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Mostrando entradas de diciembre, 2006

LECTURAS VACACIONALES

No planifico mis lecturas de vacaciones: me vienen impuestas por un cúmulo de aplazamientos que, al modo de los fluidos que llenan una cavidad vacía, ocupan con su empuje esta tranquila sucesión de tardes desocupadas que, atendidos los compromisos familiares, las compras ineludibles y las actividades propiamente "vacacionales", constituyen el único espacio de tiempo que de verdad puedo considerar mío. Las de estas navidades: el Valentín de Gil-Albert, en una muy defectuosa edición de Akal; la jugosa antología poética de ese mismo autor que ha seleccionado y prologado José Mateos para Renacimiento; El mito de Doñana , de Aquilino Duque, en la reciente reedición que ha publicado la Fundación Lara; una amplia y bien documentada antología de cuentos "góticos" que encontré hace poco en un mercadillo... Quisiera uno encontrar el mínimo común denominador de estas lecturas, unidas por el azar y la oportunidad. Posiblemente no lo hay. Más sugerentes son las concomitanci

SUCEDÁNEOS

Posiblemente no sean éstas las primeras navidades globalizadas que vivimos, pero quizá sí las primeras en las que la suma de adulteraciones y sucedáneos de diverso origen ha llegado a ser abrumadora. La anchoa ya no viene del Cantábrico, sino de las gélidas aguas australes, y dicen que no sabe igual. Tampoco sabe igual, según los franceses, el foie-gras extremeño, y ello no porque los fundamentos biológicos del producto sean distintos (una oca es una oca, en Badajoz y en el Armagnac), sino por cuestiones de procedimiento: para que el producto alcance su punto, dicen, es necesario maltratar a la oca, hacerla comer a la fuerza, mantenerla en la inmovilidad; y las felices ocas extremeñas, que pasean plácidamente por sus corrales y sólo comen lo que les apetece, no alcanzan ese punto de torturada exquisitez. Y hasta la sidra, ese champán de los pobres (antes, porque ahora hay espumosos a precio de gaseosa) ya no está hecha sólo de manzana asturiana, porque la sequía y las calores han hech

POTTERSVILLE

James Stewart: posiblemente, el actor que mejor ha sabido encarnar la madurez atribulada y desbordada. Viéndolo ayer, por enésima vez, en Qué bello es vivir , me acordaba de su papel en FBI contra el imperio del crimen ( FBI Story , de Mervyn Leroy, 1958): era él quien salvaba esta burda producción propagandística, gracias, sobre todo, a su interpretación de un agente del FBI que, después de años de servicio, entra en crisis al constatar que ha sacrificado a esa carrera su bienestar, su vida familiar y su seguridad y la de los suyos. No importa que las cosas se enderecen luego y las aguas vuelvan a su cauce: lo que queda en el recuerdo del espectador es ese momento en el que el hombre bueno por antonomasia que es Stewart roza la inflexión nihilista, el desánimo irreversible, la tentación de tirarlo todo por la borda. Es lo que sucede en Qué bello es vivir : el asunto de la película no es otro que ese momento de la madurez en el que uno ha asumido tantas responsabilidades que cualqui

AL FIN Y AL CABO

Los tópicos, al fin y al cabo, son confortables. Los anti-tópicos, por el contrario, llevan consigo la carga fastidiosa del tópico; y, además, un innecesario gesto de hosquedad, y un insufrible punto de suficiencia. Ya que hay que vivir en alguna parte, hacerlo no demasiado lejos del calor de los tópicos, pero con una ventana abierta a esa calle fría por la que desfilan sus contrarios, aullando a la luna y arrastrando el rabo. De vez en cuando (sólo de vez en cuando), dejar que alguno entre en tu casa y se caliente al fuego. (Pero exigiéndole que se comporte como Dios manda.)

FELICIDADES

Los cuentos que no crees son los más verdaderos; muestran su simetría bajo un cielo de cuento y dan fe de otro mundo más simple, como un sueño de pastores que sueñan ángeles mensajeros o de reyes que siguen la luz de un reverbero en la noche infinita. Dejaste de creerlos. Y no por eso ahora son menos verdaderos. (Mi "villancico" del año pasado; ya he escrito y enviado el de éste. Felices fiestas a todos.)

