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Mostrando entradas de agosto, 2008

MANTIS

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Al cerrar la puerta me parece ver que el amasijo de briznas secas que el viento ha dejado en el escalón del umbral adquiere vida. Es una mantis, a la que mis movimientos y ruidos han sacado de su inmovilidad; una más, en fin, de las muchas que el levante de los últimos días ha empujado contra nuestra ventana, e incluso ha metido dentro de la casa, para gozo de la gata, que las ha perseguido y martirizado con saña digna de mejor causa. La de hoy tal vez esté aquí en misión de reconocimiento, para certificar la partida de esta familia que incluye entre sus miembros un elemento tan declaradamente hostil. La segunda vuelta de esta cerradura exige que uno tire con fuerza del pomo con la otra mano, lo que me obliga a dejar en el suelo el último bulto de nuestra impedimenta. Los demás están ya en el coche. Lo deposito con cuidado en el escalón, muy cerca del insecto. La mantis, muy digna, levanta la cabeza, se vuelve, gana de un salto la acera y desaparece con un extraño vuelo en el que se me

TERRAZAS

Estaban mesas y sillas apiladas junto a la pared, aseguradas con una cadena. Y a mí siempre me ha llamado la atención ese momento de las terrazas en el que éstas se presentan reducidas a su mínima expresión, como una especie de universo comprimido antes del Big Bang… La plaza a primera mañana es también un universo, pero despoblado, necesitado urgentemente de sentido. Y es entonces cuando el encargado del bar realiza su gran hazaña: distribuye las sillas y mesas por la acera. Es temprano, ni siquiera hay clientela para el desayuno, por lo que esa distribución no tiene, de momento, otra intención que acotar un espacio vacío, convertirlo en una cuadrícula ordenada, en la que sea fácil identificar una llamada o una incidencia. Siento la tentación de ocupar una de esas mesas recién puestas. Pero no: eso no tendría ahora mérito alguno. La prueba decisiva vendrá luego, al filo del mediodía, o al anochecer: será entonces cuando uno rondará esa galaxia ordenada, con el propósito de encontrar u

VICIOS

Estos vicios de uno, que empiezan a ser de dominio público, ay.

SOMBRAS

El método de Jaeger en su Paideia al principio produce cierta desazón: en su tratamiento de los fundamentos de la cultura griega, no condena jamás, no incurre nunca en el desnortado procedimiento de arramblar con lo previo para ensalzar lo posterior, o viceversa. Cada fase de su objeto de estudio aporta al conjunto ideas y principios que merece la pena ponderar en su justo valor... Por ello, según el capítulo que leamos, puede parecer un ardiente defensor de los valores de la aristocracia guerrera o un admirador del fermento social y cultural que terminó con esa aristocracia. Supongo que por ello sigue siendo una presa fácil de quienes quieren ver en este historiador de la cultura las siniestras concomitancias de la época y el país en que vivió. Haber ejercido una labor intelectual relevante en la Alemania de los años treinta es un cargo del que ni siquiera lo absuelve a uno haberse exiliado a tiempo, como fue su caso (y el de Thomas Mann, y el de muchos otros). Hay, por ejemplo, quie

SIDI MUGAIT (ASILAH, y 3)

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La playa de Sidi Mugait, o del Santo, se corresponde exactamente con el recuerdo que uno tiene de algunas playas españolas de hace treinta años. Incluso el morabito y la aldea misérrima que lo rodea parecen una réplica exacta, o más bien un prototipo, de las agrupaciones humanas que uno encontraba hasta no hace mucho en sitios como Las Negras, en Almería, o El Palmar, en Cádiz. Se llega hasta aquí por un infame carril de tierra, se atraviesa la rambla maloliente que sirve de vertedero a la aldehuela, se busca acomodo cerca de alguno de los chiringuitos montaraces que se han asentado en la estrecha franja de tierra que queda entre el límite de la pleamar y el pie del acantilado de arcilla verde, con la que algunos bañistas se embadurnan el cuerpo. Las olas rompen con empecinamiento, y la resaca tira perversamente de los bañistas, como si desaprobase la presencia de esa multitud anómala en un lugar tan apartado. Aunque la distancia, pensándolo bien, no se reduce a la media hora de b

