CALDO

Antes de ponerse uno el termómetro, la enfermedad sólo es una sensación por confirmar. Y a veces, sobre todo ante ciertos malestares comunes que parecen llegados expresamente para dificultar la sagrada rutina, es mejor no darse por enterados de su presencia.

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Pero lo que no puede evitar uno es esa curiosa textura que adquiere el mundo a ojos del afiebrado. En general, es un mundo mejor, pintado con colores más suaves y hecho como para ser tratado más despacio, o para no darle importancia a lo que, por rápido, se te escapa. También hay lecturas que parecen especialmente indicadas; y otras que, como la poesía demasiado leve y punzante -la de Emily Dickinson, por ejemplo- hay que evitar, porque sus insinuaciones, a poco que uno se descuide, terminan multiplicándose y amplificándose en los duermevelas del enfermo, y convirtiéndose en pesadillas.

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Ah, el don de las sopas blancas. No es posible hacer un caldo de puchero sin ponerle un poco de amor.

Comentarios

Mery ha dicho que…
Es que en esos momentos de enfermedad febril uno parece volver a la infancia, al amparo de otros, bajo las manos maternales que te velan. Entonces el mundo cobra otro ritmo alrededor.
Esta entrada me resulta muy evocadora...
Un abrazo

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