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MEMORIAS SELECTIVAS

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18/2/2020 Buscando información sobre Manuel de la Escalera, llego a un artículo de Benito Madariaga de la Campa, "cronista oficial de Santander", en el que se menciona, entre otras cosas, la religiosidad del autor de Mamá grande y su tiempo , al que el articulista trató en vida, y a quien atribuye, además, un curioso "momento parasicológico" que, al parecer, éste le refirió por escrito alguna vez y que habría tenido lugar durante los años de prisión del autor: «En realidad -cita Madariaga- no era una sensación, sino una conciencia de un gozo infinito que trasmutaba todas las cosas y todos los seres.Una luz intelectual, alegría radiante de ser, de existir siempre. Una sensación... no, una certeza de inmortalidad.» Sorprende esta clase de vivencia en una persona a quien la lectura de Marx, Freud y Spengler, según se refiere en todos los escritos que se refieren a él, cambió literalmente la vida durante su estancia en París en los años 20; pero más curioso aún e

UN RARO

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16/02/2020 Me llena de melancolía la lectura de este libro de memorias infantiles de Manuel de la Escalera, que publicó en México bajo el seudónimo "Manuel Amblard" y de la que un amigo suyo santanderino hizo luego una "edición de bibliófilo" que hoy se puede comprar en las librerías de viejo de internet por menos de tres euros, y en la que saltan a la vista, sin llegar a desfigurar la primorosa prosa del autor, algunas clamorosas faltas de ortografía, que denotan más bien que todo lo suyo, incluyendo el modesto reconocimiento que debió de suponer, en su día, la reedición de este libro, no salió nunca de la esfera de las probaturas artesanales y los intercambios de material impreso entre aficionados. Sin embargo, hay que decir que Mamá grande y su tiempo es un libro hermosísimo, que merecería sin duda una mayor difusión y un reconocimiento efectivo, que apuntara por lo menos al hecho de que su autor, que podría haberlo escrito bajo los habituales condicionamie

YA PODRÁ CON VOSOTROS...

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10/2/2020 Todavía me acuerdo de que, cuando este diario estaba empezando su recorrido, me bastaban unos minutos robados a cualquier rato perdido -el que antecede, por ejemplo, a una tarde de exámenes en el instituto, como la que me ocupa hoy- para cumplimentar la entrada del día, que normalmente escribía al dictado de una emoción fuerte, de la que en mi escritura normalmente no quedaba otro rastro que alguna que otras nota de indignación, normalmente virada a la ironía... Hoy, para hacer lo mismo, necesito la certeza de tener por delante al menos una hora, aunque luego no la necesite, y los primeros minutos de ese tiempo se me pasan normalmente en constatar que esa pasión de antes ya apenas obra su efecto en mí, o no quiere transmutarse en escritura, por lo que ésta ha de nacer, si es que nace, de un acto de voluntad, como nace una conversación cortés entre dos extraños que nada tienen que decirse. Luego es posible que el resultado incluso me satisfaga más, porque no hay

A FONDO PERDIDO

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9/2/2020 No he sido nadie hasta después de la siesta, cuando por fin me siento más o menos recuperado de los excesos conviviales del día anterior. Y como la tarde está húmeda y desabrida, me embarco en un programa de actividades que me tendrán recluido en este salón hasta que me rinda el sueño, lo que seguramente esta noche de sábado tampoco ocurrirá antes de la una o las dos de la madrugada. Así que, como M.A. todavía duerme la siesta, aprovecho el rato de soledad para leer otro capítulo de Mamá grande y su tiempo , el tomito de memorias del hoy olvidado Manuel de la Escalera, en cuya literatura he recalado porque también tradujo, como Esther de Andréis, a Katherine Mansfield, y porque -estas cosas operan siempre mediante extrañas coincidencias- he leído una semblanza sobre su faceta cinéfila en la revista Materiales de derribo , en la que colaboro... Me dura la lectura lo que tarda M.A. en bajar y en aviar el té, que termina de despejarme. Acordamos entonces ver otra película

Convaleciente

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2/2/2020 Termina la semana de un modo anómalo. A mediados, tuve una mañana la sensación, al entrar en una cafetería, que, con el cambio de luz, se me oscurecía la vista en el ojo derecho y el campo visual se llenaba de corpúsculos flotantes. Pensé que podía tratarse de un efecto de la vista cansada, agravado por el hecho de que la noche anterior no había dormido bien. Pero como, dos días después, la molestia persistía, me acerqué a la óptica de la que soy cliente asiduo y les comenté la molestia, en la esperanza de que le quitarían importancia. Pero, para mi sorpresa, las dos empleadas del establecimiento se mostraron sumamente alarmadas y me instaron a que acudiera de inmediato a un hospital. Así lo hice, asustado, y el resultado ha sido que el oftalmólogo me ha detectado un pequeño desgarro intraocular, no muy importante, me dice, pero que requiere su cauterización inmediata para que no derive a un desprendimiento de retina. Dicho lo cual, me administra unos puntazos de láser e

Devaluar

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29/1/2020 Finalmente, lo que más criticaron los participantes en el club de lectura fue la morosidad del preámbulo. En eso les sucedía lo que a mí con las películas de aventuras que solía ver cuando tenía su edad. Recuerdo, por ejemplo, cuando vi Tambores lejanos  de Gary Cooper -entonces las películas eran "de" los actores protagonistas, y no de tal o cual director: todavía no nos habíamos abonado a las teorías sobre la autoría que puso en boga la nouvelle vague -, la casi angustiosa espera con la que asistí a los interminables minutos durante los que los protagonistas se presentaban, se planteaba el elemento amoroso, se asignaban las misiones que cumplir, etcétera. Más allá de esos preámbulos -lo sabía por los avances- se extendía una película plena de acción, pero cuánto tardaba en empezar lo bueno... Algo así me decían estos jóvenes lectores: es a partir del segundo capítulo, cuando empiezan "a pasar cosas", cuando la novela llega a engancharles. Bueno. Para

Club de lectura

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28/1/2020 Releo Vida nueva de cara a un club de lectura con chicos de secundaria, madres y profesores. Sé que resulta pretencioso por mi parte, pero... acabo de ver Dolor y gloria , la película de Almodóvar, y me acuerdo de la parte en la que un actor amigo del protagonista representa en el teatro un monólogo en el que aquel prácticamente desnuda su intimidad, los secretos resortes de su memoria sentimental, con inesperadas consecuencias. Y algo así es lo que creo que intentaba yo hacer en la trilogía a la que pertenece esa novela, y más concretamente en la que motiva estas líneas, por ser la que intenta dilucidar una edad confusa, la adolescencia de uno, en un tiempo más confuso aún, los primeros años de eso que se ha venido a llamar "la Transición"... No es una novela cien por cien autobiográfica; es más, tiene mucho de estricta invención, o más bien de recomposición fantasiosa de personalidades  y hechos cuya exacta ubicación en el orden de lo realmente sucedido sólo yo