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Mostrando entradas de agosto, 2009

GRILLOS

Mientras charlamos animadamente en esta terraza a pie de playa, oímos cantar grillos. Y de pronto reparo en un detalle en el que hasta entonces no había pensado: ¿puede haber grillos en una playa? ¿De qué se alimentan? Porque hierba no hay, ni nada que se le parezca. Y entonces caigo en la cuenta de que a lo mejor no son los grillos, sino que es la propia noche, henchida de sí misma, la que canta. *** Tal vez a alguien pueda parecerle extraña esta afirmación, pero el hecho es que estas vacaciones me han parecido más largas que otras, y que, en su modesta variedad -los días de julio en casa, trabajando en mi nueva novela, el breve viaje a finales de julio, las semanas en la sierra, la vuelta a casa y el reencuentro con amigos- casi equivalen más a un periodo vital diferenciado, caracterizado por sus propios ritmos y estados de ánimo, que a una simple pausa entre dos cursos. Supongo que el hecho de cambiar de destino laboral contribuye a difuminar cualquier expectativa de mera reanu

VUELTA AL COLE

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Habrá que esperar a finales de septiembre, e incluso puede que a mediados de octubre, para dar por terminado el verano en lo que a temperaturas y vestimenta se refiere. En lo referente al ánimo, las cosas ocurren de otro modo; y, sobre todo, mucho antes: ya a mediados de agosto empiezan a llegarnos señales inconfundibles del advenimiento de la nueva estación: entre ellas, los folletos publicitarios que anuncian la “vuelta al cole”. Hay quien dice que el cole ya no goza del respeto y consideración de otros tiempos. No sé. Los publicitarios, que en esas cosas no se llaman a engaño, siguen utilizando el comienzo de curso como un efectivo reclamo, de lo que cabe deducir que esa fecha, aunque marque el inicio de deberes y obligaciones que no para todos los niños suponen lo mismo ni a todos los padres comprometen de igual modo, sigue ejerciendo sobre la gente una cierta capacidad de sugestión. En muchos, porque ese inicio supone una vuelta a la normalidad horaria, que ata por igual a niños y

PASEO VESPERTINO

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Durante nuestro paseo vespertino, a la fresca, después del entumecimiento de un largo día sin salir de casa, nos topamos con una pelea entre dos adolescentes. Obedeciendo a un reflejo profesional, me interpongo entre ellos, a riesgo de recibir alguna de las patadas y puñetazos que se están arreando. En ese momento no advierto quién es el agresor y quién el agredido, aunque el gesto de uno de ellos de asestarle al otro, estando ya separados y este último en el suelo, una última patada en las costillas aclara bastante las cosas. Se acercan unas señoras a atender al caído, que sangra por la nariz, y un viejo que se había limitado a mirar desde su asiento en el cantil del Paseo Marítimo recrimina ahora -eso sí, en voz creo que no lo suficientemente audible- al agresor, que se retira. Es un niño corpulento, de ésos en los que la gordura se resuelve menos en morbidez que en fuerza bruta. Un cacho de carne con ojos, como decimos por aquí. En su retirada, advierto que se le unen dos comparsas

EXPIACIÓN

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Hace apenas una semana que J.C., un conocido que me ha estado proporcionando películas este verano, me confesaba su admiración por las de Peter Greeneway; lo que, como en otras ocasiones similares, me ha dejado en un estado de estupor. Primero, porque a mí no me gusta el cine de Greeneway (y ayer, como para confirmarlo, me tragué la soporífera Ronda de noche (Night Watching) , uno de sus últimos engendros: como todas sus películas, una mera sucesión de cuadros, entre pictóricos y teatrales, en los que prima la escenografía -la carpintería y el maquillaje, diríamos- sobre cualquier atisbo de guión, argumento o ritmo cinematográfico). Pero, también, porque no veo la menor relación entre lo que este cine propone y el humor, el carácter o los intereses que presumo en quienes dicen admirarlo. Lo que me lleva a la conclusión, no sé si fiable, de que esta admiración es impostada, y que sobre ella pesa más el prestigio de ciertas propuestas estéticas que el disfrute real que se pueda experimen

EL DESENCANTO

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Vuelvo a ver El desencanto (1977), de Jaime Chávarri y constato, no sin cierta sorpresa, que la película no sólo no ha envejecido, sino que, despojada de ciertas asociaciones coyunturales, ha ganado en frescura y relevancia. Ya no es, en efecto, una metáfora de la Transición a la democracia, ni un juicio abierto a las generaciones que conocieron y toleraron la dictadura, sino una serena reflexión sobre las relaciones de familia, sobre la posible permeabilidad de valores y vivencias entre distintas generaciones y sobre el papel que en todo ello juegan las ambiciones personales, en este caso literarias, de algunos de los partícipes en el drama. La película se sitúa en el año 74, cuando, a los doce años de la muerte del poeta Leopoldo Panero, el ayuntamiento de su pueblo natal, Astorga, inaugura un monumento a su memoria, en un acto al que asisten la viuda, Felicidad, y dos de los hijos de ambos, Michi y Juan Luis. En otras secuencias conoceremos al tercer hijo de la familia, Leopoldo