CURSIS

En el comunicado en el que anuncia la suspensión de sus operaciones, la compañía aérea “económica” Air Madrid dice haberse visto forzada a ello por la campaña adversa de la que ha sido objeto por parte de las autoridades. Éstas, dice, han llegado a fijar carteles en los mostradores de la propia compañía para advertir a los pasajeros de las consecuencias de volar en la misma. Se da la circunstancia de que los usuarios de ésta son, en su mayor parte, inmigrantes con pocos recursos, que, si se arriegan a volar con una compañía tan poco solvente, es por la baratura de sus tarifas y porque ésta es la única que, en estas fechas, aún tiene (o tenía) plazas libres para los destinos demandados por esta clientela: Hispanoamérica y Rumanía, sobre todo. Es muy probable que estos pasajeros no encuentren ahora otro medio de viajar a sus países de origen. Con lo que puede decirse que, más que prestarles un servicio, lo que el gobierno ha hecho es jugarles una mala pasada. Y es que, supone uno, lo pr

ÉLITROS

La sarna, amigo Sjoman , no es un mal final para una historia de amor: es de las pocas cosas que dos amantes pueden estar del todo seguros de compartir en absoluta igualdad de condiciones, y la única que pone en su justo lugar a posibles terceros. *** Nadie la había invitado a esa fiesta. Brindábamos felices, pedíamos comida y bebida. Y optamos por callar cuando vimos sus élitros lustrosos avanzando sobre el mostrador y acusamos en los músculos del vientre el temblorcillo rápido de sus patas. Cómplices de ella en ese sigilo consciente, en esa forzosa discreción, a beneficio de la felicidad de todos. *** No hay peor malestar que el retrospectivo.

NUESTRA VENGANZA

Definitivamente, esta enfermera está enamorada del dentista. Sólo que él no le corresponde. En este mínimo universo edípico, regido por un padre omnipotente, desearía uno robarle a éste la devoción de la única hembra disponible. Es nuestra venganza. Pero qué mal papel hacemos ante ella, babeando y escupiendo, mientras su amo y señor nos tortura a su antojo. *** Para colmo, es ella la que luego nos pasa la minuta. *** Y es que aquí, como en las danzas de la muerte medievales, todos somos iguales: el ejecutivo bien vestido y la mujer gorda de modales groseros, la jovencita mundana y el anciano temeroso y humilde. Un último prurito de la vanidad humillada te lleva a desear, ridículamente, hacer constar tus credenciales, tus elevados menesteres, tus títulos. Pero aquí nada de eso vale. La sangre debe de saber igual en todas las bocas. Y ella -esta enfermera en la que, después de todo, he puesto mis esperanzas- lo sabe.

BELENES

¿A quién sirve esa infantería que tan gozosamente se apresta a ir más allá de los designios biempensantes y "políticamente correctos" que emanan subrepticiamente de las autoridades? ¿Qué bienintencionado designio, por ejemplo, creerá haber cumplido ese director de colegio que ha prohibido la celebración de festejos navideños en su centro, en bien de no se sabe qué mal entendido "multiculturalismo"? Lo peor no es que, en su fuero interno, crea merecer una medalla. Lo peor es que se la darán. Por el belén que ha montado al prohibir los belenes.

LAS SUECAS

Me llama la atención que el mito español "de las suecas", que tanto dio que hablar en los años sesenta y setenta, tuviera su contrapartida contemporánea en el país nórdico; y que, en concreto, la querencia de los turistas suecos hacia las playas españolas sea uno de los hilos conductores de la curiosa y divertida película Yo soy curiosa ( Jag ar Nyfiken-Gul, 1967 ), de Vilgot Sjoman. El padre de la protagonista participó en las Brigadas Internacionales, pero sólo permaneció en España... tres semanas; lo que causa en la hija una extraña mezcla de orgullo y desazón, quizá porque el dato no le permite redondear la imagen heroica que quisiera tener de su padre, ni encaja en su propia manera analítica de enfrentarse a la realidad, a fuerza de fichas y cuestionarios que va archivando en cajas de cartón. Y es que la realidad no se deja interrogar, ni siquiera por esta tenaz y disciplinada hija de la socialdemocracia sueca, que no entiende, por ejemplo, por qué sus compatriotas pasa

