viernes, octubre 16, 2020

BLOOM


15/10/2019

Ha muerto el crítico Harold Bloom. Nunca me interesó su faceta de divulgador, de elaborador de prontuarios para que los lectores que no lo son pudieran alardear de saber algo de literatura. Pero me deslumbraron, y aún me siento deudor de ellos, sus grandes libros sobre la poesía romántica  inglesa, The Visionary Company y The Ringers in the Tower, que no sólo me ayudaron a entender mejor un momento de la poesía universal que siempre me había fascinado, sino que me aportaron muy útiles ideas para mis propios estudios literarios -en particular, mi tesis sobre la poesía de Edgar Allan Poe- y me iluminaron sobre el funcionamiento de la imaginación poética en general. También me resultó fructífera su discrepancia con Eliot, su idea de que, frente a los momentos de discontinuidad en los que el norteamericano fundaba su teoría sobre los fundamentos de la sensibilidad moderna, la literatura occidental en general y la inglesa en particular respondían a una ininterrumpida tradición visionaria que se remontaba a los mitos fundacionales de nuestra cultura. Más que abonarme a una tesis u otra, lo que me resultó útil en su día fue la contraposición de ambas a la hora de dilucidar el papel de ciertas figuras aisladas, como la del propio Poe (a quien Bloom, por cierto detestaba, por más que en su vejez, en su sobrevenido papel de divulgador de éxito, se aviniera incluso a patrocinar una socorrida colección de estudios sobre ese escritor). Le debo mucho a Bloom, a su modo de entrever en la gran literatura un inmarchitable mito solar, el de la Imaginación creadora en sus distintas encarnaciones, a su idea de que la trayectoria de los grandes poetas que le interesaron traza una muy instructiva curva que va de la absoluta fe en el empeño imaginativo que se traen entre manos a la más desoladora conciencia de fracaso. Sé que otros, sobre todo en este desventurado país, lo querrán jugar por su aportación ocasional a tales o cuales polémicas de poca monta en las que tuvo la audacia de pronunciarse sobre lo que quizá no conocía demasiado bien. Pero eso es empeñarse en querer empequeñecer a un gigante. Algunos intentamos en su día simplemente encaramarnos a sus hombros, para ver más lejos y mejor.

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