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Mostrando entradas de junio, 2010

DE VACÍO

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Hace años era uno de los últimos en abandonar cualquier fiesta; ahora soy de los primeros. En eso me parezco al pescador que ya ha aprendido que, si los peces no pican en la primera hora, no merece la pena pasarse toda la noche con el aparejo tendido, para volver de vacío. *** Me comenta esta compañera que le apetece leer algo de Pessoa, un autor, dice, del que sólo conoce "cosas sueltas que ha leído aquí y allá", y de las que ha entresacado frases que copia en sus cuadernos. Ignoro qué frases son ésas, o qué densidad tienen esos cuadernos; pero, atendiendo a la recomendación que me reclama, la animo a leer el Libro del desasosiego , del que le procuro un ejemplar. Ahí lleva frases, pienso, para llenar doscientos cuadernos. Claro que, cuando se lee a un autor con ese afán de espigar pensamientos más o menos ingeniosos o elevados, lo mismo da leer a Pessoa que, pongo por caso, a Paulo Coelho. Por eso odia uno las citas -aunque en este diario haya algunas-: fuera de su contex

MIGAS DE PAN

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Mientras poso para la que entiendo que será la última sesión de mi retrato, J.A.M. me habla de la fauna que frecuenta la huerta que me sirve de fondo, y cuyo último espécimen declarado es un conejo al que nadie ha visto todavía, pero que ha dejado inconfundibles señales de su paso en el plantel de judías verdes, que al parecer es una verdura que gusta especialmente a estos roedores... Propone J.A.M., medio en broma, que le preste a K. para que mantenga a raya la nueva plaga. Pero K. es una gata doméstica, que sólo ha ejercido sus dotes de cazadora con algunos pájaros de nuestros balcón y los insectos que se crían en la leña amontonada en el patio, y en la huerta de nuestro amigo se han visto, no sólo topillos y ratones, que seguramente harían las delicias de la gata, sino también ratas y serpientes, ante las que no sé cómo reaccionaría. De estas últimas, por cierto, me menciona mi interlocutor un ejemplar de unos dos metros al que vio iniciando plácidamente la deglución de un sapo a la

HOMENAJE

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Modesto pero sentido homenaje cívico a J.C., el amigo benaocaceño que murió repentinamente hace apenas un par de meses. Se congregaron en la plaza unas doscientas personas, puede que más; lo que, teniendo en cuenta que la población total del pueblo es de seiscientas, puede considerarse una gran multitud. Respetuoso silencio y, a ratos, ráfagas de emoción difícilmente reprimida. C., que en su vida se había visto en otra igual, llora en silencio. Las lágrimas le bañan el rostro. Y, aunque me conmueve verla llorar, pienso que no puede hacerle daño esta manifestación de empatía con el dolor ajeno, y que la honra el hecho de no avergonzarse de sus lágrimas. Su padre, que es quien esto escribe, seguramente ha tenido que esperar mucho y pagar un precio mucho más alto para adquirir esa imprescindible enseñanza. El momento más emotivo de la ceremonia, en cualquier caso, fue cuando nuestro amigo J.A.M. le entregó a la madre del difunto un retrato de éste, pintado expresamente para la ocasión. C

PURGATORIO

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No es la muerte el mejor momento para hacer balance de la valía de un escritor. Quienes se ocupan de estas cosas saben que, después del momentáneo repunte de publicidad y estima que acompaña la noticia del fallecimiento de un literato famoso, viene lo que se suele llamar “el purgatorio”: durante unos años la obra de ese escritor no se reedita ni se lee, y el sentimiento general del público, cuando se alude a ese nombre conocido, es de saturación. El muerto al hoyo, parecen pensar todos. Y a ese hoyo va a parar también la estima de la que gozó en vida. Para comprobarlo, basta visitar una librería de viejo. Tiene uno esa melancólica costumbre. Cuántos prestigios literarios se liquidan a menos de un euro el ejemplar, cuántos amarillecen o se cubren de polvo. Y cuánta consideración mundana clama inútilmente desde esas sobrecubiertas descoloridas o desde esas elogiosas notas de solapa. De nada sirve haber sido académico, como tantos, o premio Nobel, como Knut Hamsun (en la foto) , o haber v

