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Mostrando entradas de septiembre, 2009

UN HOMBRE BUENO

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Por las bitácoras de algunos amigos me entero de la muerte de José Antonio Muñoz Rojas, a pocos días, dicen, de cumplir los cien años. No haber alcanzado esa cifra redonda le supondrá una cierta merma en la atención que vayan a dedicarle los medios informativos. Lo que, después de todo, casi puede considerarse un último gesto de su elegantísima discreción. En su obra hay unos cuantos títulos singulares, quizá no todo lo conocidos que merecen, pero sí lo suficientemente estimados por un número creciente de buenos lectores: Las cosas del campo , en primerísimo lugar; y La gran musaraña , y Ensayos anglo-andaluces , y Cantos a Rosa ... Además, cabe atribuirle un logro no demasiado frecuente en la literatura española de los últimos tres cuartos de siglo: haber sentado plaza de hombre bueno. Por suerte, hay testimonios de ello. Las cartas que le dirigió Vicente Aleixandre, por ejemplo, que tuve la suerte de reseñar en su día , dejan constancia del celo con el que el destinatario de las mis

A CIEGAS

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Va uno a ciegas por el mundo. Me pregunta una compañera de trayecto cuántas paradas faltan para su destino. Y yo, que llevo años haciendo este recorrido, caigo en la cuenta de que no lo sé con seguridad. Para salir del paso, le digo que ya le avisaré cuando lleguemos. Y, como no me fío de mí mismo, interrumpo la lectura y me concentro en el trayecto. Mi actitud no debe de resultarle muy tranquilizadora a mi compañera de viaje. Dos paradas más adelante, vuelve a preguntarme: "¿Hemos pasado ya el campus?". Le digo que no, que queda aún una parada. Y, milagrosamente, esta vez acierto. *** Leído y releído el libro de Miguel d'Ors, tan pequeño y ligero de formato (y tan ligero, también, de espíritu), me encuentro que el que ha de sustituirlo -el segundo tomo de los diarios de Morla Lynch, que empecé hace unos días- pesa diez veces más y abulta otro tanto. Pero no puedo renunciar a los cuarenta y cinco minutos de lectura que me procura cada trayecto de autobús, así que deberé

LA BICHA

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De algunos poetas creyentes que leo con admiración, como es el caso de Miguel d'Ors, podría decir lo que Bergamín de los comunistas: "Con ellos hasta la muerte, pero ni un paso más" (en perjuicio mío, en este caso). *** Cuando un pintor inicia un cuadro, y sobre la imprimación todavía fresca empieza a definir las primeras manchas y zonas de luz, parece que está... escarbando. Todo está allí, en la tabla. No hay más que sacarlo. *** Me dicen que la trucha del otro día anda desganada últimamente. Efectivamente, toco con la punta del dedo la superficie del pilón y, a diferencia de la otra vez, no acude. Y vuelvo a sentirme culpable: a ver si, por haber mentado la bicha, el pobre pez va a ponerse enfermo. *** Sobre la foto: pinchar aquí .

DIVORCIO

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Uno de los chistes más socorridos en los tiempos en que se tramitaba la Ley del Divorcio, recién estrenada la Constitución democrática, era el que venía a decir que la izquierda se había empeñado en una batalla legal que sólo beneficiaba a los votantes naturales de la derecha, es decir, a las clases altas, que serían las más inclinadas a divorciarse. En el resto de la sociedad, decían los “progres” de entonces, se estaba imponiendo la convivencia sin papeles, para la que el divorcio estaba de más… Cuántos párrafos ingeniosos, e incluso columnas enteras, extrajo el difunto Francisco Umbral, el gran cronista de la Transición, de esa ocurrencia. Que, como tantas otras cosas que fueron moneda común en aquellos tiempos, demostró ser falsa: ni el divorcio se quedó en algo exclusivo de la burguesía, ni la convivencia sin papeles ha pasado de ser, en muchos casos, sino una especie de noviazgo sin restricciones; que, como los de antes, la mayor parte de las veces acaba en boda. De todas las