MÁS GATOS (ASILAH, 2)

El que dormitaba tras el escaparate de un cafetín. El tuerto que acechaba en la puerta del colmado, y que salió corriendo al ver venir a unos golfillos (no quisimos imaginar por qué). El que corría sobre las tarimas del zoco de Ahfir, persiguiendo una sombra. El que exploraba los bajos cochambrosos de los taxis, en el aparcamiento. El gordo y ceniciento que huyó escaleras arriba, por los tejadillos, cuando abrí la puerta de la azotea. Y K., que lógicamente no ha venido con nosotros, pero a la que vemos tras cada una de estas presencias fugaces, que son como los geniecillos tutelares del cordial batiburrillo de Asilah.

GATA EN AGOSTO

En agosto todos los gatos actúan como si vivieran sobre un tejado de cinc caliente; quiero decir que, en cuanto el clima lo permite, todos se meten en la piel de Liz Taylor cuando hizo la versión cinematográfica de la famosa obra de Tennessee Williams. Y más si son gatas: basta que encuentren el balcón abierto, incluso al mediodía, para que se hagan una rosca a pleno sol y absorban en el pelaje todo el calor que un ser vivo puede soportar. “¿Qué saca una gata de estar sobre un tejado de cinc caliente?” le preguntaba Paul Newman a la Taylor en la mencionada película. “Nada: sólo el hecho de estar allí”, contestaba ella. Pero yo miro a la gata, la veo pasearse por la casa con todo ese calor que se ha echado encima, como uno de esos vagabundos que se cargan de abrigos en pleno verano, y sé que su propósito va más allá. Que atesora sensaciones, digamos, para cuando falten. Y que, en su memoria gatuna, éstas aflorarán sin esfuerzo cuando llegue el invierno y, a falta de sol, la gata se arri

ESPECIAS (ASILAH, 1)

Este hombre no parece tener prisa. Habla un español reminiscente y nostálgico, seguramente aprendido hace décadas, cuando esta ciudad pertenecía al protectorado español. Parece que recuerda cada palabra en el momento mismo de pronunciarla, lo que le hace detenerse a paladearla y a buscarle una mejor ubicación en su memoria vacilante: canela, cardamomo … Tras repetir para sí mismo cada una de ellas, según se las va diciendo M.A., murmura su traducción al árabe y esboza una sonrisa, como quien constata que la palabra en cuestión sólo podía significar eso que ha dicho en su lengua habitual, y no otra cosa. Acto seguido, hunde un cacillo en alguna de las decenas de capazos de especias que lo rodean y vierte un poco en una bolsita de plástico, que ata con sumo cuidado y deposita junto a una vieja balanza. Entonces M.A. se anima a pedirle, con no poca zozobra, un poco de ras al-hanut , que es la denominación de cierta mezcla de especias. El hombre no se inmuta ante la titubeante pronunciació

ALGO

Demasiado trasiego. Y eso que uno tiene ya comprobado que la única manera de que unas vacaciones cundan es que sean aburridas. *** La reciente excursión a L. y al Pirineo me lleva a releer el libro de viajes que Camilo José Cela dedicó a esa tierra. Hacía años que no leía a este autor, y lo que esperaba que fuese una reconciliación no pasa de ser una moderada constatación de que este hombre tenía recursos para escribir una prosa atractiva y efectiva, pero que, inevitablemente, se le iba la mano a la hora de administrarlos, y le daba demasiado al manubrio de los trucos. En cualquier caso, no hay más remedio que reconocer que otros que han venido después, y que blasonan de tener (y tienen) una prosa más ponderada y equilibrada, han entrado a saco en el repertorio de este autor que, a escasos años de su muerte, no ha conseguido aún disipar el aura de antipatía que dejó en vida. *** Sí, un diez por ciento de caras bonitas basta para que el noventa por ciento restante no contribuya a

