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Mostrando entradas de mayo, 2008

COCHINILLO CON LANGOSTA

Estamos tan acostumbrados a la disensión en lo importante, que cuando surge en cuestiones aparentemente secundarias, o entre personas que sólo influyen en lo suyo, nos la tomamos a broma. Pasa con los escritores: cuando se destapa un tongo literario, o se denuncia un plagio, el público asiste encantado a la polémica, e incluso opina alegremente. Ahora les ha tocado el turno a los cocineros: a los grandes, los de fama internacional, cuyas creaciones sólo conocemos por los periódicos; no tanto por lo caras (siempre puede uno ahorrar para concederse un capricho) como por lo lejanas: a quién le ilusiona cenar en una mesa reservada para dentro de, pongamos, diez años, que es el plazo mínimo que dan las listas de espera de ciertos restaurantes... No pasa nada: estamos acostumbrados a contemplar a distancia los trasiegos de las altas esferas, y esos restaurantes se han convertido en uno más de los escenarios por los que desfilan quienes llevan esas vidas pintorescas, ruidosas y desordenadas q

BERENJENALES

De todos modos, los comentarios a la entrada del otro día me dejaron pensativo. Porque alguien podría decir: ¿cómo es que éste se mete con Fellini, pongamos por caso, y de vez en cuando se deshace en comentarios entusiastas sobre meros artesanos como John Cromwell , e incluso sobre desconocidos de menor relieve aún? Lo primero que cabe alegar es que ese entusiasmo es tan sincero como la abulia y la desilución con la que a veces reviso ciertos valores aparentemente más seguros. El porqué es más difícil de explicar. La literatura acumulada en torno a los grandes títulos convierte muchas veces el visionado de éstos en un ejercicio de mera constatación, de puro asentimiento, por así decirlo. Y la tentación a disentir de toda esa adoración es muy grande, así como la pereza que da sumarse al coro de grillos que cantan los méritos de tal o cual obra. Sin contar, en fin, con que muchos prestigios, a poco que se hurgue en ellos, acaban revelando lo que tienen de inflados o falsos. Kubrick, p

GUIJARROS

Casi no hay día en el que no se te caiga, y se haga añicos, algo que te gustaba mucho ayer. Algunas cosas de Fellini, por ejemplo. Anoche empecé a ver Amarcord , y a la mitad de la película decidí irme a la cama. Puedo achacarlo al cansancio. Pero, ¿por qué no reconocer que esa historia informe, esas multitudes que se movían como en ciertas coreografías de anuncio, esa nostalgia impostada, todo eso, en definitiva, me estaba aburriendo, cuando no irritando profundamente? *** Con alguien que habla un idioma distinto al tuyo siempre puedes terminar entendiéndote por señas. Peor es cuando esa otra persona habla tu misma lengua, pero tiene en la cabeza una concepción del mundo, un modo de pensar y de ver las cosas, radicalmente incompatibles con los tuyos. Las palabras vienen y van, sí, pero más al modo de los guijarros que dos pandillas enemigas intercambian en una pedrea, que como se supone que deben circular entre dos personas dispuestas a escucharse y entenderse. En un caso así, es i

CASUALIDADES

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Paso por delante de la librería de Raimundo justo en el momento en el que me estoy planteando comprar un periódico para tener algo que leer en el autobús. Y recuerdo aquella costumbre del año pasado de la que he dejado constancia aquí en alguna ocasión: el "libro de los jueves", es decir, ese libro de saldo que compraba ese día de la semana en esta misma librería, para amenizarme el trayecto de regreso. Aquel juego tenía sus reglas: por ejemplo, que el libro en cuestión no costase mucho más que un periódico. El que compro hoy dobla justo ese precio: pero, teniendo en cuenta que lo voy a dejar en mi cartera, y que va a proporcionarme lectura jugosa para más de un trayecto, creo que merece la pena: Artículos olvidados de J. Martínez Ruiz ("Azorín"), seleccionados y anotados por J. M. Valverde, y publicados en la meritoria y ya muy fuera de lugar "Biblioteca del estudiante" de Ediciones Narcea, en 1972. El ejemplar está flamante. Y es un placer ir hojeándo

