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Mostrando entradas de octubre, 2008

AHORRO

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Como estamos en crisis, proliferan los estudios sobre los modos de ahorrarse unos céntimos en los gastos cotidianos. Al final, nos dicen, esos céntimos ahorrados aquí y allá suman cientos, e incluso miles, de euros al año. Si se conduce de determinada manera, por ejemplo, sin dar acelerones, manteniendo una velocidad moderada y constante y cuidando que la presión de los neumáticos del coche sea la correcta, ahorra uno cuatrocientos euros al año; si busca uno los supermercados más económicos, la ganancia puede llegar a los mil quinientos… Y así, hasta el infinito. Hace uno la suma y cae en la cuenta de que, calculando por lo bajo, podría uno ahorrarse el sueldo de uno o dos meses. Lee o escucha uno las sorprendentes conclusiones de estos estudios y la fantasía se le dispara: ¿y si, efectivamente, pudiéramos prescindir de esos gastos superfluos y recuperar el tiempo que empleamos en ganar esas cantidades? No podría uno marcharse al Caribe, porque entonces no habría ganancia, pero sí pase

HIELO

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Cuando este hombre era un niño, siempre me pareció que tenía cara de viejo. Y ahora que lo es (acabo de cruzármelo por la calle), pienso que sigue teniendo la cara que tenía entonces; es decir: la del niño que era entonces, cuando ya tenía cara de viejo. O, lo que es lo mismo: este hombre no ha sabido envejecer, como tampoco supo parecer joven cuando lo era. *** Rousseau (el pelmazo de Rousseau, en fin) según monsieur Beyle: "Un hombre que, si hubiera sabido abstenerse de una desdichada pedantería, hubiera sido el Mozart de la lengua francesa...". *** Mientras leo con C. el primer capítulo de Cien años de soledad (esto de inaugurarle los libros viene de la infancia, de las noches en que le leía cuentos), caigo en la cuenta de que yo, al igual que el coronel Aureliano Buendía, también podría fechar con cierta precisión el momento en que conocí el hielo: antes de los cinco años; es decir, antes de que tuviéramos frigorífico en casa; en una mañana de primavera o verano,

LOS DEMÁS

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Declararse individualista sigue estando mal visto. Y es que hay quien confunde el aislacionismo desentendido y egoísta que practican muchos con la reivindicación consciente de la primacía de lo individual y sus irrenunciables prerrogativas: el pensamiento libre, el ejercicio de la crítica, el celo en la protección de la privacidad e intimidad propias y la negativa tajante a someterse a cualquier credo, doctrina o práctica social, familiar, laboral, etc. que niegue esas prerrogativas. Y los ataques, cuando se producen más allá del círculo familiar o amistoso, que también tiene sus propios recelos al respecto, siempre vienen del mismo sitio: de quienes se sienten más seguros y a sus anchas en el corral espeso del gregarismo (llámese también colectivismo), y pretenden imponer a todo el mundo tan antihigiénico modo de conducirse. Nunca les faltan excusas biempensantes: cuando no es el bien de la familia, o de la empresa, es el del partido o la patria. Y es difícil contraponer a esos ataque

DESEO

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Extraña tropa de turistas la que veo entrar al filo del mediodía en esta plaza habitualmente concurrida, pero también demasiado expuesta a los elementos, que hoy andan desatados. A ellos, a los turistas, no parece importarles, y avanzan contra el viento frío que les despeina los flequillos canos y los peinados. Jubilados, seguramente, mujeres en su mayoría. Avanzan en fila de tres, y al frente de la columna va una mujer más joven con un paraguas negro apoyado en el hombro. Lo lleva cerrado, pero con los pliegues sin recoger, por lo que éstos ondean tras ella como los de un estandarte fúnebre. Van todos muy callados y marchan a paso rápido, como si llegaran tarde a algún sitio. Sólo la que los guía va sonriendo, pero con una sonrisa que tiene más de mueca que de gesto amable. Es más bien una expresión de rapacidad satisfecha, como la de un cazador sin escrúpulos que, a pesar de todo, lleva la alforja llena. Ella también ha tenido buena caza hoy. Lleva a todas sus presas bien sumisas tra

