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Mostrando entradas de noviembre, 2009

SIMETRÍAS

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Primero me llama el librero J.M., para decirme que tiene allí delante, en su local, al personaje que hemos dado en llamar el libridinoso , por una anécdota que conté en su día en este cuaderno, y que se publicó en mi libro Señales de humo . Debe de ser un hombre bienhumorado, y por eso el librero no ha dudado en decirle que la referida anécdota anda en papeles, e incluso se ha decidido a regalarle el libro... Me llama para decírmelo, e incluso me pasa el teléfono para que yo pueda saludar al aludido. Con lo que me siento casi como Unamuno cuando decidió presentarse él mismo en las páginas de Niebla , su famosa nivola , e interpelar directamente a sus personajes. Y aún me dura esa sensación de divertida extrañeza cuando, por la tarde, me decido a hojear la nueva entrega de los diarios de A.T., que recogí esa misma mañana en correos; y, para mi sorpresa, me saltan a la vista unas páginas en las que se habla de una visita que ese escritor hizo a Cádiz en el 2002, y se menciona al buen a

LA GRIPE

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Lo malo de tener que escribir el artículo de la gripe es que seguramente uno lo ha escrito ya, y hay una regla de oro en esto del columnismo que obliga a no repetirse. Escribió uno ese artículo cuando, como todos los columnistas que se estrenan, paseaba confiadamente por los hitos del calendario y encontraba una incitación a escribir en el mero sucederse de las estaciones. No hay articulista novel que no haya escrito sobre la navidad, la llegada del buen tiempo, el verano y sus tópicos. Lo malo de esos temas es que sólo pueden tratarse una vez. Cuando se agotan, hay que engancharse a ese fatigoso carro que llamamos “actualidad”. Y de ahí nace el dilema en que me encuentro: ¿es esta gripe de ahora un asunto actual o una cuestión estacional? O, lo que es lo mismo: ¿es noticia o es mera recurrencia de algo que sucede todos los años, tan poco novedoso, en fin, como el becqueriano regreso de las oscuras golondrinas o la caída otoñal de las hojas? No sé. Ya quisiera uno encontrarse en esa

UNA PAUSA

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En una pausa del trabajo veo a esta compañera consultar una de esas páginas de Internet en las que se hacen predicciones meteorológicas. Nada anormal, por supuesto, y más en estos días de tiempo cambiante, en los que conviene ir avisados. Pero lo que me llama la atención, y hace que me acerque a ella, es que el verdadero propósito de la consulta es acceder al archivo de fotografías relacionadas con los elementos que incluye esa misma página, y que han sido puestas en ella por los usuarios de la misma. Son fotos bellísimas, casi todas de amaneceres o puestas de sol, con cielos de un colorido casi sobrenatural, nubes impresionantes y arrebatadores efectos de luz. No hay más remedio que asentir a esa belleza; como también hay que hacerlo, en fin, al impulso que lleva a esta mujer, bastante comedida y sobria en todos sus actos, a entregarse por unos minutos a este acto casi secreto de gratificación estética y, entiendo, espiritual. Y lo que lamento, una vez consumada mi intromisión, es no

UNA APOSTILLA

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A mi amigo y colega Rafael Marín, que ha venido al instituto a dar una conferencia, le hacen la consabida pregunta: "¿Por qué escribe usted?". Y responde, entre bromas, que porque así ahorra mucho dinero en psiquiatras. No sin antes conceder que él también se lo pregunta con frecuencia, ya que la escritura es un trabajo casi siempre ingrato y solitario, que incluso te enemista a veces con los tuyos... Tiene razón. Sin embargo -me entran ganas de apostillar- hay también un gozo de la escritura, que a veces llega a la euforia, y que se manifiesta cuando la ocasión y las ganas coinciden con uno de esos contados momentos en que las palabras acuden con facilidad al pensamiento y a las manos, a remolque de ideas que parecen aflorar en el momento oportuno, y complementarse unas a otras, de modo que el resultado, cuando llega a culminarse, parece un don del cielo, un arrebato, un golpe de eso que los antiguos llamaban inspiración... Suele ser un estado pasajero, y a veces basta que