NEBLINA

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Larga conversación con C. sobre el futuro, esa neblina. Resulta un tanto forzado, y hasta violento, tener que decidir a esas edades cómo resolver la propia vida. Y el caso es que el cauce burocrático, estandarizado, por el que transcurren nuestras existencias nos obliga a tomar decisiones tempranas que frecuentemente no tienen vuelta atrás, o sólo tienen remedio a cambio de no se sabe qué imponderables demoras y renuncias en esta carrera hacia ninguna parte. Trato, no obstante, de suavizar un poco el dramatismo de la situación. Hay cosas que sí tienen vuelta atrás. "¿Si no doy Latín en cuarto ya no podré hacer el bachillerato de letras, en caso de que me decida por ese camino?". Le digo que no importa, que yo mismo la prepararía durante el verano para que no se viera en situación de desventaja. De qué otras carencias y situaciones de desventaja no la podré librar, me pregunto. A su edad no recuerdo haber sentido esas inseguridades. A mí siempre me gustó lo que me gusta ahora:

MENTIRAS PIADOSAS

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El lunes por la tarde tuve la oportunidad de narrar un terremoto en directo desde este cuaderno: sucedió mientras escribía en él. No lo hice, supongo, porque no di crédito a mis propias sensaciones. Noté la sacudida del suelo y luego, durante unos segundos, la vibración que experimentó el inestable conjunto que forman, a mi izquierda, la torre del ordenador y el sistema de altavoces que, a falta de mejor sitio, he colocado encima de ésta. Me inquietó sobremanera esa vibración: creí que eran los mecanismos internos del ordenador, que traqueteaban, presagiando un fallo general del sistema. Es decir: sustituí un temor pequeño, casi mezquino (las molestias que podría haberme causado una avería del ordenador) por lo que hubiera sido más natural: el espanto legítimo ante la evidencia de que la tierra había temblado bajo mis pies. M. A. me sacó de dudas: "Oye, ¿has notado el temblor?". K., más fiel a sus instintos, había salido disparada. Por un momento nos miramos, como si temiéram

NI A LOS GATOS

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Idea para un artículo: la actual proliferación de banderas españolas en balcones, azoteas, etc., al socaire de la fiebre futbolera. Como la de barras y estrellas en los porches y gasolineras americanas después del 11-S. *** ¿Por qué será que a mí Saramago me recuerda a Pemán? Y eso que el gaditano sobrevivió a su tiempo y no llegó a conocer las honras fúnebres que seguramente le tenían reservadas. *** K. busca el sol todavía, como en invierno. Este verano en ciernes no satisface todavía a nadie. Ni siquiera a los gatos.

VOYEUR

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Empleamos parte de la tarde del domingo en ver El hombre de la cámara de cine , de Dziga Vertov. Una experiencia extenuante, todo hay que decirlo, y muy apropiada para sacudir la atonía de estas tardes que preceden la vuelta al trabajo. El placer de mirar, podría decirse. Y de verse a uno mismo como una vertiginosa coctelera de cosas vistas. El cine, debía pensar Vertov, es asunto de voyeurs , de gente que disfruta mirando, no ya el acto sexual, tan previsible, sino la inmensa variedad de caras, movimientos, vehículos, calles, carteles, detalles, etc. que un día cualquiera pone ante los ojos de uno. La cámara, si acaso, enfatiza la mirada, dota a cada imagen de un peso específico, de una significación. Más o menos como la palabra: lo nombrado -lo filmado, en este caso- inmediatamente nos plantea la pregunta de qué significa esa mención o esa captación. Vemos una multitud en una playa y nada parece llamarnos la atención; pero la mirada -la cámara- se fija en una mujer que se unta barro

EL CHIRINGUITO

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Se pronunció el juez sobre el caso del quiosco o chiringuito gaditano situado en terreno de todos, que es como decir en tierra de nadie. Y dictaminó que hay que derruirlo. Todo comenzó, recuérdese, porque el ayuntamiento autorizó su construcción y la Junta decidió impugnarla. No entiende uno de esas cuestiones. “Somos juguetes de los dioses”, decían los griegos, retratando la situación del hombre que, impulsado por su dios titular a llevar a cabo determinadas acciones, ofendía sin querer a otro dios no menos poderoso que el primero y sufría las consecuencias de esa animadversión involuntariamente lograda. Somos juguetes de la política, diríamos nosotros, poniéndonos en el lugar de los propietarios del quiosco que ahora deberá ser derruido, o no, quién sabe, porque todavía hay cuerda legal para rato… Ha asistido uno al caso con cierta estupefacción. Primero, por el rigorismo legal y estético con el que algunos cuidadanos recibieron la decisión municipal de promover la construcción de e