CAJAS CHINAS

El tiempo no es sucesivo, sino concéntrico. Más que a una fila de piedrecitas, se parece a un juego de cajas chinas, de ésas que encajan unas dentro de otras: el día de hoy encaja en un periodo más amplio dominado por determinado propósito o estado de ánimo; y este periodo, a su vez, pertenece a una secuencia mayor, en la que ese propósito o estado de ánimo es a su vez síntoma o consecuencia de un modo más general de sentir el mundo, etc. Por lo mismo, a poco que escarbemos en el día de hoy, es posible que encontremos la cajita que contiene, cerrada en sí misma, la mañana de este día; dentro de la cual se guarda la que encierra cierta hora especialmente intensa e irrepetible… Si eso no fuera como digo, en fin, difícilmente encontraríamos explicación a ciertas tesituras del calendario. ¿Qué es el puente de agosto, por ejemplo, sino una cajita china encerrada dentro de esa otra caja mayor que es el propio mes vacacional por excelencia, que a su vez no es sino una caja guardada en esa o

EN LA INTIMIDAD

Naturalmente, volví a la calle del otro día para levantar acta de la librería de viejo que entonces encontré cerrada. Pero apenas he doblado la esquina cuando veo un coche de los mossos d'esquadra parado justo delante de la tienda. A gritos, un hombre joven de aspecto magrebí dice a los policías que él sólo pasaba por allí , mientras una mujer, también a voces, le recrimina algo y un corro de mirones, entre quienes se encuentra un viejo que tiene todo el aspecto de ser el dueño de la librería, apostilla lo que cada cual cree conveniente... Como no me gusta pasar por indiscreto, vuelvo sobre mis pasos y doy una vuelta a la manzana. Al cabo de unos quince minutos regreso al lugar del delito. La policía se ha ido ya, y frente a la librería ha vuelto a sentarse el ruidoso ramillete de muchachas equívocas del otro día: el el caso de que sean lo que creo que son, no deben de tener mucha clientela, y más bien parece que están ahí por si acaso un golpe de suerte les trae a algún primo, p

UN ENCUENTRO

Quienes nos recomendaron el restaurante de marras fueron unos inesperados amigos que me salieron al paso en una librería del centro. Llevaba un buen rato examinando el estante de poesía, y ya me había decidido por una antología de Vicent Andrés Estellés, y me dirigía a la caja para pagarla, cuando me abordó un chico joven: "Disculpe, ¿es usted Benítez Ariza, el escritor?". Le digo que sí, bajo la impresión de que, por improbable que sea encontrar a un conocido en esta ciudad en la que yo no había estado antes, una vez más me falla la retentiva, y me veo en el poco airoso trance de no reconocer a alguien que me saluda. Pero esta vez, por lo que se averigua luego, mi carencia de aptitudes de fisonomista no está del todo injustificada: por lo que me dice este chico, asistió a la presentación de mi Cuaderno de Zahara en Sevilla, hace más de seis años, y al final del acto intercambió unas palabras conmigo y me pidió que le dedicara un ejemplar. Me dice que también es lector asidu

L.

Como toda ciudad que se precie, L. se toma su tiempo para dejarse conocer. Y, a diferencia de las ciudades coquetas, que muestran enseguida su lado grato y guardan para el momento más inoportuno sus aspectos más desabridos, ésta se muestra tal como es, y deja en manos de uno la decisión de profundizar más, si quiere, o de marcharse con viento fresco. Eso es lo que hay. Llega uno a ella justo el día que dicen más caluroso del año. L. está dominada por un cerro, sobre el que se alza la Seu Velha o catedral vieja. Pero la escalera mecánica que facilita a los paseantes el acceso al monumento está averiada. El sol cae a plomo sobre los escalones. Ya que estamos aquí, nos decimos, no vamos a pasar de largo sin visitarla. Así que subimos las escaleras, que tampoco conducen directamente a la cima, para la que todavía quedan un par de revueltas del camino ascendente. Llegamos justo cuando están cerrando la catedral, así que nos quedamos sin verla. Bueno, ya sabemos que el edificio está en refo