LÍNEA

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Voy leyendo en el autobús uno de los originales de cierto concurso de cuentos del que voy a ser jurado. A mi lado viaja una monja de mediana edad. Paso la página mecanografiada y, al comienzo de la siguiente, leo una descripción algo escabrosa, en la que se mencionan con crudeza varios términos anatómicos y el uso que los personajes hacen de ellos. Debo confesar que estos pasajes, en determinados tipos de lectura ligera, suelen depararme una cierta animación, que es siempre bienvenida. Pero esta vez tengo una reacción extraña: en un inesperado acceso de pudor, levanto el folleto y lo giro para impedir que mi acompañante pueda atisbar las palabras comprometedoras. Y me siento culpable no sé de qué. *** Después del cambio horario de ayer, la mañana de la primera jornada laboral se presenta con inmejorables perspectivas. Estamos más descansados y el mundo, con un poco más de luz, parece menos hostil. Se nos nota más contentos. Como si no supiéramos que el acortamiento progresivo del dí

EL MÍTANO

Otra vez por la zona aquella por la que nos perdimos hace unos meses . Y aunque en esta ocasión vamos acompañados por unos amigos que conocen el terreno, nos asalta de nuevo la sensación de estar metidos en un laberinto, de que no hay referente que no sea ambiguo o engañoso, y de que cada señuelo dudoso, cada encrucijada confusa, no es sino una añagaza del lugar para preservar su privacidad. Buscamos la casa del Mítano. Y si, finalmente, damos con ella, es sólo porque nuestros guías han confiado más en los referentes geográficos mayores (tales o cuales picos en el horizonte, por ejemplo) que en los hitos del camino que creen reconocer. Porque se diría que un genio maligno juega todas las noches a cambiarlos de sitio, y que la encina caída, que ayer estaba en tal lugar y parecía una referencia muy segura, hoy está en este otro con el solo propósito de confundir. Pero se agradece. Sólo gracias a este celo en ocultarse, el paraje entero se nos aparece milagrosamente intacto. Las encinas

EL AÑO DE LAS LLUVIAS

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En Cádiz hemos hablado mucho del tiempo estos días. Y no porque no tengamos otra cosa de que hablar. A decir verdad, nunca he entendido muy bien el tópico que asocia hablar del tiempo con la falta de cosas que decirse. El tiempo meteorológico define nuestro estado de ánimo, nuestro modo de encarar el paso de ese otro tiempo que se mide en horas. El hecho mismo de que en castellano tengamos una misma palabra para uno y otro indica que, de alguna manera, ambos están muy próximos en la mente del hablante. Y que, cuando decimos que hace tiempo bueno o malo, lo que afirmamos es que el paso del tiempo cronológico se hace perceptible por la mera incidencia de determinados fenómenos atmósfericos que percibimos como favorables o desfavorables. Que los días se diferencian unos de otros porque unos vienen nublados y en otros luce el sol. Más o menos. Ya quisiéramos que los días no trajeran mayores diferencias. Por eso los fenómenos meteorológicos extremos suponen una doble conmoción: arruinan l

NAUFRAGIOS

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"F. A. ha hecho tanto daño a la cocina como Camarón al flamenco", exclama M. A., indignada, después de asistir al desparpajo con que cierto cocinero televisivo (que no es F. A., todo hay que decirlo) echa mano de los espesantes químicos para arreglar sus salsas. Y al ver mi sonrisa malévola, rectifica: "Bueno, no digo que no sean genios. Lo malo son los discípulos". *** Después de las últimas inundaciones en Cádiz, un usuario de la biblioteca escolar de la que me ocupo viene a devolver un ejemplar de La isla del tesoro completamente deformado, hinchado y arrugado por la humedad. "Es que tuvimos una gotera en casa y se me mojó la mesa de trabajo", me dice. Sus padres, que lo acompañan, corroboran el accidente. Y yo acepto la excusa, no sin pensar que, tratándose de ese libro, no ha tenido mal final. Mejor que acabar en un baratillo, como tantos, o pintarrajeado, o con las hojas rasgadas. Aunque lo suyo, ahora que lo pienso, hubiera sido perderse en un n

OFICIO

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Después de una tarde entera de pequeños trabajos domésticos, me dice mi padre, que me ha estado ayudando, que yo hubiera valido para tener un oficio. Y pienso que sí, y melancólicamente constato que el conjunto de habilidades más o menos intelectuales de las que me valgo para pasar el rato y ganar mi sustento difícilmente podría denominarse de ese modo. Con una excepción, en fin: la de componer versos. Es la única faceta de la literatura que tiene algún parecido con las artes manuales. Entre otras cosas, porque es la única de las habilidades literarias en la que la torpeza no tiene disimulo posible.