LEOPOLDO PANERO

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Comienzo la lectura de Memoria del corazón , la antología de Leopoldo Panero que acaba de publicar Renacimiento, a cargo de José Cereijo. Mientras la voy hojeando, revivo el deslumbramiento que me produjo este poeta cuando lo leí hace años en otra antología, la que publicó Andrés Trapiello en La Veleta. Aquella fue una lectura rápida, hecha en casa de un amigo que tenía el libro. Pero, por eso mismo, dejó una huella intensa e imborrable, la que dejan las cosas cuya impresión primera no se tiene ocasión de borrar. No soy de los que persiguen encarnizadamente los libros, sino de los que toman nota de ellos y esperan pacientemente que les salgan al encuentro. La poesía de Panero ha tardado en llegar, y, ahora que lo hace bajo el envoltorio de esta colección casi juvenil y colorista de Renacimiento, casi me congratulo de que se haya tomado su tiempo. Cuando leí por vez primera a este poeta, me gustó de él la contención expresiva, la justeza, la precisión de una poesía de la que estaban fe

LO PRINCIPAL

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La sensación, a veces, de que, al consignar aquí lecturas, opiniones sobre películas, etc., estoy eludiendo el asunto principal. *** Lectura en A., un pueblecito de mil quinientos habitantes, en el que puedo considerarme afortunado por haber reunido a veinte para la ocasión. Mujeres casi todas, pertenecientes a una de esas benemeritas asociaciones culturales que algo hacen por sacarlas de casa, llevarlas de excursión, animarlas a leer o a asistir a esta clase de reuniones en las que se sienten, a un mismo tiempo, anfitrionas e invitadas de honor. Uno tiene siempre las mismas dudas al respecto: los honorarios, que abona la Junta, son discretos y más bien poco puntuales, por lo que el motivo económico no puede contarse como el principal para aceptar participar en esta clase de actos; tampoco creo que con ellos se ganen lectores, porque no se dan las condiciones que, en el mejor de los casos, moverían a un espectador curioso a acudir a una librería y buscar los libros de uno: a lo sum

INTIMIDADES

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Quizá lo que más echa uno en falta en el tratamiento que gobernantes y poderes fácticos dan a ciertos asuntos relacionados con la moral y los comportamientos individuales sea la discreción. Es inevitable. La sociedad de masas ha hecho público lo que hasta ahora pertenecía a la privacidad más recóndita. Y no sólo asuntos, como el del aborto, de reconocida enjundia y complicada casuística, sino también cuestiones absolutamente triviales, como lo son las actuales polémicas sobre si las campañas de información sexual que han elaborado determinados gobiernos regionales deben incluir o no referencias a la masturbación… Los medios de comunicación han secundado gozosamente esas polémicas. No ha habido columnista o comentarista que se haya abstenido de hacer los chistes pertinentes, o de darse los oportunos golpes de pecho, según. Y uno escucha a unos y a otros con cierto pasmo y un creciente sentimiento de intimidad asaltada. No olvida uno los tiempos en que los ataques a esa intimidad venían

SANGRE CALIENTE

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C. me avisa, horrorizada, de que K. ha vuelto a las andadas e intenta cazar un pájaro en el balcón. Le digo que no intervenga, porque más de una vez, al sufrir un sobresalto (por ejemplo, ante el estruendo de la persiana echada), la gata se ha lanzado a los barrotes, con serio riesgo de ir más allá y caer a la calle. Pero luego pienso que en mi actitud hay un elemento de irresponsabilidad, motivado por el deseo, nada inconsciente, de que nuestra gata se porte como lo que realmente es, un felino con instintos de cazador, y experimente de nuevo la descarga de adrenalina correspondiente a una presa lograda. Alguno dirá que a mí qué me va en esto. Yo también me lo pregunto. Para la gata, como para mí, seguramente ya no hay vida más allá de sus rutinas establecidas: su dormitar a mis pies, a la hora de la siesta, su deambular por los distintos descansaderos que se ha ido procurando en la casa, sus carreras nocturnas en pos de una quimera. Que alguna vez una de esas quimeras cobre alas y ten