ENFERMERAS

Un amigo me comenta lo mucho que le gustan los artículos de J. M. en El País. Le digo que este columnista habla demasiado de sí mismo, y que rara vez logra trascender la anécdota -casi siempre, sus conflictos con la administración, con el mundillo literario, etc.- para alcanzar la categoría. No lo convenzo. A él le gusta ese yoísmo obsesivo: lo confunde, me temo, con esas necesarias cuñas de subjetividad que, desde Montaigne, distinguen la escritura personal del mero discurso doctrinario. Allá cada cual con sus gustos y, sobre todo, con el uso que haga de ellos: yo, por ejemplo, nunca leo los libros de los escritores que me decepcionan o me aburren en las distancias cortas. No sé si mi amigo lee los libros de J.M. Me da la impresión de que tampoco. Y es que los articulistas, cuando gustan, también proporcionan una excelente coartada para no ir más allá: muchos lectores se conforman con haberles cogido el aire, los modales de la prosa, los tics característicos. Pasa como con cierto

BABAS

Quizá hayan visto ustedes el anuncio de esa crema facial hecha con babas de caracol. No hay de qué extrañarse: los productos de belleza suelen apelar a esa especie de fe ancestral, instintiva, que nos lleva a creer que, en contacto con los principios primordiales de nuestra composición orgánica, nuestro cuerpo tomará de ellos lo que necesita para su reconstitución y mejora. Estamos hechos de barro, parece recordarnos la publicidad, y sólo en contacto con ese barro originario lograremos recuperar nuestra prestancia ideal, la plenitud a que aspiramos, nuestra potencial belleza. Y si hay quien aplica directamente barro a su piel envejecida, en la esperanza de que los jugos de la tierra lograrán vivificarla, otros intuyen que esos poderes revitalizantes son más activos en las sustancias extraídas directamente de los seres vivos: de las plantas (la avena y el aloe, por ejemplo), de los animales (Cleopatra se bañaba en leche de burra) o de nuestra propia especie (muchas cremas faciales están

LA DURMIENTE

Weekend (1967): según algunos, una de las mejores películas de Godard. Me gustó de ella la tensa escena en que la protagonista, en bragas y sujetador, le cuenta al marido una extraña aventura sexual en la que se ha visto envuelta. La escena, mal iluminada (voluntariamente, supongo), deja al marido en una especie de semipenumbra a contraluz que contribuye poderosamente al distanciamiento y frialdad con que formula sus preguntas. Y la mujer semidesnuda se nos presenta, bajo esa luz casera, casi de cine amateur , con una muy efectiva inmediatez: somos partícipes de este trasvase de confidencias extremas, o testigos quizá de un extraño juego erótico privado. Sea lo que sea, asistir a esa escena resulta extrañamente perturbador, a la vez que... excitante. (Es curioso: cuando se habla de cine de vanguardia, nadie reconoce que la falta de prejuicios de éste, el desenfado con que aborda cuestiones escabrosas, su impudor característico, pueden actuar como estímulos eróticos; pero eso sería co

LAS PUTAS DE ANTES

Un vigilante jurado "abate" a un delincuente que había intentado asaltar un chalé encomendado a la custodia del primero. La justicia detiene y encarcela al vigilante... La ley, claro está, debe cumplirse escrupulosamente, y las extralimitaciones deben ser castigadas. Pero también está claro que, en casos así, el sentimiento y la razón andan divorciados, y no me refiero sólo a quienes han aplaudido la acción del guardián, sino también a quienes la han deplorado. En la ficción, tanto la justicia expeditiva de Harry el Sucio como la malhadada carrera delictiva de Clyde Barrow cuentan con nuestras simpatías. En la vida real, depende. Y es ese "depende", ay, el que mejor nos retrata. *** Lo mismo pasa con una escena que presencié ayer: media docena de vendedores callejeros (clarísimamente "subsaharianos" todos ellos, según la terminología al uso) echan a correr ante la cercanía de una patrulla de la policía municipal. En su huida, dejan caer mercancías, que