EL MEJOR

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De nuevo esta mañana un carguero en el horizonte. Este ventanal, intuyo, va a dar mucho juego. Dos compañeros discuten si el barco va medio vacío o medio lleno. Me piden mi parecer. Yo observo que va ligeramente escorado hacia popa, lo que puede indicar, pienso ahora, que lleva las bodegas vacías. Pero en ese momento digo lo contrario. Se suman otros a la discusión. Y, sobre todo, se suman a la contemplación silenciosa de ese perfil apenas móvil recortado contra el horizonte. Algunos ironizan: "¿Qué? ¿Son galgos o podencos?". Pero yo sé que, por un instante, lo que se nos ha pasado a todos por la imaginación es la fantasía de estar en ese barco, de dirigirnos en él hacia alguna aventura descabellada: llevar armas para emprender una revolución nihilista en alguna desdichada república africana, por ejemplo; o, ya puestos, y aprovechando que dos pelmazos megalómanos se disputan la presidencia de ese país, reconquistar Honduras para la corona española... El timbre nos devuelve a

VESTIR AL DESNUDO

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No es un tópico: no hay barco que, visto en el horizonte, no invite a fantasear con la posibilidad de ir en él. En cuanto a la inversa, no estoy tan seguro: vistas desde el mar, algunas ciudades deben de resultar tan poco acogedoras como los extrarradios que se entrevén, a veces, desde las ventanillas de un tren. Cuando se viaja en este último medio, qué poco apetece bajarse en según qué sitios. *** Hoy día el precepto bíblico de vestir al desnudo tendría que ser reformulado: el verdadero acto de caridad sería desnudar al vestido; es decir, invitarlo a unirse a la caterva indolente que remolonea, por ejemplo, en una playa, mientras quienes no tienen tanta suerte van de aquí para allá, vestidos y calzados, y abrumados de obligaciones. *** España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano , de Carlos Morla Lynch. Leo el prólogo de Andrés Trapiello. Y discrepo con él sólo en un detalle: la entrega anterior de estos diarios, En España con Federico García Lorca , no se limita a m

REQUISITOS

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La ligereza aparente de la poesía de Miguel d'Ors casa bien con la también aparente inconsecuencia de las horas que uno pierde (no del todo, en fin, gracias a la lectura) en este autobús. Entre el trayecto de hoy y un hueco en mi horario de trabajo despacho casi entera la antología que ha publicado recientemente en Renacimiento, El misterio de la felicidad . Comienzo, como suelo hacer en estos casos, por la sección de poemas inéditos en libro. Y me sorprende el que empieza así: Mira que es ordinaria y gorda. ¡Y esa falda! Seguro que se llama Encarni o Chary (no serás tan cenizo de suponerla Yénifer). Seguro que se sabe todos los culebrones. Seguro que habla azín -y con el chicle asomando por medio de cada tontería... Supongo que no es procedente ni legal copiar el poema entero. Que termina, no sé si previsiblemente, pero sí muy oportunamente, con un giro hacia la melancolía. Lo leo en este autobús en el que viajan no pocas Encarnis, o Charis, y en el que uno macera, junto

TRUCHAS

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En la presentación, el jueves pasado, del libro de Luis García Gil sobre Truffaut se habló algo del desapego de la crítica de los años setenta hacia este cineasta, precisamente en el momento en el que andaba haciendo lo que algunos consideran sus obras más maduras y logradas (yo no: yo creo que lo mejor suyo es la saga Doinel y algún título suelto, como La noche americana ), y se atribuyó ese desapego, creo que con razón, a las veleidades izquierdistas de una buena parte de los críticos de entonces, que se rendían bobaliconamente ante las extravagancias ideológicas y estéticas de Godard, por ejemplo, y no le perdonaban al otro su deriva hacia un cine clasicista e intimista. Uno de los presentes en la mesa, Gonzalo García Pelayo, incluso entonó la palinodia: lo vergonzoso, vino a decir, es que gente como él prefiriesen, en esa época, cosas como La chinoise , que no es más que un canto, señaló, a uno de los mayores tiranos que ha conocido la Historia, a la altura de Hitler o Stalin: Mao