ESTIÉRCOL

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Reconozco que las primeras cien páginas de La prisionera , la quinta entrega de En busca del tiempo perdido , han puesto a prueba mi paciencia: un prolijo tratado sobre los celos, sin apenas materia narrativa propiamente dicha, y en el que no faltan ninguno de los trucos que pueden sacarse a colación para alargar un texto cuando no hay de qué. Sin embargo, quizá la maestría de Proust consista en ponernos a prueba de esa manera, para, acto seguido, seducirnos con otras cien páginas llenas de vida, en las que no parece haber palabra que no responda a una observación acertadísima. De este tenor son las que dan cuenta de la enésima velada en casa de los Verdurin, en la que éstos presentan en sociedad a cierto violinista del que anda encaprichado el barón de Charlus, y con el que los anfitriones pretenden enemistar a este último, merced a una intriga de salón que, a estas alturas de mi lectura, aún no se ha resuelto... Y este delicioso tranche de vie me ha conducido nada menos que lo que p

EXCESOS

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A lo largo de los años, uno ha aprendido a asociar el malestar de los lunes -y su temible prólogo, la angustiosa tarde del domingo- a un sinfín de causas, digamos, ajenas al mero azar del calendario: a los posibles excesos y descuadres horarios cometidos a lo largo del fin de semana, a la larga digestión del más o menos copioso almuerzo dominical, a la mera aversión al trabajo, a la ansiedad acumulada ante la cuota de insatisfacción derivada de las expectativas no cumplidas... Sin embargo, me encuentro ahora en disposición -y no lo quiero decir muy alto- de declarar superados muchos de esos factores. Apenas hay excesos de los que arrepentirme, ni expectativas que no pueda dar por cumplidas tras un fin de semana bien administrado. Ni siquiera la inminencia del trabajo me angustia. Y, sin embargo, el malestar persiste, e incluso va en aumento. Lo que sólo puedo atribuir a dos razones: a) todo lo anterior, cuando tenía efecto, ha dejado en uno un poso indeleble, imposible de contrarrestar

CLÁSICOS

J.A.M. nos ha entregado ya el cuadro que teníamos apalabrado: una especie de plano corto de un arroyo, tomado casi a ras de agua, en un tramo poco profundo del curso del mismo en el que éste se descompone entre piedras grandes, verdinosas y redondeadas por efecto de la erosión. Al fondo, alimentado por una pequeña cascada, puede verse el límpido remanso del que rebosan las aguas amansadas que vemos correr en primer término. No hay nada firme, nada concreto en este mundo de aguas en movimiento, donde incluso los elementos sólidos -los grandes cantos rodados, por ejemplo- se difuminan en una miríada de reflejos. De madrugada, cuando todos se han dormido ya, miro el cuadro. Las piedras en primer plano parecen sobresalir, y el lienzo gana en hondura. Casi me parece oír el rumor del agua. Y me quedo dormido yo también, bajo su efecto. *** Subida al Parral, el monte que domina el pueblo, rematado por una antena y una cruz: más aparatosa y visible, todo hay que decirlo, la primera que la s