ESPÁRRAGOS

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Distinguir un espárrago verde de uno blanco: tal es una de las destrezas que adquirirían los alumnos de la hipotética asignatura “Educación alimentaria”, propuesta por el cocinero Ferrán Adriá y el cardiólogo Valentín Fuster, en lo que parece una involuntaria parodia de la ya existente Educación para la Ciudadanía. Proponer asignaturas nuevas, o, lo que es lo mismo, propugnar que todo, incluido lo que siempre hemos confiado a la experiencia, debe ser aprendido en la escuela, se ha convertido en una especie de vicio nacional. No hay gremio, asociación o grupo de presión que no haya insistido en que la materia que les compete ha de ser estudiada en los colegios. No duda uno de las razones que les asisten: sí, sería bonito que los niños aprendieran en el colegio a montar en bicicleta, a saborear un espárrago, a catar vinos, a hacer una media verónica o a solventar sus dudas existenciales; por no mencionar, en fin, lo interesante que sería que supieran bailar el baile regional de sus respe

ARGEL

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No es probable que, a la hora de enumerar a los grandes de la Edad de Oro del cine hollywoodense, se acuerde uno de John Cromwell. Sin embargo, entre su filmografía se encuentran algunos de los grandes éxitos del cine de esas décadas, y su obra se extiende desde los tiempos del cine mudo hasta los albores de los 60, cuando la industria empezaba a pasar página y esa bendita Edad de Oro quedaba definitivamente atrás. Es, pues, de esos directores que encarnan en sí mismos toda la historia del cine. La crítica lo considera un buen director de actores, lo que equivale a decir que no lo era tanto en los demás aspectos que contribuyen a redondear una buena película. Pero esta simplificación es injusta. Y basta ver sus películas con cierta atención para constatar que estamos ante uno de los cineastas más delicados y sensibles de su tiempo, y uno de los más conscientes de lo que se traía entre manos. Seguramente su obra maestra es Argel ( Algiers ), de 1938, un remake del clásico de Julien Du

VIDRIOSO Y DESAGRADABLE

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No me quiero dejar en el tintero esta anécdota sobre J.R.J . que me contaron ayer durante el almuerzo. Al parecer, en los archivos de la Compañía Transatlántica Española, la que perteneció al Marqués de Comillas, se guardan las cartas que el poeta envió a la empresa para protestar por el deterioro de algunos bultos de su equipaje durante el viaje de regreso de su boda en Nueva York en 1916, el que inspiró su Diario de un poeta recién casado , el libro que cambió el rumbo de la lírica española. Al parecer, esos bultos se mojaron, y en su carta de protesta enumera Juan Ramón los daños ocasionados, especialmente a las pieles de su mujer, y reclama una indemnización de... 4.000 pesetas, una cantidad bastante considerable para la época. La compañía recabó toda la información disponible, y al parecer se conserva una nota del capitán del barco en la que éste asevera que, ya durante el trayecto, advirtió que el demandante era un hombre "vidrioso y desagradable". La naviera, en prime

LA DEUDA

En correos. Unas cinco personas en cola, todas ellas afectando esa seriedad un tanto impostada con la que cumplimos tareas profesionales de escasa relevancia, pero que justifican una salida de la oficina o la tienda. Nadie dice nada , nadie tiene nada que decir ni, aparentemente, conoce a ninguno de los presentes. Hasta que irrumpe un hombre delgado, de edad indefinida (lo mismo podría tener veinticinco años muy mal llevados que cincuenta conservados en formol) y modales desconsiderados y ruidosos. "Mira, una preguntita", dice al del mostrador casi desde la puerta, a voces. El diminituvo abusivo con el que ha querido atenuar su brusca irrupción nos pone a todos alerta. "¿Aquí hacen transferencias?". También el empleado imposta una seriedad profesional un tanto fuera de lugar. "¿Tiene usted cuenta con nosotros?". "Yo no", dice el recién llegado. Y el empleado le enumera las distintas posibilidades que hay para enviar una suma de dinero. "No,

LO QUE SE PUEDE

En medio de una aparente parálisis, propia de esta estación tan ajetreada, van llegando los frutos de otros tiempos de esfuerzos mejor dirigidos: mi traducción de John Marr y otros marinos , de Melville; o las pruebas, que recibo hoy, de Los bosques sumergidos , mi última novela. Los procesos que median entre la escritura de una obra y su publicación contribuyen no poco a que el escritor la sienta como una cosa extraña, hasta cierto punto ajena. No soy ya quien escribió esta extraña novela, cuyos entresijos aún hoy me resultan un tanto dolorosos. Ni siquiera soy el que, animosamente, puso manos a la obra el verano pasado a los poemas de Melville, en respuesta a un requerimiento amistoso de Juan Bonilla. Mi paisaje interior lo forman los fragmentos todavía desorganizados, dispersos, de lo que trato de escribir ahora. Al fin y al cabo, uno no vive de esto, y podría pasar por la vida perfectamente sin asumir ninguno de los tics del escritor profesional. Pero qué meritorios me parecen, en