SOFÁS

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"Tenemos el sofá que te mereces", leo en un folleto publicitario que me han dejado en el buzón. Y, mientras subo en el ascensor con el anuncio en la mano, me da por pensar que hay eslóganes que tienen más de amenaza que de otra cosa. *** Saber venderse, ésa es la cuestión. Pero quién quiere la mercancía que uno ofrece. Y lo otro, lo que verdaderamente cuenta en esta clase de comercio, se consigue con tanta facilidad y está tan tirado de precio que casi no hay demanda para tanta oferta. *** Qué mal vista está la tibieza. Yo mismo tengo poca paciencia con ella. Y, sin embargo, qué difícil es entrar en el terreno de quienes tienen siempre las posturas demasiado claras. Qué difícil renunciar a los matices. Si el mundo estuviera en manos de los tibios, jamás se tomaría ninguna decisión ni se llegaría a parte alguna. Pero, ya que uno no parece llamado a decidir sobre nada, permítaseme al menos el derecho al matiz. Y es que hay matices tan grandes y tan acogedores que a su som

CAVIAR

Hay conjunciones de ruidos cuya resultante no es otra cosa que silencio. El chapoteo del mar, por ejemplo, movido por un viento leve, bajo un cielo que amenaza lluvia, en ese momento inmediatamente posterior a la puesta de sol en el que las cosas parecen quedar suspendidas en la indefinición de la luz. Objetivamente, ningún ruido de la ciudad ha dejado de sonar. Pasan algunos coches, hay gente paseando, debe de haber televisores y radios encendidas en alguna parte. Pero nada de eso cuenta, porque el silencio lo domina todo. Caminamos casi respetuosamente, un poco asustados de la resonancia de nuestros propios pasos sobre el pavimento del paseo marítimo. También ellos suenan como ruidos superpuestos, extraños a la nota dominante de contención general. Cómo quisiéramos para nosotros, en este momento, los andares silenciosos de los gatos o el callado deslizarse de las bandadas de aves sobre la marisma. Tal vez por eso apretamos el paso, como si toda esta sensación de inminencia no fuera m

BUEN SENTIDO

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La sabiduría del joven Stendhal: "Ahora tengo más buen sentido, pero quizá soy más mediocre", dice en la entrada de su diario correspondiente al 14 de abril de 1804. Y luego (19 de abril): "Tengo que limitarme a ver repartidas entre todos mis amigos las cualidades que quisiera reunir en uno solo". *** La anfitriona era joven y deseable. Y cuando nos fuimos todos (los matrimonios primero), los dos solteros del grupo no supieron cómo actuar; finalmente, se quedaron los dos. Uno se marchó a eso de las tres de la madrugada, convencido de que no había nada que hacer; el otro se quedó, sí, pero porque lo rindieron el sueño y el alcohol y hubo que acostarlo. Y es que hay deportes que un hombre, a partir de cierta edad, sólo debería practicar sobre seguro, o cuando no hay competencia, o cuando no hace falta trasnochar. *** Era gente sencilla y sin afectaciones: sólo hablaban de dinero.

HOMBRES-ANUNCIO

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Seguramente al leer la noticia de la que trata este artículo, muchos cinéfilos se habrán acordado del final de “Y el mundo marcha”, una vieja película de King Vidor en la que el protagonista, después de haber fracasado en todos sus proyectos, termina aceptando un empleo de hombre-anuncio en las calles de Nueva York. La película data de 1928, y puede verse hoy como una anticipación de la inabarcable crisis económica que comenzaría apenas un año más tarde. Estamos en los umbrales de otra crisis, que los entendidos consideran tan grave como aquella, y leemos en los periódicos que el alcalde de Madrid ha decretado la prohibición de los hombres-anuncio. Será, piensa uno, para ahorrarle a los ciudadanos de bien el penoso espectáculo de ver por las calles el testimonio vivo de un fracaso, de una trayectoria personal y profesional truncada por los coletazos de una crisis que se gestó en los despachos de los especuladores y se ceba ahora en las existencias de los más desfavorecidos. Dicen que

