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Mostrando entradas de febrero, 2010

SOLOS

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Sé que lo que corresponde, después de que las lluvias interrumpieran el otro día las comunicaciones entre Cádiz y Sevilla, sería protestar por la vulnerabilidad de nuestras infraestructuras y por la sensación generalizada que tenemos últimamente los españoles de vivir en un país en el que todo es contingente e inestable. Otros columnistas lo habrán hecho, y a ellos remito. No es para tomárselo a broma: por la carretera cortada nos llega a quienes vivimos en este extremo de la Península casi todo lo que necesitamos, por lo que cabe imaginar que ese simple corte seguramente significó que miles de pedidos no fueron entregados puntualmente, que otros tantos trabajos dependientes de esos suministros no pudieron realizarse… Sí, tendría uno que haber puesto voz, desde esta columna, a la legítima indignación de muchos. Pero sucede que hay días en que este columnista se levanta con la cabeza a pájaros, y en los que cualquier suceso que se salga de lo normal despierta en él unas incontrolables a

TACTO

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Ahora entiendo un poco mejor eso de la "prosa asmática" de Proust. Tengo una referencia nueva al respecto, ahora que voy regularmente a la piscina: mis propios esfuerzos por aprender a sincronizar la respiración al ritmo de la natación. Empiezo a leer, aprovechando que estoy recuperándome de una afonía, Albertine desaparecida , el sexto tomo de En busca del tiempo perdido . Y hay frases en las que me pasa justo lo que experimento cuando, entre brazada y brazada, omito alguna toma de aire y tardo unas pocas brazadas más en volver a acompasar la respiración al ritmo de la marcha. La misma angustia, sí, pero también la misma certeza de que el restablecimiento -y, en este caso, la recuperación del sentido de lo leído- es sólo cuestión de tiempo. *** La plena salud -ese vigor que, en la mayoría de los casos, es sólo retrospectivo- es tan excepcional como la enfermedad. Lo normal es esto: la convalecencia. *** "¿Desde cuando las p... se ponen cachondas?", le dice

FALLEBA

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Ignoro cuál será la afección visual que padece este chico que tengo sentado a mi lado en el autobús. El caso es que, para leer, lleva el libro totalmente pegado a la nariz, a una distancia a la que a cualquier otro le resultaría imposible enfocar las letras. El libro en cuestión es Cartas marruecas , un título que casi nadie lee por iniciativa propia a la edad de este chico, por lo que colijo que se trata de una recomendación escolar o universitaria. Su modo de leer, por lo forzado, apenas deja adivinar qué emociones le despierta la lectura. Posiblemente en su fuero interno no se sienta tan absorto como denota su posición. Pero la impresión que da es que el libro, literalmente, lo devora. *** En la conversación con este operario que ha venido a reparar un postigo roto aflora, de pronto, con absoluta pertinencia, la palabra falleba . Creo que, salvo cuando la aprendí en aquellos dictados en los que se practicaban palabras difíciles,, nunca la había usado. Ando toda la tarde como un n

OTRO CIERRE

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No sé por qué, me parece una pérdida que hayan cerrado la modesta papelería-librería que había junto a la parada del autobús. Nunca se me hubiera ocurrido comprar un libro de entre esa mezcolanza de lecturas recomendadas por los colegios de la zona, colecciones de quiosco y desangelados best-sellers : la imagen más desabrida que pudiera ofrecerse de la literatura. A veces, sí, compraba alguna película en DVD, de esas promociones de dos o tres por el precio de una con las que inauguran ciertas colecciones. Pero, con todo, distraía las esperas mirando ese escaparate desalentador, y hasta me decía a veces que era bueno que la literatura presentara ese cariz en según qué sitios, porque eso venía a certificar que todo lo que faltaba allí debía de encontrarse en otra parte... También me servía ese escaparate para mantenerme al tanto de todo aquello que, si no lo hubiera visto allí, ni siquiera habría sabido que existía. Ahora han echado el cierre, y anuncian que en su lugar pondrán... una za

LA HORA MALA

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Carnaval, digamos, de retaguardia. Matrimonios con niños, adolescentes sin posibilidad de desplazarse por sus propios medios al verdadero meollo de la fiesta, treintaañeros en esa tesitura difícil de mantener los hábitos gregarios de la pandilla y, a la vez, atender al bebé que llevan en el carrito... Así es la celebración en esta localidad periférica. La alegría, no obstante, es genuina, y lo es aún más por voluntariosa. Y en esa hora mala de la tarde en que unos se retiran y otros están a punto de tomar la copa que les desequilibrará definitivamente el día, las terrazas se han vuelto familiares, como si todos y cada uno de los aquí congregados se conocieran de toda la vida. El cielo, mientras tanto, se ha vuelto negro. Y esta noche lloverá como si de la lluvia dependiera limpiar las calles sucias, baldear las terrazas, obligar a los feriantes zarrapastrosos a marcharse con su música a otra parte. *** Esa hora mala que decíamos tiene también su equivalente fisiológico: ese momento d