GODARD

Histoire(s) du cinema , de Godard. Una especie de ensayo visual, en varias entregas, sobre la historia del cine. No exento de agudeza: la intuición, por ejemplo, de que la lógica y la poesía de la imagen cinematográfica están ya implícitas en la obra de Baudelaire, en su vuelo imaginativo, en su mezcla única de objetividad y subjetivismo. O la constatación de que el cine no es sino un discurso sobre la muerte, un desfile de espectros que nos hablan desde el más allá. Todo eso está muy bien, si no fuera porque viene envuelto en una insoportable maraña de desfachatez y pedantería (esa tipa de boquita de piñón, guapísima -¿alguna novia del propio Godard?-, recitando a Baudelaire; o el propio Godard, desnudo, tecleando en su máquina, con un puro en la boca, mientras elucubra sobre esto y aquello...). ¿A quién va dirigido este discurso? Evidentemente, a los iniciados y cómplices. Porque si falla uno de estos dos requisitos, el producto resulta incomprensible o insoportable. Sin embargo, se

DICTADURAS

Hay quien se lamenta de que los ciclos históricos no coincidan del todo con los vitales o biológicos. Así, dicen, es una pena que un dictador no viva lo suficiente para conocer condiciones políticas que permitan su enjuiciamiento y castigo. Pero acaso si no ocurriera así, si la vejez y la muerte no se ensañaran con los dictadores con la misma virulencia que con el resto de los mortales, algunas dictaduras (véase Cuba) no conocerían jamás el ciclo de defecciones, abandonos y abjuraciones que suele preceder su caída. Si no hay mal (incluidas las dictaduras) que cien años dure, es porque casi ningún hombre (dictadores incluidos) dura cien años. Aunque, a veces, parezca que harían falta cien años, y más, para desenredar la maraña de abusos y crímenes cometidos. Lo que, por otra parte, nos ahorra no pocas decepciones: muerto Pinochet, ahora sí podemos irnos a dormir tranquilos, en la seguridad de que, si hubiera durado algunos años más, quizá habría sido definitivamente juzgado y condenado

NEURASTENIAS

Posiblemente las únicas distancias que de verdad merezca la pena recorrer son las que se pueden cubrir en una mañana de marcha, a pie. Solo o en compañía, depende. A ser posible, en un día soleado de invierno. Y sin que nada te reclame en el lugar de destino. Son los únicos viajes dignos de tenerse en cuenta. Los otros no son más que... simples traslaciones de lugar. *** Claro que las traslaciones verdaderamente inquietantes no son las de lugar, sino las de tiempo. Ese sol de invierno del que hablábamos antes, por ejemplo: te traslada sin previo aviso a una mañana en el patio de recreo de tu colegio, en tu infancia. De todos los edificios que componían (y aún componen) el conjunto, sólo el más antiguo, con sus muros de piedra, retiene y proyecta algo de esa limosna de calor. Y uno aguanta el tipo como puede, con la espalda pegada contra el muro y la certeza, ya entonces, de que ese instante era y no era de ese tiempo, y te estaba ya aguardando, treinta y tantos años después, en un c

EMPIEZA UNO A DECIR...

A estas alturas del año empieza uno a decir: “Las compras. Hay que ir pensando en las compras”. No es que tenga uno nada que comprar. La despensa está bien surtida, hay mantas en el armario, el abrigo del año pasado nos sigue quedando bien. Incluso las botas, con una mano de betún, podrán aguantar otra temporada. En las estanterías hay suficientes libros sin leer como para estar dos años sin pisar una librería. Lo mismo les ocurre, suponemos, a la mayoría de nuestros conocidos. Todos ellos viven en esa especie de precariedad bien abastecida de la que goza la clase media en los países más o menos ricos: mientras dure el empleo, mientras haya crédito, mientras ninguna catástrofe nos alcance, las necesidades básicas pueden darse por cubiertas. Y, sin embargo, la idea insidiosa empieza a rondarnos la cabeza: “Hay que ir pensando en las compras”. ¿Qué compras? Repasa uno la lista de sus compromisos. No necesitan nada. O lo que necesitan, como nosotros, es algo que no les podemos dar. No pod