METADONA

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Antes de acostarme, muy cansado, al filo de las once (me había levantado a las seis y media), veo unos minutos de Veinte mil leguas de viaje submarino , de Richard Fleischer... Cuánto me gustó esa película cuando la vi por vez primera en el Cine Sasián, de Puerto Real, en la sesión infantil de los domingos, hará algo más de siete lustros. Cuánto me gustó el libro, que seguramente leí después, en una de esas versiones "adaptadas" de Bruguera. Y cuánta felicidad, en fin, no siempre reconocida, debe uno a Julio Verne, y a esos cines incalificables, y a esos libros traducidos a mordiscos. Otros leyeron la Ilíada a los siete años. Pero uno viene de donde viene. *** Sentado al lado de esta compañera más joven que yo, busco en Google una ilustración para un cuento paródico sobre Tarzán que un alumno suyo ha enviado al blog escolar que administro. Y encontramos aquella pegatina obscena que solía verse en la luna trasera de los coches hace treinta años, en la que se veía al famos

MAL AÑO

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Supongo que el afán de gustar a todo el mundo obedece a uno de esos resabios biológicos que garantizan la conservación de la especie: los cachorros desprotegidos (todos lo somos en algún periodo de nuestras vidas) presentan un aspecto inofensivo y más o menos entrañable, diseñado para desarmar a quien viene con intenciones agresivas. Pero ay de uno cuando pierde esa apariencia, antes de haber desarrollado colmillos y garras lo suficientemente fuertes. O antes de ser consciente de cómo usarlos. A algunos no les llega jamás ese momento de autoconocimiento. Y algunos, en fin, lo aplazan indefinidamente. Pero qué extraño se vuelve el paisaje cuando empezamos a intuir los muchos peligros que encierra. Qué rara la sensación de no gustar a todos. Y qué difícil renunciar a la coquetería de suponer que ese desamor, que la mayoría de las veces no es más que indiferencia, tiene todos los caracteres del odio. *** Digo mi edad y una adolescente esplendorosa se declara asombrada. Y no creo que se

VOCES

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Nos llegaban sus voces y también el ruido que hacían, amplificados unas y otro por los espacios desnudos de la casa someramente amueblada, dotada sólo de lo imprescindible para acoger huéspedes eventuales los fines de semana. Por el ruido que hacían éstos, ya digo, lo mismo podrían haber sido tres o cuatro que una docena. Oíamos los portazos, el ruido de sus zapatones al bajar o subir la escalera. Oíamos, a ratos, el sonido del televisor o la radio. Pero no era éste el que predominaba, así que, en buena ley, no teníamos motivos para quejarnos: lo que percibíamos no era más que la resonancia natural de la casa llena. Más nos intrigaba la naturaleza de aquellos ruidos. ¿Por qué no hablaban despacio y pausadamente, como corresponde a un grupo de personas que se supone que han venido a la sierra para escapar por unos días de las servidumbres de la ciudad, entre las que obviamente se cuenta el ruido? ¿Por qué no se movían con más comedimiento? Porque lo que oíamos, al otro lado de la fina

CARCOMA

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Este amigo mío dice que tiene tortícolis de mirar las nubes. *** La llegada del camión de la leña resulta siempre alentadora: significa que este invierno no pasaremos frío, y que esa leña alimentará muchas veladas tranquilas frente al fuego. Pero, como todo lo que es previsión o anticipo, incluye un elemento turbador: ese montón de troncos junto a la puerta da una idea muy exacta del carácter informe del tiempo por venir. A estas alturas, no queremos ni pensar que no llegásemos a quemarlos todos. Pero también resulta inquietante la idea de que, a la vuelta de seis meses, esta montaña de troncos macizos será, como el tiempo que hemos tardado en consumirla, puro humo. *** Si esto, después de todo, ha de ser un diario íntimo, no tengo más remedio que consignar aquí el dato: este fin de semana, por primera vez en mi vida, he usado un taladro eléctrico, aparato que hasta ahora me había infundido un respeto rayano en el pavor. Y he de decir que no ha sucedido nada y que la tarea domésti

