GAFAS DE SOL


12/1/2020

Cuando se sienta uno en un lugar público a dibujar, es inevitable que llame la atención de los que pasan e incluso que alguno se le acerque a curiosearle el dibujo e incluso a hacerle algún comentario no pedido. Me ocurrió ayer en el embarcadero deportivo de la barriada de la Paz. Me había sentado en una piedra del espigón para dibujar la hilera de embarcaciones amarradas a uno de los pantalanes. Pasaron dos hombres y uno de ellos se paró a mirar, mientras el otro se mantenía a más prudente distancia. El mirón elogió mi dibujo, no sin señalar que él también tenía un primo que dibujaba y que "incluso pintaba con óleo". Luego dijo algo, sin duda más atinado, sobre el hecho de pararse a mirar las cosas y ser capaz de verlas. Y entonces el otro, el que se mantenía a distancia, y al que por lo visto le llamaba la atención que yo llevara gafas oscuras, remató: "Y eso que lleva gafas de sol. Si no, todavía vería más cosas". 

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Llaman la atención las cautelas de C. S. Lewis, en El problema del dolor y en otros libros, por precaverse de que su misticismo -llamémoslo así- pueda ser confundido como una llamada a situarle al margen de los conflictos sociales del momento; e igualmente, de que su fe casi literal en las Escrituras pueda hacer suponer a sus lectores que ignora los avances y descubrimientos de la ciencia moderna. En ello, sin duda, se beneficia de la actitud comparativamente liberal de la iglesia anglicana respecto a estas cuestiones. Una actitud semejante hubiera resultado muy problemática a un católico ortodoxo, pongamos por caso, de esos años -El problema del dolor se publicó en 1940-; lo que quizá redunda en que, pese a que hoy muchas afirmaciones suyas resultan inaceptables -su idea, por ejemplo, de que el estado ideal, e incluso "natural" de los animales es la domesticidad, que los situaría, respecto al hombre, en una posición semejante a la de éste respecto a Dios-, el envoltorio general, e incluso la música -si no la letra- de lo que dice todavía nos resulta "moderno" e incluso de algún modo "progresista" -discúlpeseme que recurra a palabras muy desgastadas por el uso que se suele hacer de ellas en contextos periodísticos y políticos- a lectores de países en los que todavía se percibe la falta de acomodo de la iglesia católica a la modernidad. Por ello, quizá, la lectura de su obra doctrinal resulta, incluso para los discrepantes -o, mejor dicho, sobre todo para los discrepantes- más grata que, pongo por caso, la del Chesterton de Ortodoxia, por ejemplo. Donde Chesterton vocifera, o busca abrumar al lector con la fuerza de sus paradojas, Lewis aporta sencillos ejemplos tomados de la vida cotidiana que nos hacen pensar que, más allá de lo que nos parezcan las ideas de nuestro interlocutor, estamos ante una persona que razona con sencillez y sentido común y sin dejar de tener nunca los pies en el suelo. Mientras esas virtudes sean literariamente relevantes, no cabe dudar de que la obra de C. S. Lewis seguirá encontrando lectores.

  

Comentarios

RECOMENZAR ha dicho que…
interesante como escribes un saludo desde Miami

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