HISTORIARSE

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En casa de nuevo, esta vez ya con el designio claro de reanudar las rutinas interrumpidas por las vacaciones. Todavía no me toca volver al trabajo, pero basta reincorporarse al entorno cotidiano para que toda una serie de hábitos vuelvan a imponerse y a llenar el tiempo de uno. Resolver, por ejemplo, algunas cuestiones domésticas, postergadas por las vacaciones. Reanudar la escritura de la novela que empecé en julio. Y, por supuesto, volver a este cuaderno, cuya continuidad quedó interrumpida no sólo por las vacaciones, sino también por la avería del instrumento con el que lo escribo, este ordenador, oportunamente fuera de uso para permitirme un descanso que, de otro modo, yo no hubiera acertado a concederme... Ahora estoy de nuevo sentado ante él. Me parecía que, cuando llegase este momento, no iba a dar abasto: tantas son, o deberían ser, las incitaciones a escribir acumuladas durante las últimas semanas. Libros, películas, paseos, impresiones. Algo, sin embargo, me disuade de empren

HIPPIES

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Como en esto de los aniversarios los hay para todos los gustos, hay quienes se han acordado de que en este verano se cumplen cuarenta del que se llamó "verano del amor", el de 1969, que se consideró el apogeo del movimiento hippy . Ese mes de agosto se celebró el festival de Woodstock, y la iconografía derivada del mismo (melenudos, chicas con los pechos al aire, hombres y mujeres bañándose desnudos en una charca) llegó a todos los periódicos y boletines informativos. También, más despacio y no sin algún resquemor, fueron llegando a la opinión pública noticias de que no todo había sido tan idílico; que, junto a las profesiones de paz y felicidad, había habido peleas, actos vandálicos y muertes por sobredosis, a la vez que una legión de inadaptados y colgados extendía por el mundo la imagen de que para ese viaje (y aquí la palabra "viaje" tiene obviamente más de un sentido) no se necesitaban tales alforjas. Yo era un niño entonces; y, como todos los niños, me afe

ROBOCOP

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Reparado el ordenador. Le han cambiado la placa base, la memoria RAM, el ventilador y la tarjeta de sonido. No me pregunten qué son esas cosas, o para qué sirven. Por lo que colijo, es como si a uno le hubieran hecho un trasplante de corazón, de pulmón y de cuerdas vocales, todo a la vez. El resultado ya no es uno. O lo es en la medida en que Robocop sigue siendo el desgraciado agente de policía cuyos restos sirven de base al cyborg . En qué absurdos berenjenales se mete uno por esto de la tecnología. Antes, cuando sólo se contaba con la Olivetti y el papel carbón, las cosas eran más sencillas. Y más difíciles también.

MILENIO

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La prueba de que un best-seller no es exactamente un libro es que con frecuencia los encuentra uno en lugares donde no suelen estar los libros. Va uno al quiosco de prensa, por ejemplo, y allí donde debía figurar el último número de la revista juvenil que le ha encargado a uno su hija, y en cuya portada debía aparecer el rostro bobo y guapetón de los Jonas Brothers, encuentra uno, como un grumo espeso en la materia ligera de la que está hecha la prensa periódica, un tomazo negro de la serie Millennium . “¿Tiene esto salida?”, le pregunto al quiosquero, porque a uno le gustan los diagnósticos sobre el estado del mundo que suelen hacer quienes lo contemplan del otro lado de un mostrador. “¿Que si tiene salida? Llevo vendidos lo menos cien”. Salgo del quiosco ponderando el dato. Y entonces me doy cuenta de que se me han acabado los chicles clorofilados: ésos que, amén de refrescarte el paladar, te permiten aparentar un pasado bronco de hombre que se ha echado al gaznate to

UNA DEL TURBIO

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No es la primera vez que, al volver de vacaciones, me encuentro con una avería doméstica: en este caso, del ordenador. Algunos aparatos, como ciertos animales domésticos, parecen resentirse del abandono. Y se vengan, claro, como esos gatos orgullosos que, cuando se les ha dejado solos unos días, te vuelven la cara y te muestran ostentosamente la grupa y el rabo enhiesto. *** Encrucijada de odios (Crossfire) , de Edward Dmytryk, no es, ni mucho menos, una gran película, pero goza de cierto prestigio por contener uno de los primeros alegatos explícitos del cine contra el antisemitismo latente en la sociedad norteamericana. Sin embargo, vista la película con los maliciosos ojos de hoy, da la impresión de que este mensaje antisemita no es sino una rectificación de lo que, en su día, hubiera sido mucho más atrevido aún: un alegato contra la homofobia. Porque, en efecto, la situación que plantea la película, en la que unos soldados conocen en un bar a un hombre acomodado, que los invita a