NECROLÓGICAS

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A ver cómo hilo este artículo sin parecer irrespetuoso… La semana pasada, recién concluido el puente de Todos los Santos, hubo una especie de aglomeración de difuntos ilustres en las páginas de decesos de los periódicos. Parecían haber aprovechado la fecha para pasar lo más discretamente posible de un mundo a otro, y el caso es que casi lo consiguen, porque el espacio que los periódicos dedican a estas cosas es escaso, y la agenda de los encargados de representar a la ciudadanía en los homenajes respectivos suele estar muy cargada. Murió el escritor Francisco Ayala, que, a su condición de último representante vivo de la Generación del 27, título ya de por sí lo suficientemente glorioso como para merecer la atención pública, unía desde hace tres años la notoriedad casual de haber llegado a centenario, logro que habitualmente se asocia a curtidas viejecitas del Cáucaso o a pescadores del lago Titicaca, y no a intelectuales a quienes, por mor del oficio, no se les suele atribuir unos hábi

ÍTACA

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Como preveía, el viaje se ajustó a la misma rutina que años anteriores. Las rutinas son la verdadera patria de uno, y uno las lleva consigo a todas partes, para no sentirse perdido. Primero, la cena ritual con los amigos que allí nos congregamos; para colmo, servida por la misma camarera jacarandosa y un sí es no es maternal del año pasado, con lo que las bromas y comentarios que intercambiamos con ella parecieron una prolongación de las cruzadas entonces. Incluso juraría que pedimos los mismos platos: las almejas a la sartén, los exquisitos callos, los solomillos, el tartar (que aquí llaman hamburguesa, sin serlo) de bonito... Luego tomamos una copa en el bar de siempre, y tuvimos un recuerdo piadoso para un loco que se nos acercó el año pasado y se mezcló en nuestra conversación... Al día siguiente, el mismo malestar, que ya no era resaca (uno ha aprendido a moderarse), pero sí una especie de cansancio entre afable y escéptico, que se debía más a las horas pasadas el día anterior e

REENCUENTROS

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Repaso los estantes de poesía con la intención de revisar algunos libros en los que hace tiempo que no reparo, o de los que apenas recuerdo nada, y no necesariamente porque no contengan nada memorable, sino, simplemente, porque mi memoria no es infinita, o porque algunas impresiones de lectura cuentan con asideros mentales más endebles que otras, y duran menos, o porque cada libro requiere su ocasión, y es posible que alguno de éstos no la tuviera, etc. Hojeo muchos de esos libros, y de algunos (re)leo varios poemas... Y lo curioso es que en todos encuentro algo valioso, lo que me infunde cierta tranquilidad respecto al instinto que me llevó a guardarlos, digamos, en mis estanterías de primera línea, y no relegarlos a los altillos o, simplemente, deshacerme de ellos (cosa, en fin, que casi nunca hago). Anoto aquí algunos: Ventanas sobre el bosque , de Antonio Jiménez Millán; Lo que vale una vida , de Rafael Juárez; Raro , de Lorenzo Martín del Burgo; La guerra de los treinta años , de

DE LA PERCEPCIÓN

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Sueños encadenados, quizá causados por una digestión pesada. Sueño que almuerzo con Ortega y Gasset. Y, lo que es peor: que soy compañero suyo de facultad (del Departamento de Filosofía, por más señas) y que, entre mis alumnos, tengo a dos sobrinas suyas, una de las cuales, muy guapa, comparte mesa con nosotros. A mis alumnos les estoy haciendo leer cierto Tratado de la percepción (¿?), del maestro, algunos de cuyos párrafos, incoherentemente, irrumpen también en el sueño. Antes, o quizá después, sueño que voy a dar una conferencia en un cine. Me lleva allí, por una solitaria calle flanqueada de tapias, una muchacha muy joven, de facciones orientales, que en un momento dado me acorrala contra una de las tapias y me besa. Definitivamente debo cenar menos. *** Sobrellevo ya sin agobios ni angustias mis cuarenta y cinco minutos de natación, tres veces por semana. La primera vez creí enfermar. Ya no. Lo que, paradójicamente, ha hecho que la monitora sea más dura ahora conmigo. &quo