NI FRÍO NI CALOR

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Vuelvo a ver Chinatown , la incursión de Roman Polanski en el cine negro. Me recuerda algo a El largo adiós , de Robert Altman: aunque éste opta por situar la historia en un ambiente contemporáneo, y Polanski cede a la tentación de hacer una película camp , al estilo de Cotton Club , con mucho gasto de sastrería y peluquería, las dos presentan una visión de Los Ángeles que tiene más que ver con la idea contemporánea de la ciudad sin centro (y sin alma), hecha de escenarios disímiles, discontinuos, conectados entre sí por desoladas autopistas, que con la atmósfera urbana más o menos reconocible (callejas oscuras, garitos, farolas, anuncios luminosos, etc.) del cine negro clásico. Aunque tal vez la diferencia mayor no sea esta manera de concebir el espacio, sino el propio fondo moral de las historias: la de Polanski (y, en cierto modo, la de Altman) destila un nihilismo perturbador, ausente del cine negro clásico, que es más bien un avatar tardío del Romanticismo. El detective no cons

TEATRO

La gente. Vuelve uno de la calle con toda una gavilla de historias. Confiarlas sin más a este diario abierto sería un tanto indiscreto; pero, ¿qué hacer con ellas, si no? Casi me parece peligroso dejarlas ahí sin más, en la memoria, fermentando con lo mío, que tampoco es moco de pavo. *** A J.M. le ha agradado reconocerse en un apunte de Señales de humo . Se lo enseña ufano a sus conocidos, y hasta lo ha leído en el pequeño espacio de libros que tiene en la televisión local. "¿Qué pensará el cojo?", le digo, aludiendo al protagonista de la anécdota que él me contó y yo trasladé en su día a este cuaderno. Me dice que no lo ha vuelto a ver. Y piensa uno, modestamente, que, si no la hubiese anotado aquí, esa historia se hubiera perdido, como tantas cosas. No es que hubiese importado demasiado, pero acaso sea ése el mayor lujo de un escritor: consignar lo pequeño, lo insignificante; que es lo que, a la postre, más alegría nos dará reencontrar, en el momento de los recuentos

EX LECTORES

En un mundo bien ordenado, el Día del Libro y las subsiguientes ferias del ramo no deberían celebrarse en primavera, en vísperas de la estación estival, sino a finales del otoño, cuando se aproximan las noches largas que exigen reclusión y recogimiento. Tardes para leer a la luz de una lámpara, pegados a la mesa camilla. El verano, en buena ley, habría que reservarlo para las actividades al aire libre, para la naturaleza, para la gratificación de los sentidos en circunstancias en que éstos no parecen exclusivamente empeñados en asegurar nuestra supervivencia en un medio hostil. Pero en los departamentos de mercadotecnia de las editoriales y en los despachos ministeriales deben de pensar lo contrario: en invierno la gente está demasiado cansada y tiene ganas de acostarse temprano, después de aturdirse con la televisión. Por esa misma lógica, el verano se presenta como la estación lectora por excelencia, y en el equipaje del turista suele figurar siempre un novelón de ochocientas págin

GIGANTE

El sol diluido en una neblina que, más que amortiguar la luz, amortigua los ruidos. Recorro el paseo marítimo a esa hora intempestiva en que los bares amenazan a los comensales tardíos con cerrarles la cocina. Yo soy uno de esos comensales tardíos, en busca de un sitio para comer. Pero no tengo demasiada prisa: la persona con quien he quedado no llegará hasta las tres y media, por lo menos. Así que voy despacio, recreándome en el ruido apagado de mis propios pasos, en el chapoteo tenue del mar contra el cantil. Son los únicos sonidos nítidos. De fondo, el estruendo de la carretera lejana parece venir de otra dimensión. Ni frío ni calor. Nadie a la vista. Y, de pronto, no sé por qué, la impresión de que quien está en otra dimensión soy yo, fuera del tiempo y del espacio. Ni siquiera siento el hambre que debería acuciarme a esta hora. Aflojo el paso. "Me sobra el tiempo", me digo. Y el caso es que me retraso más de la cuenta y, cuando llego al punto de cita, me dicen: "¿D

