martes, agosto 11, 2020

CON EL TIEMPO

10/8/2019

Me sorprende la noticia de la muerte, por un paro cardíaco mientras dormía, del poeta y diarista canario José Carlos Cataño. Cosas de la vida: entré en contacto con él hace un par de años y lo conocí en persona hace apenas unos meses, en la presentación de un libro mío en Barcelona, a la que tuvo la amabilidad de asistir. Antes, habíamos intercambiado libros y entrecruzado mensajes, a la vez que iba uno familiarizándose, por la lectura de sus diarios y por lo que dejaba ver de sus rutinas en las fotos que ponía en Facebook, con su fascinante personalidad y su singular modo de vida, que uno adivinaba a mitad de camino entre una cierta bohemia cosmopolita -por lo viajada, y también por la condición exótica que le prestaba su meditada conversión al judaísmo- y su condición de escritor en ejercicio que mantenía una curiosa equidistancia entre el rechazo a los formalismos y juegos de poder que operan en el medio literario y una prudente manera de gestionar su conocimiento práctico de ese medio. Vivía en Barcelona, una ciudad que también se ha incorporado a mi vida en los últimos años, y que de alguna manera he ido conociendo a la vez que me adentraba en los diarios de este barcelonés renuente, dado a los paseos contemplativos y a la frecuentación de mercadillos como Els Encants, que también descubrió en él una soterrada vocación de buhonero de libros que allí encontraba y luego revendía. Era alto, tenía buen porte y vestía bien; lo que, unido a su voz, poderosa, y a la mezcla de acentos con la que modulaba el sustrato canario de su modo de hablar, lo convertía en persona que no pasa fácilmente desapercibida. Practicaba también una amabilidad un tanto condescendiente, que podía parecer desdeñosa, pero en la que terminaba uno advirtiendo un soterrado pero no malintencionado sentido del humor. En sus diarios aflora a veces una especie de sentimiento de inteligencia ofendida, que lo mismo se aplica a la política -española o catalana, tanto da-, que a su ambivalente relación con su región de origen, las Canarias, o con el medio literario en general. Pero esa especie de hosquedad privada, reservada a la intimidad de un diario, no parecía que aflorara en su trato directo. Tenerlo como interlocutor suponía por ello, de algún modo, sentirse objeto de una distinción. Tenía uno la esperanza de que estos tratos iban a convertirse, con el tiempo, en amistad. Pero ya se sabe que fiar cualquier cosa al tiempo que uno o sus interlocutores puedan tener por delante es incurrir en un injustificado optimismo.


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Durante el verano, el mercadillo matinal de los domingos de ha trasladado a la tarde-noche del viernes, lo que añade a la zona de terrazas circundante un matiz de zoco que no disuena del todo de la ligereza general de ánimo. Compra uno un libro -me he echado hoy al cesto, por un euro, un ejemplar de los Salmos de Ernesto Cardenal- sin pensárselo demasiado, con la misma irreflexión un tanto deportiva con la que se gastaría el doble o quizá el triple en una bebida. No sé si esto beneficia o no a la mercancía. Me encuentro a B., que lleva dos bolsas de plástico llenas de libros que ha comprado por nada. Muchos, dice, los ha leído ya; otros no va a leerlos nunca. Pero parece que lo que le ilusiona es simplemente que cambien de manos, que sean hoy suyos y mañana, por cualquier giro del destino, vuelvan a la calle, si es que alguien no les acorta la ruta y los manda directamente al vertedero.

Toda la noche, mientras peregrino de bar en bar, me acompañan los airados Salmos de Cardenal. Saldrán mejorados, pienso, de la experiencia, porque no hay nada que siente mejor a un veredicto sumarísimo contra los males que aquejan a la condición humana que el roce con las manifestaciones más benévolas de esa condición. Cuando los lea, no podré evitar acordarme de que llegaron a mis manos en esta atmósfera festiva. Y eso que salimos ganando todos.

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