USTED

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No sabría uno decir cuándo empezó a generalizarse la costumbre de que los estudiantes tuteen a los profesores. El Defensor del Pueblo acaba de decir que este hábito está en el origen de muchos comportamientos indeseables de los adolescentes, tales como emborracharse en la calle los fines de semana e ignorar el principio de autoridad, y lo achaca a la dejación de responsabilidades por parte de padres y profesores. Pero hace uno sus cálculos y acaba llegando a la conclusión de que, dada la edad de este Defensor del Pueblo, y su trayectoria, bien pudiera encontrarse entre quienes, hace un cuarto de siglo, o quizá más, vieron con buenos ojos que en las escuelas se les apeara el tratamiento de respeto a los profesores, y consideraron un signo de libertad reconquistada el beber en las calles. Gobernar una ciudad en la que la calle se convirtiera en una gran fiesta cada fin de semana se consideraba entonces una muestra de calidad democrática, y se hablaba de la “movida” de Madrid, de Vigo, de

PUNK

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No me tengo por especialmente sensible a los exabruptos de corte, digamos, blasfemo: simplemente, me parecen una falta de educación. Pero en la parada de autobús oigo a una de esas inefables arpías de barrio de voz ronca y modales irredimibles exclamar: "Me cago en los muertos del sol"; y, no sé por qué, me parece que ha incurrido en una profanación imperdonable. *** Si algún efecto ha tenido en mí la actual crisis, es haberme aficionado a los programas económicos en televisión; al menos, en mi breve ronda por los canales internacionales a media tarde, me paro en curiosidades como Quest Means Business , una especie de one-man-show a cargo de un tal Richard Quest, que es un personaje de facciones caballunas, grandes dientes y un curioso modo forzado de hablar, tal vez determinado por sus extrañas facciones. Sin embargo, este físico poco agraciado parece otorgarle bula para moverse y expresarse con una desfachatez poco común, que se extiende al lema con el que cierra el prog

MONIPODIO

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Sí, más que ansiedad o miedo, la sensación que experimento al pulsar a toda esta gente nueva, aprender los trucos de supervivencia y acotar el espacio propio en terreno desconocido es... diversión. Lo que me descubre una dimensión de mí mismo que también desconocía. *** Leo en Measure for measure esta divertida lista de presuntos personajes del hampa londinense (aunque la obra está ambientada en Viena): Master Rash, Master Caper, Master Three-pile the mercer, Master Deep-Vow, Master Copper-spur, Master Starve-lackey, young Drop-heir, Master Forthright the tilter, Master Shoe-tie, wild Half-can... Ignoro cómo los habrán vertido al español los traductores habituales de Shakespeare; Astrana Marín, por ejemplo. Por pura diversión, y basándome más en las connotaciones de cada apelativo (con ayuda de las notas a pie de página, por supuesto) que en su literalidad, pruebo a traducirlos aquí: Don Ligero, Don Cabriolas, el mercero Don Forros, Maese Mucho-os-quiero, Maese Espuelas-de-latón,