DESAYUNO CON MILLONARIOS

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Dijo el ministro de economía que los bancos españoles eran sólidos y solventes y, al día siguiente, no había corrillo o mentidero en el que no se diera por sentado lo contrario. No es culpa sólo de ese ministro, o del gobierno al que pertenece: si lo hubiera dicho otro, o la afirmación hubiera surgido de un gobierno de distinto signo político, la reacción hubiera sido exactamente la misma, porque los españoles tienen ya una larga experiencia en entender que, cuando un gobierno da signos alentadores, es que las cosas van mal. No es eso, por tanto, lo que más me llamó la atención de esas reacciones. Más llamativo me resultó el hecho de que no hubiera corrillo o tertulia de desayuno en la que la gente no mencionara la cuantía de las posibles indemnizaciones que recibirían los afectados en caso de quiebra bancaria: un máximo de veinte mil euros. Y lo llamativo era que a todo el mundo le parecía una cantidad risible. Miraba uno de un extremo al otro de la barra, veía todos aquellos rostro

COLZA

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Qué bien puestos están algunos adjetivos. Y qué bien combinan algunos pares. "Municipal y espeso", por ejemplo. Lo pensé esta mañana al ver a cierta monitora ataviada con un traje dieciochesco cantándole a un dócil grupo de ancianos "Los duros antiguos" en una plaza de la ciudad. *** Este A. M., a quien cabe considerar uno de los autores intelectuales y políticos de la infausta Logse, ha coordinado una encuesta en la que se constata que los profesores españoles opinan que sus alumnos son indisciplinados e ingobernables y carecen de los hábitos y actitudes básicos para el estudio... Pero no, no es que A. M. tire piedras contra su propio tejado: es que, sutilmente, la encuesta parece insinuar que todo se debe a la falta de adecuación... de los profesores. Acabáramos. De todos modos, no deja de ser sintomática. Y que la haya hecho quien la ha hecho llama mucho la atención: es como si quien adulteró el aceite de colza hubiera realizado un informe sobre los efectos p

CONTABILIDADES

Está parada en la acera, absorta en una de esas largas conversaciones telefónicas que se adivinan enrevesadas como una novela bizantina. Es una muchacha de veintitantos años, con ese aspecto baqueteado y precario de las estudiantes que lo mismo mañana encuentran un empleo de cajera en algún supermercado y dejan de serlo. El autobús atraviesa la zona universitaria; y yo, que veo a la muchacha desde mi asiento junto a la ventanilla, vuelvo involuntariamente la cabeza para fijar los ojos en ella; no porque sea especialmente guapa, que no lo es (tampoco es fea), sino por un mero reflejo, o quizá porque, me digo ahora, debió de recordame a alguien. Y ella, que parecía ajena al tráfago de la carretera, levanta de inmediato la vista, como si hubiera captado con el rabillo del ojo mi movimiento de cabeza tras la ventana acuosa del autobús en movimiento, y me sorprende en pleno acto de mirarla. No se le va una, me digo. Tampoco creo que a su edad necesite llevar una cuenta rigurosa de esta clas

COMPRAS

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En las tiendas de esta galería comercial no han leído a Ortega, pero andan a medias fascinados y aterrorizados por el poder de las masas. En la primera que entro te dan una cartulina grande con el número de prendas que llevas cuando accedes al probador, para que a la salida cuadren las cuentas. Se siente uno un tanto vejado ante esta muestra de desconfianza, pero se la toma con filosofía: cuántas prendas deben de haberles robado para que tomen una medida tan drástica. A sabiendas, al salir del probador me dejo la cartulina colgada del perchero, y espero la regañina de la dependienta. Pero mi desafío no surte efecto: la muchacha recoge los dos pares de pantalones que le entrego y, por mera fórmula, me pregunta si no voy a llevarme ninguno de los dos. Reconozco su ironía: ella ya sabía que ninguno de los dos iba a quedarme bien. Pero más me llama la atención esta otra escena, en la siguiente tienda. Como una imagen traída del pasado, veo en una esquina, junto a los probadores, a un depe

ABISMOS

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La idea del mundo que debe de haberse formado K.: un abismo extendido al pie del balcón, en el que se mueven seres y objetos de naturaleza incomprensible, inalcanzables, y del que, a determinadas horas del día, le llega un calor benéfico, que le impregna el pelaje y le permite cerrar una especie de pacto agradecido con la vida. A veces todos esos misterios resultan inquietantes, y la gata asoma la cabeza tras los barrotes como si calibrase la posibilidad de saltar. Pero lo más normal es que acepte la pertinencia de ese desfile de imágenes inaprehensibles y se tumbe plácidamente a contemplarlo. Cómo nos parecemos mi gata y yo en esas ocasiones. *** Si hasta ahora teníamos más o menos claro que capitalismo y democracia liberal iban de la mano, ¿qué significan todas estas exaltadas proclamas que dan por segura e inminente la muerte del primero? En este coro de lamentos se oyen demasiadas notas de alborozo. Y a uno le entran ganas de rehacer el famoso poema de Brecht: "Primero le e