QUE ESPERE

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Extraña tarde, que empleo en ir a comprarme las aletas que me ha pedido mi monitora de natación y en llevar a la gata al veterinario, para que le mire unas manchas que le han salido en las fosas nasales y que alguien nos ha dicho que podrían deberse a una infección por ácaros... Tiene uno casi todas sus tardes amortizadas de antemano ante el ordenador, por lo que estas salidas por asuntos aparentemente cotidianos son una excepción, una ruptura de la rutina, y así las recibe uno: como pequeñas incursiones en esa confusa esfera de incongruencias y absurdos que llamamos realidad. Y ahí me veo, en los pasillos de unos grandes almacenes, sentado en un banco y mirándome las extrañas prolongaciones que les han salido a mis pies, como si hubieran sido objeto de un hechizo o de una metamorfosis que me hubiera convertido parcialmente en rana. Y luego ante el veterinario, que es un hombre menudo que viste una llamativa bata de colores chillones, como para restarle dramatismo a su cotidiano trato

EN ZAPATILLAS

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Es curioso: al último libro que he leído, y que era un encargo del suplemento literario para el que trabajo, he dedicado varias entradas en este cuaderno, surgidas al hilo de la lectura, y ninguna de ellas me ha llevado más tiempo del que materialmente exige teclear las palabras que las componen; quiero decir que apenas he tenido que pensar lo que he escrito en esas entradas, porque eran observaciones impremeditadas, espontáneas, mera transcripción de ese discurso paralelo que surge en la mente de cualquier lector más o menos entrenado mientras recorre un texto. Sin embargo, cuando me he puesto a redactar la reseña propiamente dicha, esa espontaneidad ha desaparecido. Y, sobre todo, ha costado encontrar el arranque del texto, su justificación, podríamos decir. Tales preámbulos son innecesarios en este cuaderno íntimo, escrito por que sí. No es que esté descontento con el resultado del otro: ha sido una lectura provechosa, y hacer la recensión de la misma me ha resultado placentero por

RETRATO (2)

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Hay una diferencia entre el pintor y yo: yo sé que él me está pintando, pero él no sabe que yo lo estoy pintando a él. Suena la radio: esa música ramplona que dejamos sonar cuando lo que pretendemos no es deleitarnos con tal o cual repertorio musical, sino simplemente llenar un silencio que enfatiza demasiado el paso del tiempo y la soledad. J.A.M., lo he constatado otras veces, pinta siempre con la radio encendida. No creo que la escuche, aunque lo cierto es que incluso a ratos hace amagos de silbar la melodía de turno; tarea que encomienda, supongo, a alguno de esos subsistemas nerviosos encargados de funciones tales como la digestión o la producción de hormonas... Pero ojo, que a hora se levanta y retrocede unos pasos, para comprobar el efecto de conjunto de lo ya pintado. Se me ocurre que, aunque no le he dicho que yo también lo estoy "pintando", lo intuye, y por eso "posa" de pintor. Tampoco me extraña: uno de los rasgos más destacados de este hombre es, sin

RETRATO (1)

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Escribo esta entrada mientras poso para J.A.M., que quería hacerme un retrato al óleo... Me sugiere que escriba mientras tanto, lo que no me parece mala idea, ya que escribir es una de las pocas ocasiones en las que logro desprenderme de lo que podríamos llamar mi exceso de autoconciencia. La otra posibilidad era leer. Pero está uno acostumbrado a leer en lugares públicos -autobuses, plazas, terrazas, etc.-, y a componer determinada figura en ellos, en relación a la concurrencia, los curiosos, el ruido, e incluso la presencia especular de otros lectores. Así que aquí estoy, accionando el teclado mientras el pintor va esbozando su cuadro. Es una situación decididamente extraña, precisamente por esa ausencia de autoconciencia de la que hablaba antes... ¿Quién soy? ¿Qué dejo entrever de mí mientras me olvido de mí en este cuaderno? La respuesta, cuando el cuadro esté terminado. *** Mientras tanto, escribo. Por ejemplo, de la película que vi ayer, La cruz de hierro , de Sam Peckinpah.