EXCESO DE OFERTA

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Al pasar junto a un estante de artículos en liquidación, en la sección de discos de unos grandes almacenes, veo una carátula que me llama la atención. Es la de Rock'n'roll animal , un viejo elepé de Lou Reed de 1974, de cuando éste realmente ejercía de alimaña peligrosa y no, como en los últimos años, de hombre serio y maduro, arrepentido de sus excesos juveniles. No tengo ya edad ni humor para los malditismos (ni, por supuesto, para los excesos) pero, por eso mismo, siento cierta ternura hacia las cosas que me subían la adrenalina a mis veinte años. El precio es ridículo: ¿quién va a comprar esta anticualla, que, entre otras cosas, contiene canciones tan pasadas de rosca como "Heroine"? Y la respuesta es: yo mismo; si no fuera, en fin, porque, en cuanto escarbo un poco en el montón, empiezan a aparecer, como en una excavación que sacara a la luz diversos estratos de un antiguo paraje, otros discos pertenecientes a otras etapas de la evolución de mis gustos musicales:

ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTOS PREMIOS

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Cervantes logró que no se escribieran más libros de caballerías; y el sevillano-limeño-japonés Fernando Iwasaki ha escrito un libro que, si las clases letradas siguieran siendo tan sensibles a la sátira como en los tiempos de Cervantes, supondría la inmediata suspensión de la mayor parte de los premios literarios que se convocan hoy en nuestro país. Y eso que, estrictamente hablando, la sátira de los certámenes literarios que contiene España, aparta de mí estos premios , es sólo un medio, y no un fin, y lo verdaderamente puesto en solfa no es este entrañable mecanismo, que permite a muchos escritores en ciernes, y a otros que no lo son tanto, llegar a fin de mes, sino el tinglado institucional, social e ideológico que lo sustenta: esos indescriptibles ayuntamientos, grupos de presión y asociaciones de todo tipo dispuestos a pagar unos centenares o miles de euros al escritor que les entregue unas cuartillas ajustadas a las correspondientes "bases", en las que se pide sin pudor

TOCAR FONDO

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Dicen que estamos tocando fondo. Y a uno, que ha visto muchas películas de submarinos, e incluso es lo bastante viejo para recordar la serie Viaje al fondo del mar , la expresión le recuerda esos momentos de tensión en los que los sumergibles debían parar motores y se hundían suavemente hasta posarse en el lecho marino, mientras se oía el ruido de los destructores japoneses pasándoles por encima, arrojando cargas de profundidad. Era un momento de aguantar la respiración, y, efectivamente, eso era lo que se le ordenaba hacer a la tripulación del submarino en peligro: hubiera bastado que a un tripulante se le cayera una moneda al suelo para que el tintineo fuera captado por el sónar del buque atacante. En cuanto éste pasaba de largo, el comandante daba la orden de reanudar el rumbo y de subir el periscopio, por el que veíamos alejarse el buque japonés, seguido de su estela de humo malvado… También ahora a uno le parece escuchar el ruido sordo que hacen los hierros del submarino al topa

MANSAMENTE

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También en las memorias de M.F. encuentro una hermosa carta de José María Pemán, en la que éste acusa recibo de un libro del primero, e incluye unas interesantes consideraciones sobre el clima literario de entonces (finales de los cincuenta), comparado con el de treinta años antes. Cuando la eclosión del 27, dice el escritor gaditano, las obras nuevas alcanzaban un enorme impacto por contraste con el academicismo hasta entonces imperante, y "pronto -añade- pasaba(n) a ser algo indiscutible". En el momento presente, por el contrario, "parece que se ha hecho la paz, que todo está ya descontado y sabido. Todos escriben con una inalterable apariencia de buen escribir que hace doblemente difícil que las balas distingan lo excepcional (...). Los libros ahora se publican mansamente. No hay ya a quién tirárselos a la cabeza, como entonces". Pemán, en su benevolencia, hubiera querido para el libro de su corresponsal una repercusión como las de antes. Pero a mí me gusta su c