EL ESPEJO

Suele ocurrir: el sábado todavía arrastra uno el cansancio acumulado a lo largo de la semana, agravado por la velada un poco más larga de la cuenta de la noche del viernes. Pero le echa uno buena voluntad y un optimismo más o menos justificado, que da en creer que las cosas se enderezarán por sí solas a lo largo del día. Es también un día de cierto abandono personal: no te afeitas, te echas encima lo primero que te viene a la mano, sales a la calle con un vago despego hacia ti mismo, como si las tareas ligeras y rutinarias de hoy (ir al mercado, ordenar un poco la casa, leer un rato, dar un paseo por el campo al atardecer) no exigieran el grado de alerta y autoconciencia con que sueles afrontar tus deberes cotidianos. O eso creías, hasta que te viste en aquel espejo: uno de esos despiadados espejos de zapatería, que devuelven las imágenes con nitidez desacostumbrada y parecen contener un mundo más patente y real que el otro, el que le proporciona las imágenes que refleja. Quién te mand

ESMOQUIN

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El presidente francés ha prohibido a sus ministros que usen esmoquin. Dice que no le parece decoroso que, en plena crisis económica, se muestren en público vistiendo prendas de lujo. Pero el sentimiento que trata de contrarrestar, piensa uno, no es tanto la posible indignación que esas exhibiciones puedan despertar en los ciudadanos, como la mala conciencia de una casta que se sabe inmune a los efectos de la mala racha. Digo yo. Porque, si vemos la cuestión en términos históricos, podrá comprobarse que en las gentes sencillas nunca han hecho mella las afectaciones de modestia de los poderosos, y en cambio las exhibiciones de lujo, cuando se sabe que obedecen a un simple dictado de representación, siempre han ejercido un sano efecto euforizante. Lo saben los ingleses, que siempre que pueden pasean a su reina en su carroza de oro y diamantes. Y nunca dejan de ir a aclamarla, aunque la mayoría de ellos vivan en modestas casas de ladrillo rojo que huelen a carbonilla y a manteca quemada. P

SINGLADURAS

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Dos manifestaciones de un mismo lugar común en un mismo día. ¿Quién dice que los lugares comunes nos llegan siempre gastados y sin fuerza? Más bien habrá que pensar que, si han llegado a serlo, es porque son enormemente resistentes a la repetición. La sirena de un barco en la niebla, esta mañana. Y otro barco, un mercante viejo y herrumbroso, entrando por la bocana, al filo del mediodía, dejando en el cielo neblinoso un espeso borbotón de humo. Melancolía de la partida, de las lejanías, del ánimo que gustosamente cedería al impulso de abandonarlo todo y perderse; resignación de una llegada que equivale a la rendición de las últimas fuerzas. Todo ello vislumbrado o entreoído desde este autobús achacoso que cruza la Bahía sobre el Puente Carranza. *** K. ya casi sabe hablar. Llego y articula un gruñido que quiere decir: "Ábreme el balcón". Se lo abro y me da las gracias. Otras veces, en medio del silencio de la casa, lanza un largo maullido interrogativo, como diciendo: "

MILLONARIOS

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La verdad es que no quisiera uno ponerse pesado hablando a cada momento de política y economía. Pero me ha llamado mucho la atención que, nada más salir a la palestra el ministro del ramo para asegurar que la banca española es solvente, se haya desatado una verdadera ola de pánico en todo el país. Un pánico que, como en otras ocasiones, ha empezado en forma de ataque de risa. En el trabajo esta mañana no se hablaba de otra cosa. Y lo curioso es que me pareció que todos los que entraban al trapo y hacían algún chiste a costa del muy desacreditado ministro (que tendrá que dimitir, si es que le queda amor propio) manifestaban un cierto nerviosismo, como si verdaderamente tuvieran algo que perder, o como si ese algo superara con creces la suma de 20.000 euros por cabeza que las autoridades garantizan en caso de crisis bancaria... Miren por dónde la crisis me ha servido para saber que vivo rodeado de millonarios. *** También empiezo a ponerme pesado con Galdós, y más de uno se preguntará