LA FERIA

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Pasa uno del mundo a la feria y es como si no hubiera salido del mundo, porque la feria es el mundo y el mundo es una feria. Y viceversa: sale uno de la feria a la normalidad del mundo y es como si no hubiera salido de la feria, porque feria y mundo se confunden. Hay ricos y pobres en el mundo y los hay en la feria; hay incluso mendigos en la feria, idénticos a los que uno encuentra en los portales de las iglesias. Y policías, y ladrones, como también los hay en el mundo real y en los mundos irreales de la política y las finanzas. Va uno por la feria y le apetece un refresco y, como en el mundo, hay establecimientos que los dispensan, y que, miren ustedes por dónde, aceptan la misma moneda de curso legal que circula fuera, e incluso la que no es de curso legal, exactamente como sucede al otro lado de esa barrera invisible e inencontrable. Y se acuerda uno de su tía ancianita, pongo por caso, y hay en la feria, como en el mundo, comercios donde uno puede comprarle unos dulces, unas flor

UNA MONEDA ARROJADA CONTRA UN MURO

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Leo la amplia semblanza de la deportista Lilí Álvarez que se incluye en la biografía de Carmen Laforet de la que me vengo ocupando últimamente. Después de una vida de triunfos deportivos y éxito mundano por toda Europa, regresó a España en 1931, recién proclamada la república, como enviada especial del Daily Mail . Y quien podría haber sido un símbolo de la nueva mujer española, moderna y libre de prejuicios, se encontró con que había quien no le perdonaba su pasado mundano y sus relaciones con la aristocracia europea; hasta tal punto que la diputada radical-socialista Victoria Kent se permitió increparla en los pasillos del Congreso... Lilí Álvarez regresó a su mundo, y no volvería a España hasta después de la guerra civil, para constatar que tampoco gozaba de las simpatías de los nuevos dueños de la situación: el propio general Moscardó firmó la orden de inhabilitación por la que se le prohibía participar en competiciones deportivas nacionales, después de que la internacionalmente r

ZOZOBRAS

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Leo lo que cuenta esta biografía de Carmen Laforet* sobre el trasfondo de la primera edición del premio Nadal, el que ella ganó a los veintitrés años con su novela Nada . Al parecer, los promotores del premio no estaban muy seguros de contar con originales que merecieran la pena, por lo que alguno de ellos sondeó a César González-Ruano para asegurar su participación, lo que implicaba garantizarle el premio. Es, como se sabe, un procedimiento habitual en estos premios literarios de fuste. Pero luego se recibieron algunos originales alentadores, antes incluso de la recepción del de Laforet, y los promotores recuperaron el buen sentido y se aferraron al propósito que les llevó a convocar el premio, que no era otro que aportar savia nueva a la desfallecientes letras españolas de la primera posguerra. El resto ya se sabe. El propio Vergés, no obstante, prestó su voto hasta el final a la opción de González-Ruano, al parecer con la intención de presentar el veredicto final como una reñida vi

FUGITIVO

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Nunca ha dado uno pábulo a teorías conspirativas, ni ha creído en poderes ocultos ni en tramas más oscuras, en fin, que las que constantemente deja entrever la ya de por sí bastante complicada realidad en que vivimos. Pero, ante la que está cayendo, no deja uno de hacerse algunas preguntas. ¿Qué misteriosa fuerza está obligando a la práctica totalidad de los países europeos a rendir cuentas públicas, a ajustar sus presupuestos y enjugar sus déficits, y a anunciar sin paliativos a la población que, como resultado de estas medidas "de ajuste", a partir de ahora va a ser más pobre; o, como ha dicho Cameron a los británicos, que la crisis "cambiará su modo de vida durante años"? Ante la sucesión de anuncios de esta clase, no salimos de nuestro asombro. Está claro que nuestras vidas van a cambiar. No es que no me parezca conveniente alguna clase de cambio, e incluso una cierta apelación a vivir de otro modo. Lo extraño es que sean los gobiernos, tan propicios a la inerc

MIRADAS

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En ciertas ocasiones festivas soy básicamente un mirón. No sé hacer otra cosa. No sé bailar, no sé contar chistes, me canso de comer y beber. Miro. Miro y aprieto el disparador, para dejar constancia de que hubo una mirada y una ocasión de mirar. A veces pienso incluso que esto me podría costar algún disgusto, y me he trazado reglas para impedir que esta afición mía pueda vulnerar convenciones vigentes y, supongo, respetables. Fotografío vacíos, fragmentos de cuerpos o caras que no permitan identificar a sus dueños. Es, digamos, un tipo de fotografía que se aviene bien a las convenciones de privacidad que rigen en este diario íntimo y abierto a un mismo tiempo. No sé qué persigo con ello. Distraerme, en principio. Y adelantarme a la desmemoria, que sólo respeta lo casual, lo fragmentario, la luz, los detalles inconexos. Miro y constato el olvido de todo lo que no está en mi mirada. Miro y hago espacio para todo eso que no está.