EFIGIES

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No suelen llevar buena vida las efigies: a las que no cubren de excrementos las palomas las derriban las multitudes enfurecidas, como ha sido el caso de las de Lenin y Sadam Hussein. A las de Fidel Castro, en Cuba, y las de Kim Il Sung y su hijo Kim Jong-il, en Corea del Norte, nada las podrá librar de ese destino, en cuanto caigan los respectivos dictadores. Más cercana, la última que quedaba de Franco, en Santander, reposa ya en el limbo de los almacenes municipales, junto a las carcasas de las carrozas de los Reyes Magos y las máscaras de gigantes y cabezudos. Mal asunto eso de tener estatua. Incluso las de cera, que son a las de bronce lo que una novela barata a un incunable, andan de capa caída, a pesar de que las protege la popularidad y el hecho, sin duda muy respetable, de que para verlas haya que pagar la entrada de los museos populares que las acogen. Curioso fenómeno ése de los museos de cera: la gente va a ellos a ver reproducciones de gente a la que está harta de ver en pe

MIENTRAS

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Mientras escribía lo de ayer me acordé de otra película del mismo autor, Camadanegra , de 1977. Ésta sí resultó escandalosa, porque los aludidos -una extrema derecha que aún no se resignaba a su condición marginal, y a la que le resultaba intolerable verse retratada, aunque el retrato fuera tan oblicuo y personal como los que acostumbra a hacer este director- no se resignaron al silencio, y organizaron un ruidoso boicot que, a lo que parece, obtuvo sus resultados, porque la película aún hoy es difícil de localizar y ver. Todo lo contrario, en fin, que los fanáticos de nuevo cuño denunciados en la que comentaba ayer: éstos, y sus cómplices, han preferido el cerco de silencio. Que es mucho más efectivo, qué duda cabe.

LA MASAJISTA

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La pesquisa de la que hablaba ayer -¿o fue anteayer?- me lleva a Todos estamos invitados , la última película (2007) de Manuel Gutiérrez Aragón. La vimos M.A. y yo sin hacernos muchas ilusiones, como colofón de un largo día de inactividad forzosa, determinada por el tiempo de perros y los achaques de uno. Y nos dejó de peor ánimo aun, si cabe. Con lo que cumplió admirablemente la función de este tipo de cine, que no puede ser otra que inquietar, remover conciencias, indignar incluso. Cuenta la historia de una persona amenazada de muerte por Eta en el País Vasco. Y los detalles que aporta al respecto son tan reales y certeros, y apuntan de un modo tan insoslayable a determinadas actitudes sociales (la indiferencia, por ejemplo, de los otros miembros de la sociedad gastronómica a la que pertenece la víctima, que son incluso testigos directos de la amenaza) e institucionales (el vergonzoso cursillo de autoprotección impartido por la policía autonómica), que no se explica uno cómo los alu

REPARTO

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En general, salvo cuando se tiene en mente una pesquisa muy determinada, la vida intelectual de uno se rige por el mero azar, que no es quizá el hilo conductor más aconsejable. Por eso me someto de buena gana a las tramas que me van saliendo al paso: proporcionan, mientras duran, una cierta ilusión de orden, de finalidad, de sentido. Algunas de ellas dejan trazas en este cuaderno: las lecturas de Platón o de Proust, por ejemplo, los pequeños ciclos cinematográficos improvisados, las lecturas que tienen que ver con lo que yo mismo trato de escribir en un momento dado. Otras ni siquiera llegan a aflorar, y son como esos motivos de preocupación doméstica que, por insignificantes, no trascienden nunca de su ámbito, aunque a uno le ocupen durante días... Es difícil distinguir lo importante de lo que no lo es. M.A., por ejemplo, me pregunta por qué ando dedicando tanto tiempo estos días al cineasta al que he de presentar en un acto público dentro de un mes. Conozco algo su cine y tengo tabla

EL HOMBRE QUE CAMINA

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Una escultura de Giacometti, “El hombre que camina”, se ha convertido en la obra de arte más cara de la Historia, al alcanzar en subasta el precio de 74,1 millones de euros. Son muchos millones los que alguien ha pagado por tener cerca de sí a esta triste figura que parece un muñeco de alambre, y que, en el caso de que se le quiera buscar parentesco humano, evoca a esos trágicos esqueletos vivientes a los que nos han acostumbrado las imágenes de las hambrunas africanas, aunque no llega a inspirarnos ni la décima parte de la piedad que inspiran éstos. Ni siquiera es una obra única: por los museos del mundo andan esparcidas otras muchas figuras similares, que el escultor italiano prodigó con esa fe algo ingenua de quien cree haber encontrado un filón nunca antes explotado. Si acaso, ésta que ahora se ha vendido por tan astronómica suma es una de las más grandes: 1,83 metros, la estatura de un muchacho de los de hoy. Pertenecía a un banco y ahora no se sabe a quién pertenece, en qué jardí