ANONIMATO

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De todas las noticias, estadísticas, etc. relacionadas con los primeros cien días en el cargo del actual presidente andaluz, la única que me ha interesado ha sido la que constata que más de la mitad de los andaluces no sabe quién es. Nada más que por eso, este hombre merece mi simpatía. Y creo que sería todo un logro si llegara al final de su mandato –para lo que le faltan, dicen, otros novecientos días– sin perder este bendito anonimato. Vivimos en un estado permanente de hiperpolitización, lo que no quiere decir que nos entreguemos con frecuencia a apasionantes debates sobre el estado de la cosa pública, sino, simplemente, que no podemos mirar un periódico o encender la radio o el televisor sin que nos asalte el rostro o la voz de un político y nos haga partícipes de sus castillos de humo, sus palos al agua, sus inquinas contra otros políticos. Sabemos que R. detesta a Z., y que Z. y los suyos detestan a R. Sabemos que hay políticos que aceptan regalos (trajes, por ejemplo) de partic

ESTREMECIMIENTOS

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Hay un estremecimiento ante lo abierto y otro ante lo cerrado: el que se siente sobre los barrancos y despeñaderos del cabo Estaca de Bares podría ser del primer tipo; el que se experimenta en las gargantas de las Fragas do Eume sería del segundo. Y la diferencia es clara: en uno, los elementos amenazan con arrebatarte, con arrancarte de tu más o menos firme sustento en el suelo; en el otro, es el propio suelo el que podría hundirse bajo tus pies y tragarte; o, mejor dicho, cuando uno pierde las referencias en un paisaje de este tipo, es como si éste te hubiera tragado ya.

CATEDRALES

También habría que decir algo de As Neves, y de Pontedeume, y de Santiago, y de toda esta bendita confusión que, más allá de mi desconocimiento o de las impresiones superficiales de este breve viaje, llamaré mi experiencia de Galicia. Una experiencia que, como no podía ser menos, empieza ajustándose al tópico, para luego desmentirlo; por eso, quizá, el cielo, hasta entonces despejado, se nubla nada más pasar el túnel de Piedrafita, entre Lugo y León, y el paisaje cambia, y los verdes se enseñorean de un panorama que hasta entonces -pesaba sobre mi ánimo la reciente lectura de Antonio B., el Ruso , la espeluznante novela de Ramiro Pinilla sobre un hijo de la montaña leonesa- despertaba en mí toda clase de aprensiones. *** Sé que lo que voy a anotar aquí no es precisamente una de esas observaciones que lo adornan a uno; pero, si uno no es sincero en su diario, ¿en qué otro sitio podría serlo? A lo que iba: las catedrales, vista una, vistas todas. Con matices, claro, porque la de Salam

ALPHONSE MUCHA Y OTROS HALLAZGOS

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Que no comprase libros en el periplo de cuatro librerías que mencionaba ayer no significa que vuelva de este viaje con las manos vacías. Aquí, en Salamanca, en un puesto callejero, me saltó a la vista un ejemplar de María Fontán , una de las novelas "cinematográficas" de Azorín, quizá la más nombrada, que figuraba en mi lista virtual de lecturas pendientes desde hacía más de una década. Claro que más largo ha sido el tiempo que este ejemplar, que no guarda la menor huella de haber sido leído o ni siquiera manoseado por nadie, llevaba esperándome: desde mi infancia, porque fue impreso cuando yo apenas tenía tres años, y ha esperado a que yo me convierta en el hombre que soy, y desarrolle los gustos que tengo, y me decida a pasar unos días en Salamanca, y a pararme a pleno sol ante una mesa callejera de libros viejos, para salirme al paso. *** Como me salieron al encuentro, a la puerta de esta otra librería de Santiago, mientras apretábamos el paso para ponernos a salvo del o

TENTENECIO

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Mientras duró el viaje renunció uno a escribirlo. Ahora, de vuelta, escribe uno de lo ya pasado, y hace de ello la materia viva e inmediata de su actualidad escrita, de su vida en este diario. Paradojas de este hábito: no hay presente escrito; sólo lo pasado puede escribirse; y, mientras se está en ese proceso, el verdadero presente -el que vivo aquí y ahora, junto al balcón abierto, mientras la gata maúlla desconsolada porque M.A. y C. han vuelto a salir, después de haber estado ausentes una semana entera- queda aplazado otra vez. *** Que la primera calle que te sale al paso al entrar en esta ciudad se llame "Tentenecio" revela, no sé si una cierta hostilidad hacia el recién llegado, o una mirada infinitamente compasiva hacia el que viene con intenciones de saberlo todo, de abarcarlo todo en una primera mirada. *** Más sospechoso es que, a la vuelta de la esquina, la calle que alberga cierto archivo nacional cuyo contenido algunos reclaman con encendida retórica, se llam