MAYO

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Si abril era “el mes más cruel”, según decía el poeta, mayo no parece andarle a la zaga. Terminó el mes de mayo más amargo de los últimos años. Al menos, sobre el papel. Porque lo cierto es que, en la calle, este mes de mayo lleno de anuncios pesimistas, de recortes y de malos augurios, ha sido tan festivo y ceremonial como siempre. Comuniones, bodas (religiosas o civiles, tanto da), graduaciones, fiestas fin de curso: después del largo y riguroso invierno, mayo ha sido una fiesta. Y, como todas las fiestas, ha sido más producto de la voluntad de los participantes en la misma que de los severos condicionantes de la realidad. Si de éstos últimos dependiera, la mayoría de las comuniones y bodas se hubiera suspendido. No hay futuro, dicen todas las previsiones, resulta insensato endeudarse para dar un banquete a cien invitados, e inmoral gastarse el sueldo de una quincena en un traje nuevo. Sin embargo, salía uno a la calle y no podía evitar tropezarse con alguno de esos tropeles festiv

NIEBLA

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Niebla a ras de playa. Un mundo atenuado, sin salientes ni aristas. Un mundo hecho de luz y agua. *** A vueltas con la biografía de Carmen Laforet que ando leyendo. Quizá los "excesos interpretativos" que mencionaba ayer vinieran dictados por la necesidad de cubrir un espacio sobre el que forzosamente, salvo en casos muy excepcionales, siempre hay pocos datos: la infancia en familia, es decir, en la intimidad, sobre la que no suele haber registros ni pruebas documentales. Todo lo contrario sucede con el tramo siguiente, dedicado al paso de la autora por un conocido instituto de enseñanza media de las Palmas de Gran Canaria, y prueba fehaciente de lo que un biógrafo competente puede hacer cuando cuenta con datos objetivos. No es que éstos sobren tampoco, pero el periodo está dominado por una personalidad excepcional, la de la profesora, y luego valiosa erudita y estudiosa de la literatura del Siglo de Oro, Consuelo Burell, de la que el capítulo en cuestión ofrece una hermosa

ÁNGELES

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Empiezo con muchas ganas la lectura de esta biografía de la novelista C. L. y me desinflo a las pocas páginas, abrumado por los excesos interpretativos de los que hacen gala los autores, y que suelen articularse en razonamientos de este tipo: "Si este dato es cierto (cosa que no es del todo segura, y ni siquiera probable), éstas serían sus importantísimas consecuencias (de tal peso, en fin, que hacen deseable que el dato dudoso no lo fuera)". Con esos mimbres cualquiera hace una biografía imaginativa, llena de tesituras cruciales. Y el caso es que, prescindiendo de estos abusos, éste es un libro puntilloso y bien documentado, al que sólo aqueja el prejuicio, muy extendido, de pretender encontrar en la vida de un autor antecedentes precisos de los rasgos más destacados de su obra. Descreo del prejuicio opuesto, claro, muy en boga hace unos años: el que llevaba a pretender que biografía y obra no tenían nada que ver, e incluso consideraba ilegítima la lógica curiosidad que nos

PLAYA

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El calor lleva siempre consigo una invitación a una forma de vida más sencilla. Andar medio desnudo, o desnudo del todo, a la orilla del mar, con un vaso de bebida refrescante en la mano. Abandono a una sensualidad elemental. Relativización de todo lo que no se ajuste a esas mínimas exigencias. No sé si el calor nos hace más o menos civilizados: hay opiniones al respecto. O hay, como sobre casi todo, dos opiniones principales: la de quienes afirman que de un mundo de salvajes semidesnudos no puede esperarse nada que merezca la pena, y la que quienes asocian la barbarie a gente hirsuta y revestida de pieles, cabalgando por un páramo helado... Uno es ecléctico al respecto. La civilización posiblemente ocurre en el momento en que el bárbaro cubierto de pieles opta por la desnudez como solución estética, o en el que el del taparrabos encuentra un sentido ornamental, a la vez que simbólico, en las vestimentas que no necesita. La civilización es siempre gratuita. Y por eso su expresión más a