CON MUNDO

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Como nota chocante en este otro día de climatología deprimente, me cruzo con esta mujer que porta... un tridente de demonio. Un accesorio, supongo, del disfraz carnavalesco que andará preparando, para ella o para alguno de los suyos. A no ser, claro, que se trate de un verdadero demonio que, aprovechando las fechas, se pasea impunemente por las calles. *** Termino de leer las memorias literarias de J.C. (no pongo el título porque, después de todo, lo que me han confiado son unas pruebas de imprenta, a la espera de que el verdadero libro esté en la calle, y eso hace que me sienta depositario de un secreto profesional). Hay de todo en él. Pero lo que a este humilde escribidor de provincias no puede dejar de impresionarle es el rumbo del que se presume en todas y cada una de las páginas de este libro. Cuántos "saraos", cuánto viaje de un lado al otro del océano para asuntos que, digo yo, bien podrían haberse despachado por carta o por teléfono. Cuánto bar escogido (en uno de

A LA VISTA

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Una de las desazones de ayer estuvo causada por la extraña pérdida de unos libros que yo había dejado en la biblioteca escolar donde trabajo. Consulto la base de datos una y otra vez, para cerciorarme del número y condición de los ejemplares que echo de menos, inspecciono el estante correspondiente, pregunto por ahí y hasta levanto una efímera polvareda al propagar mi casi certeza de que pueda tratarse de un robo. Inexplicable, por cierto, ya que los libros estaban a disposición de cualquiera que quisiera llevárselos en préstamo. Al final, aparecen, traspapelados. Alguien los había colocado en otro estante. Y entonces caigo en la cuenta de un curioso comportamiento con el que me familiaricé en la otra biblioteca escolar de la que fui responsable unos años: hay quien, cuando le gusta un libro, o simplemente lo necesita, y no quiere que nadie le prive de él, lo cambia de sitio. Una simple traslación, que, de ser descubierta, ni siquiera podría penalizarse, basta para que el libro resulte

CIERRE

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Desayuno y me visto sin siquiera levantar la persiana, por las prisas. Y hasta que no se alza la puerta del garaje no veo el día que hace: feo, desabrido, con una lluvia racheada, acompañada de un viento arremolinado que desaconseja abrir el paraguas. Uno de esos días, en fin, en los que más vale quedarse en casa. No me lo esperaba. Y todo la mañana ando bajo la impresión de esa sorpresa; y las pequeñas contrariedades que trae consigo la jornada, y que uno normalmente se echa a las espaldas sin mayor problema, revisten hoy ese carácter sorpresivo, abrumador. También respecto a ellas, me digo, conviene abrir las ventanas por anticipado. Para verlas venir. *** Menos mal que hay gente amable, que te ayuda a distraerte de tus preocupaciones. Por ejemplo, esta compañera, a la que hace unas semanas aconsejé sobre un ciclo casero de películas que pretendía organizarse, bajo el pretexto de que estuvieran todas basadas en un relato breve. A lo largo de la semana, su pareja y ella leían el re

NO COMPARECE

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La montaña de libros recibidos había crecido ya hasta el punto de que su equilibrio era insostenible. Por eso me he decidido a hacerles sitio en los estantes correspondientes. No ha sido fácil: he eliminado los últimos huecos que quedaban, a fuerza de suprimir todos los sujetalibros, bibelots, cajas y demás baratijas con los que los tenía separados y más o menos firmes y ordenados. Ahora no hay solución de continuidad entre, pongamos, los libros de prosa española y los rusos, y María Zambrano, cuyo apellido la sitúa siempre en la cola de cualquier hilera, está ahora espalda con espalda con Chéjov; lo que, después de todo, creo que no es mala compañía. También ha habido que hacer un pequeño expurgo. Nada dramático, en fin: unos libros para regalar, otros para donar a alguna biblioteca acogedora, algún otro destinado a la casa de la sierra, lo que no sé todavía si es una postergación o una subida de categoría, porque allí sólo están los libros japoneses de M.A., algunos tochos que he ter

