lunes, agosto 03, 2020

NIMIEDADES

 
2/8/19

Vuelvo a ver Rocco y sus hermanos (1960) de Luchino Viconti, que TVE emitió anteayer; y, como siempre, quedo a medias impresionado y a medias sobrepasado por su desmesura. Sin embargo, se me imponen dos evidencias, que también son recurrentes en mí: primero, que lo que cuentan ésta y otras películas sobre el mismo asunto -la llegada a las grandes ciudades industriales, a finales de la década de los 50 y a lo largo de la siguiente, de los desahuciados del mundo rural-, es una historia que me atañe, por ser la de las familias de mis padres; y que, por tanto, ese "neorrealismo" programático del cine de entonces tiene para mí un valor estrictamente documental; y segundo: que, puestos a comparar, esa misma historia, o una muy similar, había sido ya mejor contada en la española Surcos de José Antonio Nieves Conde, estrenada casi una década antes. 

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Todos los años por estas fechas, al regreso de alguna de las salidas vacacionales, me encuentro con el mismo panorama: el ordenador se ha averiado. Parece que lo hace aposta, como los gatos que, para castigar la ausencia de sus dueños, durante los días en los que están solos hacen sus necesidades fuera del arenero. Cada año el diagnóstico es distinto: o se ha ido lo que llaman "la fuente de alimentación" o, simplemente, las entrañas del aparato se han entumecido por falta de uso y acumulación de polvo y necesitan una puesta a punto. Ni que decir tiene que la broma implica desmontar el aparataje y llevar la pesada "torre" a un taller de reparación, donde la broma nunca sale por menos de 70 euros, molestias aparte. No sabe uno qué hacer para romper esta nociva recurrencia, que se ha incorporado ya por derecho propio a mi repertorio de temores vacacionales, como el temor a que te roben en el piso o la aprehensión de pillar una gastroenteritis aguda fuera de casa: ahora, además de esas manías, padezco la de tener la certeza de que, a la vuelta, cuando dispongo de unas preciosas semanas para adelantar algo en mi trabajo, perderé al menos una de ellas resolviendo estos problemas. Y así. La vida está entretejida de nimiedades fastidiosas, y aún hay que estar agradecidos de que no sean de otra clase. Etcétera.

 
 

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