LA VEDA

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Leo en las memorias de Medardo Fraile referencias a personas (Fernando Quiñones, Vicente Núñez, incluso -ay- Alfonso Sastre) que yo también he conocido y tratado, y a las que el autor rememora en circunstancias y acontecimientos que tuvieron lugar a finales de los 50; lo que me causa ese mismo vértigo que cuando, en la infancia, restaba al año en curso la edad de mi abuela y constataba que aquella venerable persona que tenía delante, y que a veces me daba un duro para caramelos, tenía vivencias y recuerdos que se remontaban al siglo anterior. Yo también soy ya de otro siglo, y ciertas lecturas no hacen sino confirmar esa insoslayable filiación. *** También en las memorias, como en cierta clase de cuentos, pesa a veces más lo que se calla que lo que se dice. Lo referente al mencionado A.S., por ejemplo (véase lo que escribí sobre él hace unos meses). *** Sin salir del género biográfico, no quiero dejar de señalar la certera crónica que leo en Fuera de serie , el suplemento del dia

AMAGOS

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Rutina. Trabajo por la mañana. Por la tarde, de cinco a ocho aproximadamente, escribir. Dar luego un paseo, o hacer un poco de ejercicio. Ver una película por las noches, antes de acostarme. Leer en los resquicios, durante los trayectos en autobús, o en el intervalo entre la siesta y la reincorporación a la actividad. No, tampoco me disgusta esta clase de vida, que a algunos podría parecerles tremendamente aburrida o cansada. De hecho, lo que me cansa es que en algún momento se modifique la proporción debida entre estos componentes. Que el trabajo invada la tarde, como sucede a veces; o que una lectura obligada no me deje tiempo para garrapatear siquiera unas líneas. Nulla dies sine linea , que dijo Plinio. Y quizá el único factor al que convendría no ponerle límites es a la propia escritura, que es también lectura tentativa de algo que está por hacerse y, sobre todo, un modo de pensar; el único, en fin, que tiene cabida en una rutina tan apretada. *** K. se ha criado como gata de do

CALLEJÓN DEL NORTE

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Como los certámenes literarios, los de pintura pueden servir para que el observador se haga una idea del estado de la cuestión; es decir, de qué es lo que un número más o menos representativo de cultivadores de ese arte creen oportuno hacer en un momento dado; lo que, por supuesto, no necesariamente coincidirá con lo que hacen los creadores más avanzados e innovadores, sean éstos quiénes sean, pero tampoco forzosamente ha de remitir a un estado del arte en cuestión que pueda considerarse regresivo o superado. Algo de esto es lo que pasa en este premio de pintura rápida que todos los sábados primeros de septiembre, desde hace algunos años, se celebra en el hermoso y recogido casco antiguo de U., y al que acudo por segunda vez, a título exclusivo de espectador. Este año, con la excusa del calor, ni siquiera he recurrido al expediente de hacer algunos bocetos en un bloc de dibujo: me he limitado a sacar fotos, y a aprovechar ese pretexto para pegar la hebra con algunos de los particip

NUDISTAS

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Sigue coleando la polémica provocada por la ordenanza del Ayuntamiento de Cádiz que prohíbe el nudismo en las playas de la ciudad. Y uno, que es veraneante más bien de secano, por poco se pierde esta magnífica ocasión de declararse en contra o a favor de la medida; es decir, para proclamarse campeón de las libertades (considerando como tal la de tomar el sol en cueros) o adalid de la decencia, según. En esto del articulismo, quien no hace amigos es porque no quiere. La verdad es que, desde los años sesenta, intentar imponer o prohibir algo en lo que a cuestiones de decencia indumentaria se refiere resulta más bien inútil: lo que unos prohíben otros se adelantan a autorizarlo y fomentarlo, ya sea por principios o para sentar plaza de modernos y obtener los correspondientes beneficios (políticos, económicos, etc.) que puedan generarse. Lo mismo puede decirse de quienes, en tiempos de costumbres fluctuantes, intentan acotar espacios de incontestado apego al orden moral que creen amena

