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TELETRABAJO

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20/4/2020 Escribo en este cuaderno mientras asisto a una videoconferencia. En la pantalla se me ve trastear, quizá, pero nadie sabe qué estoy haciendo. Extraña sociabilidad ésta, que interpone entre los interlocutores la barrera que siempre supone una pantalla, y que tiene ciertas concomitancias con la barrera física que, en la calle, supone llevar mascarilla o las manos enguantadas. Lo que no significa, en fin, que hayamos hecho algún provecho a favor de la reserva y salvaguarda de la intimidad o la atenuación de la exhibición permanente en la que parecemos vivir desde que se generalizaron las llamadas "redes sociales". Espío a mis interlocutores desde mi pantalla y reparo en inesperados detalles en el espacio desde el que hablan. X., por ejemplo, de quien no tenía noticia de que cantara o tocara algún instrumento musical, tiene una guitarra apoyada contra la pared: veo el mástil asomar a su espalda. A Y. la acompaña un perrillo insignificante y de muy buenos

A VECES

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15/4/2020 A veces desearía uno que este diario, que es como es y no puede ser de otro modo, fuera más privado e invisible incluso de lo que ya es. Lo que aquí cuento se ampara en esa especie de invisibilidad que supone añadir una gota de agua a un océano, o la que magistralmente describió Poe en La carta robada : el mejor modo de esconder algo que no se desea que nadie encuentre es ponerlo a la vista de todos. A lo que se añade el hecho de que estas entradas se programan para que sean visibles con un año de demora. En fin. Pero, aun así, hay cosas que uno no sabe si confiar con todo detalle a este cuaderno. ¿Cómo consignar en él que el otro día, cuando uno se aprestaba a disfrutar de un rato de descanso viendo un concierto, le saltó en el teléfono una entrada de un conocido en una red social en la que anunciaba, en términos que no dejaban lugar a dudas, que se iba a suicidar? Debo reconocer que, por una fracción de segundo, se me pasó por la cabeza un pensamiento del que no me s

UN VUELO

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14/4/2020 Andamos muy pendientes de los pájaros últimamente y esta mañana uno muy extraño se quedó un rato planeando frente a mi ventana. A  mí, al menos, me pareció al principio que era un pájaro, una extraña ave semitransparente y en la que, al mismo tiempo, el sol se reflejaba en intensos destellos... Y no, no era un pájaro, sino... uno de esos guantes desechables de plástico que la gente usa en los supermercados para servirse la fruta y las verduras. Están muy cotizados esos guantes ahora; tanto que, quienes no han podido procurarse otros de más calidad, hacen acopio de estos otros y los usan para protegerse las manos de contaminaciones indeseadas... Ya se sabe -lo dicen las propias autoridades- que todo eso es inútil y que ninguna medida es más eficaz que la más elemental de todas, que es lavarse las manos constantemente y mantenerse a prudente distancia de cualquier criatura que respire o hable y, al hacerlo, exhale partículas infinitesimales de saliva infectada po

LO IMPRESCINDIBLE

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11/4/2020 En plena madrugada y en medio del agitado duermevela en el que se están convirtiendo mis horas destinadas al sueño, oigo gritos. No acierto a entender qué dicen, pero la entonación no deja lugar a dudas: se trata de expresiones de desesperación. Se reiteran y duran, a intervalos, lo que este lapso de insomnio, que no será el primero ni el único de la noche. *  Una nueva prenda para el ajuar del fetichista: la mascarilla. Pero ya lo explicaré en otra ocasión; ahora no estamos para muchas bromas respecto a según qué cosas. * Tampoco, según se dice por ahí, la policía se anda con bromas. Sin embargo, qué ocasión para permitirse, cuando te dan el alto y te preguntan qué haces en la calle, una contestación más o menos ajustada al repertorio de razones que autorizan a salir, pero que resulte un tanto imprevisible o incluso absurda. Venir, por ejemplo, a la hora en que todo el mundo compra el pan, de comprar... no sé... loción hidratante para las barbas de

OTRA SALIDA

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7/4/20 Cada salida en estas circunstancias es una aventura, o así se empeña en verlo el espectador un tanto novelero, y quizá algo infantil, que contempla todo esto desde los ojos de adulto atribulado que se asoman a la realidad al otro lado de la mascarilla. Y de eso quería escribir, de la mascarilla y otros aditamentos que se dicen necesarios para salir a la calle. Ayer hube de acercarme al consultorio porque uno de mis achaques recurrentes, el taponamiento de los oídos, ha querido manifestarse en estos días tan poco propicios para acudir al médico. Pero hace varios días que el hervor, el acúfeno causado por el tapón de cerumen, es insoportable. Se manifiesta sobre todo en el silencio del salón a la hora de ,la siesta, y también de noche, ya acostado, en la casi siempre larga espera a que llegue el sueño, y que ahora cuenta con un nuevo factor añadido de perturbación. Así que llamé primero al consultorio. para ver si podían atenderme, y me dijeron que sí, que fuera en

ARMONÍA

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1/4/2020 El ánimo se va resintiendo. lee uno u oye las terribles crónicas sobre la gente que ha visto agonizar y morir a seres queridos, escruta uno en vano las cifras oficiales que no aportan ningún dato esperanzador respecto a la evolución de la pandemia, constata uno su propio cansancio, el agotamiento de sus recursos para organizar el tiempo en reclusión, etcétera. Quiero decir que se está empezando a producir lo que los chinos primero y luego los italianos saben ya por propia experiencia que termina ocurriendo: que llega un momento en que se quiebra la curva de bienintencionado voluntarismo y aflora la impaciencia, el miedo, la desesperación. Y se experimenta también una especie de sentimiento retrospectivo de vergüenza por no haberse percatado antes del verdadero cariz del asunto y haber confiado, para encararlo, en recursos más bien pobres: las aficiones, la satisfacción de viejas deudas de lectura, películas que ver o músicas que escuchar, la interacción frívola con semi

PROMISCUIDADES

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30/03/20 Esta mañana he dado mi paseo a pie más largo desde que empezó en confinamiento: desde mi casa hasta la caja de ahorros, a donde he ido a cobrarle la pensión a mi padre. Llevo puesto guantes y mi mascarilla de pintor, que hace que el aire expelido por la nariz salga proyectado de su borde superior hacia mis gafas, que llevo permanentemente empañadas; tanto, que, al llegar al cajero automático del banco en cuestión, he de quitármelas para ver las teclas que marco, al mismo tiempo que he de sacarme uno de los guantes para conseguir abrir la cremallera del bolsillo en el que llevo la libreta de ahorros... Los que van detrás de mí en la cola me miran, no sé si impacientes por el tiempo que estoy tardando o un tanto sorprendidos de que una persona que ha salido a la calle con todas esas protecciones (precarias, eso sí) prescinda de ellas justo cuando toca un objeto de uso público que podría estar contaminado de la miasma en cuestión. Todo ello hace que me sienta más b