SEÑORITA

Todavía ando dándole vueltas, señorita, al espléndido trato que me dispensó la otra tarde. Sé que su tiempo, como el de otros profesionales, es muy valioso, y lo que me asombra es que, a diferencia de esos otros profesionales (médicos, abogados, etc.), no lo tase en lo que vale. Los clientes, como sabe usted bien, sólo queremos ser oídos. A veces acudimos al médico porque los males del alma, como usted no debe ignorar, suelen hacerse pasar por males del cuerpo; otras vamos al abogado, porque suele ocurrir también que los desacuerdos que mantenemos con nosotros mismos los proyectamos en el prójimo. También hay quienes, por lo mismo, acuden a un confesor. A diferencia de usted, todos ellos exigen un pago por sus servicios: en dinero o, lo que es casi peor, en exigencias respecto al buen gobierno de nuestras vidas. Y todos (médico, abogado, confesor) acostumbran a permitirse gestos de superioridad e impaciencia con uno, por más que deban a uno el sueldo y la razón de ser. También sucede,

ROEDORES

Maletas. La impresión de que siempre lleva uno cosas que no son del todo imprescindibles. Lo mismo puede decirse del bagaje interior. Cómo dejar aquí todo lo innecesario, todo ese exceso de uno mismo que en absoluto te va a hacer falta en el sitio al que vas. *** En los viajes, leer libros de viajes. O no leer, si puede evitarse. O no hacer otra cosa que leer, por si acaso. *** La dirección de una librería de viejo, los horarios de algunos medios de transporte, el nombre de un restaurante, la imagen anticipada de media docena de iglesias, catedrales, castillos... Uno sabe a lo que va. Y también uno espera que un cierto número de previsiones fallen, porque, de lo contrario, mejor y más cómodo hubiera sido quedarse en casa, como K. (que ya nota el trasiego y sabe lo que le espera, y acecha las maletas como si dentro de ellas alentara uno de esos roedores inconcebibles que ella persigue a veces en su imaginación).

ALGUNOS HOMBRES BUENOS

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Tardamos más de una hora en encontrar a K. La presencia de los pintores de la fachada dentro de la casa, para perfilar balcones y ventanas, la tenían asustada, y nos temimos que, aprovechando alguna de las entradas y salidas de los extraños, hubiera huido escaleras abajo. Registramos la casa, recorrimos la escalera y las entreplantas del edificio, incluso exploramos los alrededores: nada. Y cuando ya no sabíamos a dónde acudir, y hasta empezábamos a sopesar la posibilidad de iniciar una de esas tristes campañas de búsqueda de animales perdidos de las que tantas veces hemos tenido noticia a través de una fotocopia pegada en la pared, C. me dice que la ha encontrado. Estaba en su armario, tan escondida que no la habíamos visto en las dos o tres ocasiones en que habíamos considerado ese escondrijo durante nuestra búsqueda. Efectivamente, se había agazapado tras la pila de jerseys de invierno de C. y, contra su costumbre, no había emitido ni un sonido en respuesta a nuestras llamadas. Pr

CIENCIAS, LETRAS

Las letras requieren menos esfuerzo que las ciencias; y, por tanto, los estudios de letras son mayoritariamente elegidos por los alumnos más vagos y dispersos, mientras que los de ciencias son los preferidos de los estudiantes más serios y responsables... Tal es la opinión generalizada, según confirmaba hace poco un periódico nacional. Y uno, que ha estudiado letras, se siente un tanto en evidencia. ¿Descubrirán mis padres ahora que, en el fondo, pese a mis buenas notas y a haberles invadido la casa de libros, no soy más que un vago? Los propios profesores de una y otra rama, leo, asienten al tópico: los de ciencias recomiendan piadosamente a los alumnos más torpones que se pasen a la opción contraria; y los de letras andan convencidos de que los discípulos que tienen no están ahí porque hayan sentido la sagrada llamada de las artes, sino porque creen que para aprobar lo suyo basta con memorizar unos folios o “bajarse” un trabajo del Rincón del Vago, esa socorrida página de Internet.