en una ocasión festiva, pero... No me deja terminar. Veo que lamenta sinceramente la omisión. Y, minutos después, cuando vuelve a dirigirse, ya en una ocasión mucho más protocolaria, a los de nuevo allí congregados para cerrar oficialmente el curso, se refiere a ello y hace un cumplido elogio de MJ que ella, desde esa sequedad suya característica que era una forma de modestia, sin duda habría recibido con enérgicos gestos de desaprobación, como diciendo: Quita, quita.
  

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