EN CORREOS

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Como la cola se rige por un sistema de números , similar al empleado en la carnicería, tomo el mío del expendedor y me siento a esperar mi turno en las sillas habilitadas al efecto. Tedio, sensación de que, cuanto más organizada parece una dependencias burocrática, más largas son las esperas, más complicados los trámites (todavía hay quienes, al entrar, dan varias vueltas alrededor de la sala, hasta entender qué han de hacer para ser atendidos), más acusada la sensación de desamparo. La pareja anciana junto a la que me siento parece haber sucumbido a esa sensación. Permanecen callados, tensos, atentos a la lenta progresión del mecanismo, sobresaltándose por los pitidos con los que éste anuncia que ha corrido un nuevo turno. No hablan entre ellos; no, al menos, hasta que la presencia de un extraño les autoriza a intercambiar esas frases de sainete que a veces pronuncian los ancianos para hacerse notar. "Estate atenta a los números", dice él, sin mirar a su compañera, "po

ESPONJAS

Por lo menos cuatro de los asistentes ayer a la presentación de Señales de humo me preguntaron por K. Me enorgullece la notoriedad adquirida por nuestra gata. Y cuando vuelvo a casa, de madrugada, y me la encuentro panza arriba en su alfombra, como de costumbre, en señal de bienvenida, casi lamento no haberle traído un regalo (no sé, una sardina, o uno de esos indescriptibles bichos que caza en los patios) por su decisiva aportación a este diario abierto , que sin ella no lo sería tanto. *** A J. se le ha caído hoy encima la puerta de cristal de un armario y le ha roto un diente. Ayer la silla giratoria que usamos en la biblioteca se rompió y tiró a C. por tierra. Los objetos andan sublevados. Mira uno la silla quebrada y el cristal astillado y parecen que muestran los dientes al esbozar, en su postración de cosas averiadas, una sonrisa sardónica. Esa vocación de máquina trituradora que tienen las cosas cuando se contagian de la dejadez, la indiferencia, el desamor, que los humanos

UN DIARIO

Si a algo se parece la poesía de J.R.J, a partir de Diario de un poeta recién casado , es a eso precisamente, a un diario personal. Léanse, si no, "entradas" como ésta, perteneciente a Eternidades : Amargura. Mas dicha la palabra lentamente y sin fin, con nueva onda siempre, como en un río sin nacimiento y sin orillas. Amargura...

AIRE LIBRE

El pregón de la Feria del Libro, según me lo refiere M.A., que estuvo allí. Habló la alcaldesa, habló el presidente de los libreros, habló la presentadora... Y, cuando llegó el turno a Zoe Valdés, a la que habían traído expresamente de París para que hiciera de pregonera, ésta se limitó a canturrear, a ritmo de rumba, unas coplillas que había improvisado sobre la ciudad anfitriona. Al terminar, treinta segundos después, vio que el público permanecía expectante, como si echara en falta algo. Y concluyó: "Bueno, y ahora, ¡a comprar libros!". *** Peor fue lo de este famosísimo escritor octogenario, conocido por sus poses hieráticas y sus bastones con empuñadura de plata, al que han traído a firmar ejemplares de sus obras. Doscientos cincuenta de una sentada, me dicen. Luego lo llevaron a un hotel de una urbanización próxima, donde iba a ser la "sorpresa" que amenizaría una reunión de comerciales de cierta empresa que vende libros a domicilio. Y digo yo: ¿este hombr

LOS NUESTROS

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Miro a ese hombrecillo que, sonriendo a la cámara, acaba de explicar cómo “los nuestros” derrotaron a las fuerzas napoleónicas en Bailén. Es un hombre achaparradito, bonachón; no lo imagina uno calando la bayoneta y arremetiendo contra un coracero francés; ni muy convencido, tampoco, de que la causa antinapoleónica fuera la justa: hay algo en sus ademanes, en lo melifluo de su discurso, que más bien lo sitúa en el otro bando: no por “afrancesado”, sino por lo que estos temperamentos suelen tener de eternos partidarios del poder constituido. De ahí lo sorprendente de ese “nuestros” que le sale con tanta naturalidad. Para eso están los aniversarios: para reafirmarnos en la certeza de que, si hubiésemos estado allí, en la confusión de los hechos, no hubiésemos dudado ni un segundo en abrazar la causa justa. Aunque haya sobrados testimonios de que muchos hombres lúcidos y honrados eligieron de buena fe la contraria. El caso es que “los nuestros”, como dice este simpático profesor, ganaro