MELANCOLÍAS

Leo, por recomendación insistente de unos amigos, un libro de una poeta que ha ganado varios premios recientemente. Es un libro agradable, brillante, sugerente, de fácil lectura. En él no se dilucida ninguna cuestión importante: vagas melancolías, constataciones más o menos hermosas, materiales prestigiosos. Y así debe ser. ¿Acaso alguien puede pretender que un libro desgarrado, áspero, revulsivo, tenga un buen pasar en uno de esos acontecimientos mundanos que llamamos "premios literarios"? Sería hasta de mala educación. Así que no le pidamos peras al olmo. Los premios están para lo que están. *** Esa nube que ocupa el valle que tengo ahora ante mis ojos. Uno no entiende nunca la vida de los demás: ¿cómo pueden vivir en medio de esa niebla espesa, mientras aquí arriba luce este esplendoroso sol de invierno? Pero ¿y si ahí abajo pensaran lo mismo? ¿Y si de pronto una horda desesperada ascendiera por la carretera, dispuesta a disputarnos nuestro privilegio de sol, nuestras v

GUADALAJARA

Me piden que opine sobre lo de Guadalajara. La verdad es que es difícil hacerlo sin incurrir en alguno de los desagradables e irritantes abusos o injusticias que suelen cometerse cuando se generaliza sin afinar. Pero lo intentaremos. Parece lógico que, si la mayor feria del libro iberoamericana está dedicada este año a Andalucía, a la misma acuda una nutrida representación de la literatura y del sector editorial andaluz. Lo sensato sería encomendar la organización de esa representación a las propias editoriales, que son las empresas que han de vender sus productos en la feria. Son ellas las que tendrían que haber decidido a qué autores llevar, qué actos organizar, con quiénes intercambiar pareceres o establecer contactos. Y la Junta de Andalucía tendría que haberse limitado a asesorarlas, a prestarles su infraestructura y, en los casos en que pareciera justificado, subvencionar sus actividades. No se ha hecho así, claro. En vez de dar juego a las empresas, se ha recaído en los viejos

ABUELOS

“Ése no tiene abuela”, suele decirse de quien se alaba a sí mismo. De esta clase de orfandad figurada casi nadie se libra: quién no se ha visto en la necesidad de defender sus méritos frente a la indiferencia o el desinterés de los extraños. Es un principio de supervivencia: saber venderse; y a él recurre desde quien prepara su currículum para solicitar un modesto empleo hasta quien aspira a ocupar un alto cargo político. Y es en este último gremio, quizá, donde la falta de abuela de sus miembros se hace más patente. Y es que ni la más complaciente llegaría a pensar, al ver la cara de su nieto en un cartel, que éste pudiera ser capaz, como afirma, de obrar milagros: acabar con el desempleo, proteger a los desfavorecidos, poner de acuerdo a los enfrentados por conflictos seculares… Pero da la casualidad de que los políticos sí tienen, o han tenido, abuelas, como todo el mundo. Y abuelos. Eso los humaniza. Saberse nieto de alguien viene a ser la mejor manera de no ceder al espejismo de

HAMBURGUESAS Y PREMIOS

La verdad es que estoy de acuerdo con lo que decía Trapiello en uno de sus diarios: no entiende uno para qué demonios se mete el Estado a premiar o a bendecir la obra literaria de Fulano o Mengano. Especialmente, cuando se trata de una obra ya conocida y valorada: no parece sino que las instituciones (y, con ellas, quienes las regentan) intentaran apropiarse, por medio de la concesión de un premio, del prestigio acumulado por ese autor. ¿Qué otra justificación tiene que se dediquen fondos públicos a añadir publicidad suplementaria a quien ya goza de reconocimiento y notoriedad? Y, ojo, no es que piense que los premios tendrían más sentido si se otorgaran a desconocidos, con la excusa de hacerles justicia: con ello, el Estado asumiría una antipatiquísima función didáctica, que los lectores ni reclamamos ni estamos dispuestos a reconocerle. Sería darle a la literatura el mismo tratamiento que la actual ministra de Sanidad otorga a las hamburguesas: de vez en cuando, se permite decirnos