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Dejarse llevar

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19/10/20 Desde la parada del autobús, convenientemente a resguardo del levante, veo a un pájaro alzar el vuelo. No sé de qué especie es, un avión quizá. El viento lo voltea y empuja y arrastra de acá para allá, sin que el pájaro parezca capaz de decidir su camino. Sin embargo, pronto compruebo que esa incapacidad es sólo aparente. Más que dejarse empujar y zarandear, lo que hace es reservar sus fuerzas y valerse de las de su aparente contrincante, el viento. De hecho, aunque la trayectoria sea zigzagueante, pronto queda claro que el pájaro avanza en la dirección deseada, y que sólo se deja llevar por los elementos cuando éstos favorecen su propósito. Cuando no, un leve aleteo, que casi no parece implicar esfuerzo, le permite rectificar cualquier posible desviación inducida por una ráfaga a destiempo. Poco a poco, con una mezcla característica de determinación y pasividad, lo veo perderse tras la manzana de altos edificios que parecía empeñado en sortear. Yo aquí, en la parada, miro la

Hermandad

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14/10/2 1 Tomo el autobús interurbano por vez primera desde que empezó la pandemia. No se puede decir que el servicio haya mejorado para adaptarse a los nuevos tiempos. Incluso me da la impresión de que los que nos congregábamos hoy a las siete de la mañana en la parada éramos los mismos que hace siete meses: si acaso, un poco más desamparados, más desgraciados. Había quienes, quizá contraviniendo alguna de las normas que se han ido dictando y olvidando conforme avanza la enfermedad, llevaban bajada la mascarilla y fumaban durante la espera. Quién era yo para  reprochárselo: aunque no fumo, siempre me ha parecido que hacerlo a esa hora de la mañana, en una desolada parada de autobús del extrarradio, es una manera de avivar una pequeña brasa portátil, como para calentarse con ella.  Todavía en la segunda parada del trayecto el autobús no se llena demasiado. Pero quedan aún varias, y en todas hay gente esperando. Impensable exigir que todos vayamos convenientemente separados o respetemos

Indeciso

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8/10/2020 Ayer en la tertulia se propuso que leyéramos cada uno un poema que nos pareciera verdadera poesía, aunque fuera de un autor desconocido, y otro que careciera de ella, aunque estuviera firmado por un poera prestigioso. En ambos casos se precisaba que el poeta fuera contemporáneo, para que no nos aferrásemos, supongo, a los clásicos indiscutibles. Yo elegí, para lo primero, "Los poetas", un poema de Fernando Quiñones que siempre me ha gustado porque incluye una convincente y nada pretenciosa definición de lo que es poesía: "tres, cuatro palabras / que no se habían juntado antes / o nunca habían sonado de aquel modo, / y que dejaban dicho algo, / sencillo acaso como ellas, / pero tan verdadero, tan nuevo y tan antiguo / que os suspendióy enmudeció un instante, / como a algunos de los que os escuchaban". No sé si convencí a alguien, o siquiera si leí el poema lo suficientemente bien para que llegara su mensaje. Es lo que tienen estos intercambios. Me da la imp

Alarmas

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4/10/2020 El virus ha llegado a tu entorno inmediato y, sin menosprecio del papel que cada cual está haciendo al respecto, uno diría que cunde el pánico y que en todo lo que se decide, incluso en lo acertado, hay un irreductible elemento de confusión que contribuye un tanto a agravar las circunstancias. Se siente uno tentado a la inacción, porque le parece que no hacer nada, e incluso ignorar la sucesión de mensajes e intrucciones que se van recibiendo, sería lo menos dañino, aunque sólo fuera porque la inacción es silenciosa y deja las cosas en manos del tiempo, que es siempre quien tiene la última palabra, incluso para certificar lo irreparable.  * En la entrevista que le hacen en la revista Palimpsesto, explica Amancio Prada que encontró la inspiración para los primeros versos de su cantata Emboscados en la canción "Wonderful life" de Black, que fue muy popular en 1985. Y llama la atención que este cantautor cuyo trabajo goza de merecido prestigio en los medios cultos con

La pluma

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29/9/2020 Entra por la ventana (estoy en un primer piso sobre planta baja) una pluma de pájaro traída por la brisa. Limpia e intacta, como recién desprendida del cuerpo del pájaro. Ha venido a posarse a mis pies, frente a la silla en la que yo estaba sentado leyendo un libro. La ventana da al patio de recreo del instituto, en el que en ese momento juegan decenas de chiquillos, lo que basta para mantener alejados a los pájaros de diferentes especies que a otras horas se refugian allí, a cubierto de los vientos que azotan el paseo marítimo. El pájaro del que procede la pluma -que más bien parece plumón, porque es corta y tiene el característico aspecto algodonoso del plumaje que cubre el cuerpo del animal, en constraste con las plumas largas y firmes que sustentan el vuelo- debía de hallarse en una de las cornisas y cabe pensar incluso que procediera de algún polluelo. ¿Es normal que pierdan una pluma por las buenas? ¿Cabe imaginar algún fatídico percance -aunque aquí, que yo sepa, no ha

Un cuento

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27/9/2020 Me cuenta C. que en el barrio barcelonés al que se ha mudado hay una calle llamada "de Neopàtria" y que ese nombre le ha llamado la atención, quizá por las resonancias que le parece percibir en él. Y yo celebro que el azar me brinde la ocasión de un modesto alarde de erudición -de pedantería, en fin-, más debido a la casualidad que a otra cosa. Le cuento que los catalanes fueron toda una potencia naval y militar en el siglo XIV y que ello les llevó a arrebatar territorios al imperio bizantino y establecer en ellos ducados gobernados por sus caudillos militares: entre ellos, el de Neopàtria, en la Tesalia. Le hablo también de los almogávares, una especie de cuerpo de mercenarios procedentes de las tierras altas de Aragón, y del asesinato a traición de su jefe, Roger de Flor, por parte de los bizantinos, lo que dio lugar a lo que todavía se conoce como "venganza catalana"... Me pregunta C.: "¿Y tú cómo sabes todo eso?". Le desgrano entonces la cade

Dejan de contar

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24/9/2020 Como mi horario laboral cambia todos los años, estas primeras semanas del curso suponen siempre redefinir los hábitos y adaptarse a las nuevas circunstancias. Nunca me quejo de las novedades, al menos de las que atañen solamente al horario: lo que se conceptúa como un horario "malo", es decir, disperso, con huecos entre horas, a veces se convierte en una bendición, porque me ofrece la posibilidad de permitirme paseos a media mañana y desayunos largos en una terraza, acompañado de un libro. Por lo mismo, un horario demasiado compacto se traduce a veces en sensación de apremio y prisas, porque cualquier rato que dediques a una tarea sobrevenida te parece que lo estás robando de tu tiempo libre; aunque también es un placer, en fin, que el horario te brinde un día con una o dos clases a primera hora de la mañana y el resto libre, como un día de vacaciones del que ni siquiera tienes que descontar el tiempo que sueles perder en los días de asueto por levantarte tarde; de