JÁLOGÜIN

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Pasó el puente de Todos los Santos sin más sobresaltos, en fin, pese a los muchos fiestorros adolescentes convocados aquí y allá, que las aburridas polémicas sobre la infiltración de costumbres foráneas –léase Hallowe’en– en el imaginario patrio. Se ha llegado a decir que la importada fiesta norteamericana tiene un fondo demoníaco; como si en nuestra cultura todo lo aparejado a la celebración del Día de los Difuntos se redujera a poner flores en las tumbas de los seres queridos y a pasear plácidamente nuestras melancolías otoñales por los cementerios. No es ése el caso. Todavía recuerdo el miedo que me daba, de niño, la escena en que el fantasma del comendador de Ulloa acude a la cena a la que lo ha invitado don Juan Tenorio, cuando el célebre drama se emitía en televisión por estas fechas. Y el escalofrío que me produjo la lectura de “El monte de las ánimas”, el terrorífico cuento que Gustavo Adolfo Bécquer situó en la noche de Difuntos. Por no hablar, en fin, del estremecimiento qu

LA ETERNA JUVENTUD

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Buen cine bélico, más allá de los viejos clásicos en blanco y negro de los 40 y 50: Patton . La desmesura y megalomanía de Coppola -en los créditos, el nombre de éste, que aquí hace de guionista, ocupa más espacio que el del director, Franklin J. Schaffner- al servicio de un personaje que, como los de El padrino o Apocalypse Now , resulta, a todos los efectos, bigger than life . Y, sin embargo, la guerra, que este personaje sólo percibe en función de sus ideales y fantasías, se hace presente en toda su riqueza de dimensiones: sórdida y violenta -como cuando, en una de las primeras escenas, asistimos al expolio de los muertos en combate por parte de una pandilla de saqueadores, entre ellos mujeres y niños-, a la vez que estilizada y heroica a ratos, aunque sin ocultarle jamás al espectador que el heroísmo puede tratarse de una excusa o un malentendido, o incluso de un error de perspectiva... A mí me pone los vellos de punta, y el discurso inicial del general, con una enorme bandera nor

BATALLITAS

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Encuentro en un poema de Vicente García, incluido en su libro Ahora , una referencia a un juego o pasatiempo al que dediqué muchas horas en mi infancia, y sobre el que nunca antes había encontrado ninguna alusión escrita: los dibujos de batallas. Sobre un trozo de papel disponía uno los ejércitos, a los que iba dotando cada vez mejor según iba aumentando la destreza de uno para dibujar armas, vehículos y aviones. A ese respecto, recuerdo que llegué a dibujar bastante bien los jeeps y tanques de la Segunda Guerra Mundial, así como los biplanos de la Primera... Los ejércitos cruzaban disparos, naturalmente, cuya trayectoria dibujaba uno también sobre el papel, como lo hacen en la realidad esas balas que llaman trazadoras . Dibujaba uno las explosiones, y también los heridos y los muertos. Lo normal era que aquellos dibujos, como ciertas batallas famosas, terminaran por extenuación: se le agotaba a uno la inventiva y el repertorio, y en el papel no quedaba espacio para dibujar nada más.

TENORIO

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Como C. no había visto el Tenorio , asistimos con ella el jueves pasado a una representación de esa obra, a cargo de un grupo sevillano. Ni que decir tiene que me emocionó; en gran medida, creo, porque la eficacia dramática de la obra sobrepasa holgadamente el amplio catálogo de inconvenientes que el tiempo, los azares críticos y la malicia moderna han acumulado contra ella. Efectivamente, no podemos compartir, por burdo, el mensaje trentino respecto a la validez del arrepentimiento in extremis , que ni puede reparar el daño causado ni aliviar el dolor de las víctimas; seguramente ni el cínico Zorrilla creía en eso. Un oído literario medianamente formado también podría impacientarse con la machacona ramplonería del texto. Y, finalmente, es muy posible que queden ya pocos espectadores capaces de disfrutar de una obra como ésta en situación de "inocencia"; es decir, sin tener noticia de las múltiples teorías que circulan respecto al carácter de Don Juan, su presunta homosexua