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Restitución

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  2/8/2020 Desde hace un rato venimos oyendo una especie de chirrido superpuesto al zumbido ronco del acondicionador de aire. Sospechamos una avería, porque el ruido anómalo parece corresponderse con las vueltas de una pieza rodante que a intervalos regulares encontrara una resistencia o rozara con algo. Apagamos el aparato. Y, para nuestra sorpresa, el chirrido continúa y ahora si acaso resuena con más fuerza. Salgo al patio, que es donde tenemos el acondicionador de aire y de donde procede el ruido. Que cesa justo cuando entramos. Y mientras yo aguzo el oído en dirección a la máquina, por si descubro en ella algún sonido residual, como de ruedas todavía girando por inercia pero ya en trance de detenerse, M.A. me dirige un voluntariamente mitigado grito de asombro. En la pila de leña hay una enorme cigarra, ahora callada e inmóvil, aunque se diría que el vientre desproporcionado, que le cuelga entre las patas impulsoras, todavía acusa una impalpable vibración. He ahí la causa del chir

Y así

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28/7/2020 Otra rutina asociada al verano: las revisiones del coche. La llevo mal, y no sólo por el gasto que supone, siempre imprevisible y nunca exento de la sospecha de que te estén dando gato por liebre. Si a uno le dicen que tal o cual junta se ha desgastado y hay que cambiarla, ¿qué aducir al respecto? Si te hacen temer por tu seguridad, diciéndote que los frenos están en mal estado, ¿cómo negarte a asumir su reparación, aunque suponga un gasto inesperado? Pero lo peor no es eso, sino la sensación de estar fuera de lugar, o de parecer que lo estoy, en un mundo que solamente cabe afrontar desde una actitud de suficiencia masculina: la que asumen estos tipos que le hablan de tú al jefe de taller y le hacen ellos mismos el diagnóstico de la avería, como para demostrar que saben lo que se traen entre manos y que a ellos no hay quien los engañe; o la de estos otros que, por llevar coches más grandes o más nuevos, miran con cierta displicencia a quien lleva su cacharro cargado de años a

Para qué más

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23/7/2020 La empleada de la oficina de seguros tarda unos treinta segundos en levantar la cabeza de lo que estuviera haciendo, sólo para volverla a donde tiene colgada la mascarilla y ajustársela al rostro. Ya sabe uno que este sobrevenido ritual higiénico no resulta cómodo y que añade un plus de inconveniencia y desconfianza a cualquier gestión que tengamos que hacer con extraños. Pero esta muchacha, me digo, está obligada por su profesión a ser amable y quizá debería disimular un tanto su contrariedad porque un extraño venga a importunarla. He venido a pedirle un duplicado del recibo del seguro del coche, que me piden en otro negociado. Supongo que no es del todo imposible que el negociado en cuestión tuviera información actualizada de quiénes tienen el seguro en vigor. Pero sin duda esa deseable eficacia daría lugar a que muchas ventanillas perdieran su razón de ser... Y ése es el mundo en el que nos seguimos moviendo, incluso en estos anómalos tiempos de pandemia. Finalmente, no ha

Han vuelto

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21/7/2020 Han vuelto los flamencos. Quiero decir que de nuevo se han acercado al cantil del paseo marítimo, como hicieron en los días del confinamiento, cuando no había gente que los molestara. Aquello, en su día, fue una revelación, un vislumbre de cómo la naturaleza se tomaba discretamente su revancha y volvía por sus fueros en cuanto el hombre aflojaba un poco su presencia invasiva. Pero ahora, ante la evidencia de que la pandemia sigue ahí y es muy posible que los rebrotes obliguen pronto a un nuevo confinamiento general de la población, la vuelta anticipada de los flamencos resulta un tanto ominosa. ¿Sospechan que volveremos a estar encerrados por decreto y que pronto la zona de la marisma limítrofe con la ciudad volverá a ser suya? Se sabe que hay animales capaces de prever tormentas, terremotos y toda clase de catástrofes. ¿Adivinan los flamencos un nuevo recrudecimiento de la pandemia? No sé. De todos los indicios preocupantes que se han sucedido en las últimas semanas, éste me

Segundo acto

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19/7/2020 Me he levantado a las diez y cuarto. Lo anoto porque hacía meses que esto no ocurría. En estos días de rutinas anómalas -valga la contradicción-, cuando la oscuridad lo permitía me he levantado puntualmente a las ocho, y luego, conforme la claridad se ha ido adelantando, me he despertado con la luz, nunca después de las siete o las siete y media, si no me han despertado antes el estruendo del camión de la basura o las voces estentóreas de los trabajadores municipales que se ocupan del mantenimiento del parquecillo que tengo al pie de mi ventana, y que no dudan en comentar a grito pelado el partido del día antes. No llevo demasiado mal estas contrariedades: me gusta aprovechar la mañana y me parece siempre una pérdida irreparable perder durmiendo sus primeras horas. Pero también es cierto que, con el descontrol horario de estos últimos meses, cada vez he tardado más en conciliar el sueño y eso ha redundado en que he ido progresivamente acortando mi tiempo de dormir, lo que se

Secuelas

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16/7/2020 En unos grandes almacenes de mobiliario y menaje doméstico. Bastante concurridos, pese a las circunstancias. Vamos a comprar un armario zapatero, que facilite que nos descalcemos nada más entrar en casa, en consonancia con la sobrevenida obsesión por la higiene. Vamos a tiro hecho: ya habíamos visto la pieza en cuestión en el catálogo y sólo se trataba de localizarla en el almacén y llevarla a casa. También podríamos haber pedido que nos la enviaran, pero tenía la mañana libre y pasar el rato en unos grandes almacenes, curioseando invenciones ajenas y fantaseando sobre cambios en mi entorno inmediato, era, hasta no hace mucho, un pasatiempo intrascencente que solía divertirme. Ya no. Pese a que los mencionados estímulos a la avidez adquisitiva siguen funcionando, y se me van antojando sucesivamente cosas tan dispares como unas estanterías de pared o un juego de sillas de jardín, llega un momento en el que me asalta una especie de mezcla de claustrofobia -por estar en un sitio

Refino

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13/7/2020 Nuevos tiempos. En la mercería, detallada conversación en torno a la compra de unas mascarillas estampadas, para C., a la que el modelo estándar le queda desmesuradamente grande. Se habla de materiales, lavados, posibilidad de incorporar filtros, descuentos por la compra de más de una. Igual que si uno comprara... no sé, calcetines o calzoncillos. Y de eso se trata, en realidad, de una nueva prenda de vestir, de ésas que tienen estrecho contacto con partes del cuerpo a las que parecen ir aparejadas exigencias higiénicas más rigurosas que las que atañen, pongo por caso, a un simple jersey que te dejas caer sobre los hombros. Agradece uno que lo que en principio no era más que una necesidad sanitaria se haya dotado de rasgos que tienen más que ver con el gusto indumentario y la coquetería personal: un modo, quizá, de restar dramatismo al mal de fondo, que no es otro que la persistencia de la pandemia y la cada vez más patente certeza de que el mal no tiene remedio a largo plazo