EN FINLANDIA

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"En Finlandia -dice esta señora tan poco empática, en una reunión profesional de profesores y maestros- es lógico que saquen las puntuaciones más altas en el informe PISA, y que el coeficiente de comprensión lectora de sus estudiantes duplique el que alcanzan los nuestros: allí sólo se dedican a la enseñanza quienes tienen los mejores expedientes académicos". Rumores entre el público. Piensa uno en la larga nómina de doctores, eruditos en distintas materias, artistas plásticos, escritores, etc. que se dedican o se han dedicado a la enseñanza; por no incluir a quienes han superado, en determinadas materias muy minoritarias (las lenguas clásicas, por ejemplo), dificilísimos procesos de selección. Todos ellos, según da a entender esta mujer, entre golpes de flequillo y aleteos de pestañas, porque no podían dedicarse a algo mejor, o por haber sacado la carrera por los pelos. Alguien del público levanta la mano y se lo hace saber. Y entonces ella recula: "Ah, no, yo no he qu

MUJERES

La verdadera línea de flotación de la existencia es la rutina. Las excepciones son siempre bienvenidas, mientras no sean ni catastróficas ni demasiadas. De ahí este desconcierto de ahora: diez días de enfermedad, un puente festivo, un viaje... Cada uno de ellos ha supuesto un aplazamiento del deseado momento en que la rutina había de reanudarse. Hoy parece haber llegado. Estoy en casa, de vuelta del trabajo. Escribo unas líneas en este cuaderno. Me dispongo a preparar el almuerzo. La nave se ha estabilizado y hasta el horizonte no se vislumbra más que una ininterrumpida extensión de aguas serenas. Qué más se puede desear. *** Esa mujer: las piernas doblemente desnudas, de tan blancas. *** Esta otra: fue guapa hace veinte o treinta años; ahora sólo es importante. Pero esa arrogancia que gasta no emana de su actual importancia, sino de la belleza que tuvo, y de la que sólo quedan esas muecas, esa especie de desplantes que hace mientras habla.

YA

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Ya salió. Se presenta el lunes 12, a las 20.00 horas, en la Feria del Libro de Cádiz.

LECTURAS VIAJERAS

Qué bien le sientan a todo el mundo las necrológicas. Más a los vivos que a los muertos, claro. Qué justos, qué ecuánimes, qué generosos nos volvemos a la hora de ponderar a quien ya no puede hacernos sombra. Claro que tampoco esto dura siempre: todavía no han dejado de sonar los panegíricos y ya hay quien anda afilando el hacha, para cuando se levante la veda. Y lo que vale para los escritores (son quizá el ejemplo más notorio de lo dicho) vale también para los políticos. Y para todo el mundo, cada uno en lo suyo. *** Me quedan unas cien páginas por leer de Oliver Twist . Y tengo a mano un ejemplar de una reciente edición de Eternidades , de JRJ. Y un viaje por delante de unas tres horas. ¿Qué libro me llevo? ¿Los dos? De la elección casi depende el estado de ánimo con el que vaya a afrontar el viaje. *** A este amigo pintor le molesta la sombra que cierto objeto intruso proyecta sobre su cuadro. Pero qué obra de arte no se resiente (o no se enriquece, quién sabe) con las sombr

MAYO

La coquetería de querer ahorrar una cerilla a la hora de reanimar el fuego: paso largos minutos dándole al soplillo y acercando papelitos y ramitas a las brasas que han sobrevivido a la noche. Luego, cuando la leña nueva vuelve a prender, bien puede uno jactarse: "Ya ves, no he tenido más que reavivar el de ayer". Pero es otro. (Y se sacude uno, como moscas, las inevitables y pegajosas moralejas.) *** Iniciamos aquella excursión sin propósito definido. Y terminamos perdidos en el monte. Durante dos largas y angustiosas horas no encontrábamos la vaguada o la senda que debería llevarnos de vuelta al pueblo: rodeábamos un cerro, pensando que el siguiente collado tendría la orientación correcta, y lo que encontrábamos al otro lado era un nuevo reducto encajonado, sin salida, tan confuso como el anterior. Es asombroso cómo el paisaje parece multiplicarse. Al final, decidimos volver sobre nuestros pasos. Tampoco lo conseguimos; pero esa vez no nos falló el sentido de la orient