MICCIONES

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No, no es que haya experimentado una regresión a esa etapa de la infancia en la que uno se deleitaba en repetir “pipí, caca, culo”. No. Es sólo que he visto la nota de prensa en la que el Ayuntamiento gaditano se ufana de su intención de instalar doscientos sesenta y nueve urinarios callejeros con motivo de los carnavales. Es legítima esa ufanía: igual que hay quien se ocupa de impulsar la construcción de hermosos jardines, o de promover ciclos de conciertos, ha de haber quien se encargue de disponer mingitorios. Los hay, incluso, en esos jardines y auditorios a los que acabamos de referirnos, porque, allí donde se congrega un cierto número de personas, hay que prever las humanísimas necesidades que éstas experimentarán durante el intervalo en el que permanezcan reunidas, y eso se aplica lo mismo a las descontroladas juergas del carnaval, con su dispendio alcohólico y cervecero, que a las morigeradas concentraciones de melómanos, pongo por caso. E incluso a veces ni siquiera hace falta

NO SUELE UNO

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No suele uno ser tan bruto. Pero, a veces, ante los trastornos que provocan los despliegues policiales que acompañan los desplazamientos y reuniones de determinados cargos públicos -en la mayoría de los casos, personas de escasísimo relieve humano o profesional, más allá del que les presta el cargo-, le entran a uno ganas de repetir lo que, en tiempos menos clementes, oía con frecuencia decir a sus mayores: "Algo habrán hecho para tener tanto miedo". *** Sigo con lo de ayer: la mayoría de los rifirrafes literarios -alguno se cuenta, muy de pasada, en ese libro- suelen tener como origen un malentendido consistente en cruzar un juicio literario o intelectual con uno personal. La irritación de J.C., por ejemplo, con A.T. a raíz de un artículo que este escribió sobre Juan Marichal, y en el que descalificaba la pretensión de éste de que los legítimos depositarios de los diarios de Azaña debían donarlos al estado. En aquella época Marichal, por lo que da a entender J.C., estaba

COMO SI

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Leyendo este libro de recuerdos de un conocido editor y periodista, caigo en la cuenta de que, respecto a los libros y autores que conforman la trayectoria intelectual y sentimental de uno, caben dos actitudes: la de dar por bueno todo lo que lo pareció en su día, aunque la propia evolución de uno lo lleve por caminos muy alejados de los que frecuentó en su juventud; o la de ponerse en situación de permanente expurgo e inventario, como en una mudanza, e ir sacudiéndose todos los lastres adquiridos en cuanto uno toma conciencia de que lo son. Depende, supongo, del carácter de cada cuál. Quién no ha leído a Cortázar o a García Márquez, pongo por caso. Quedar deslumbrados por ellos a los diecisiete años, y en los años setenta, es perfectamente comprensible, y no es poco mérito por parte de estos autores haber logrado impresionar de ese modo a toda una generación de lectores. Ahora, quedarse ahí es algo muy distinto. Y limitarse a sumar, como si todo valiera lo mismo, muy peligroso.

LARGA SOMBRA

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La larga sombra de Valle: "Destiló brusca blancura la dentadura colectiva de los Kennedy", leo en Yo maté a Kennedy , de Manuel Vázquez Montalbán. *** Hay en esta novela un puñado de páginas, digamos, valiosas, aunque no sé exactamente en qué tasar su valor: valdrían como artículos, quizá, porque podrían funcionar bien como columnas de periódico -aunque debo decir que nunca me gustaron demasiado las que este escritor publicaba en El País-, o como estampas en un libro misceláneo. V.M. hubiera sido un buen escritor de páginas sueltas, al estilo de Azorín. Más coyuntural que éste, en todo caso, lo que tampoco hubiera sido un demérito, ya que Azorín -en el que sí reconozco un valor evidente y genuino- tantas veces se resiente de parecer que escribe desde el limbo. V.M. no: escribe en su día y para los lectores del día, por lo que a sus libros les pasa lo que al yogur: hay que consumirlos pronto, para que no se pasen de fecha. Aunque, como todo el mundo sabe, también hay algo de

SIERRA ALTA

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Dejamos el coche a comienzos del mismo carril que otras veces hemos tomado para llegar al mirador que llaman Ojo del Moro. Pero, en vez de seguir esa dirección, nos hemos adentrado en un prado que se extiende a la derecha del camino, y atravesado una cancela por la que se accede a la lengua de terreno que rodea el cerro. Es un terreno áspero, sembrado de piedras que deben de haber caído rodando del propio monte; aunque los mismos elementos que las han empujado deben de ser los responsables de haber depositado entre las mismas esta esponjosa tierra negra, entreverada de estiércol, en la que parece un crimen que nadie haya sembrado nada: tal vez no han querido molestarse en quitar las piedras; o tal vez, simplemente, la franja está tan pegada al monte que sólo recibe unas escasas horas de luz al día, y ésta muy tamizada por las frondosas encinas que también crecen allí. Lo que no parece impedimento, en todo caso, para que abunde el tomillo, el hinojo, las esparragueras. Avanzamos po