RESQUICIOS

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Los otros siguen arriba, y aprovechan el intervalo entre dos sesiones de trabajo para hablar de... trabajo; es decir, de trabajo que les concierne, y que tiene que ver con lo que la planificación más o menos improvisaba de estas fechas va deparando. Pero nada de eso tiene que ver conmigo, como no lo tienen que ver las pequeñas intrigas que siguen aún coleando, y de las que me llegan leves ecos. Bajo las escaleras, cruzo el vestíbulo desierto, recién fregado por las limpiadoras de la tarde. Estoy tentado de echarles un último vistazo a lo que fueron mis dependencias: la biblioteca, que, mal que bien, me retrata, como es propio de las bibliotecas respecto a quienes las han urdido. Dentro de unas semanas, el retrato será ya irreconocible. Por eso me resisto a la tentación y paso de largo. Busco a un conserje para hacerle entrega de mi llavero, que ya no necesitaré. Pero, en la calma de las tardes, no hay conserje, o éste anda distraído en otros asuntos. Así que me las echo al bolsillo de

VANIDADES

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Sí, a lo mejor da en el clavo Medardo Fraile con este bárbaro neologismo de su cosecha, y el aburrimiento efectivamente no es más que aburramiento . El de esos jubilados que, después de años detestando la rutina laboral que estaban obligados a cumplir, no saben qué hacer consigo mismos cuando se libran de ella. A veces me digo que eso no me puede pasar a mí. Que quien se distrae con libros, películas, música y una especie de apreciación entre estética e intelectual de ciertos placeres sencillos, no puede aburrirse nunca. Y que ha merecido la pena cultivar esas capacidades. Pero... *** No, yo nunca me aburro. Sólo me canso de mí mismo. *** El empleado de la óptica a la que he ido a que me reparen las gafas averiadas me ha reconocido. "Usted es B.A., el que escribe en el Diario." Y uno, que no es inmune a las vanidades de este mundo, se esponja un poco y trata de sacarle algún partido a la fama: "A ver si pueden hacerme un apaño mientras llega la pieza. Sin gafas, no p

QUIÉN

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A los pocos minutos de mi llegada, me entero de que X. ha sufrido una grave enfermedad este verano y está aún hospitalizado. En la calle, Y. me comenta que ha sufrido tres cólicos nefríticos. Pocos minutos antes, Z., con quien he bromeado sobre su recién estrenada situación laboral, más tranquila y menos comprometida que la que deja, me comenta que en los próximos días habrá de someterse a un reconocimiento del que quizá dependa incluso su continuidad como trabajadora en activo... Supongo que siempre ha sido así, y que el reencuentro con un grupo humano al que uno no frecuentaba desde hacía dos meses conlleva, necesariamente, la constatación del deterioro, las enfermedades, el envejecimiento de quienes lo integran. Es el único cambio verdaderamente perceptible, porque todo lo demás (los parabienes, los besos, los rituales de bienvenida) se mantiene idéntico a sí mismo con una terquedad que uno quisiera, mejor, para otras cosas que sí se han perdido: el entusiasmo, la sinceridad, la con

LITERATURA Y VEJEZ

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Termino de leer The Afterlife and Other Stories (1994), la última colección original de relatos publicada en vida por el recientemente fallecido John Updike. No todos sus veintidós relatos son igualmente buenos, y algunos ("The black room", "Cruise") se resienten de utilizar ese repertorio de arbitrariedades narrativas, cierres en falso y trucos de guardarropía al que una cierta tradición parece haber dado carta blanca entre los cultivadores del género. Por lo mismo, también en alguno de estos cuentos (("Falling Asleep Up North", por ejemplo, que es poco más que un apunte autobiográfico) parece haberse llevado demasiado lejos el principio de permeabilidad, por el que casi cualquier cosa que no admita mejor definición y no ocupe más de unos pocos folios puede considerarse un relato. Pero, salvadas estas relativas caídas, el conjunto ofrece un nivel más que alto y, en algunos señalados ejemplos, de franca excelencia, como es el caso de "The man who bec