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Mostrando entradas de agosto, 2010

UNIVERSOS

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Alegría visual de las mañanas, desde el ángulo en picado que me proporciona el balcón de mi cuarto de trabajo, en un segundo piso: las muchachas casi en deshabillé que pasean por las mañanas a sus perros. Cada pocos minutos pasa una bajo mi balcón, a veces literalmente arrastrada por el ímpetu de su mascota, y otras empujada por los vientos despiadados que suelen azotar estas latitudes. Entonces dan impresión de fragilidad, y parecen encarnar ese característico desgobierno del propio destino que deparan la juventud y la relativa pobreza. Pero otras avanzan con pie firme, bien plantadas sobre sus piernas, el pecho firme, la cabeza erguida, la ropilla de andar por casa muy ceñida al cuerpo, como gustaba Fidias de representar los trapos con los que envolvía a sus figuras. Entonces sí: entonces uno interrumpe brevemente su briega con el teclado y les dedica una mirada. *** Nos perdimos en aquella película de Imamura. No entendíamos nada. M.A. lo achacaba a la mala calidad de los subtítu

Z.

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El verano se despide con la broma pesada de una gastroenteritis que nos tiene postrados todo el domingo. K., a la que también dimos a probar el comistrajo culpable, se pasa el día tendida a los pies de la cama, no sabemos si por empatía o porque también la gata ha pillado la infección. Más bien lo primero: en uno de los escasos paseos que se permite, descubre una salamanquesa en el despacho, y eso termina de reanimarla. Tanto que, para que no destroce el monitor o los demás trebejos informáticos que se amontonan sobre la mesa, mientras se encarama sobre ellos para alcanzar al bicho, somos nosotros quienes optamos por capturarlo y devolverlo al balcón, de donde ha venido. En vano: insensatamente, el animalillo vuelve al despacho, y esta vez no se libra de las garras de la fiera. *** En los días previos habíamos estado en Z., el conocido enclave costero gaditano, favorito de cierta clase media con ínfulas bohemias. Mujeres muy bronceadas vestidas preferentemente de blanco deslumbrante,

VIEJOS

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He dejado para agosto este artículo que a lo mejor podría haber escrito un poco antes. Y es que la placidez de agosto, su definitiva adscripción al ocio vacacional, parecen convenirle al tema. La Unión Europea sugirió, a principios del mes pasado, que la edad de jubilación debería ser los setenta años, y que, si no es así, los sistemas de pensiones quedarán desbordados y habrá casi tantos jubilados como trabajadores en activo. Puede que esto sea verdad. Lo que significaría, en fin, que hasta ahora habíamos vivido bajo una gran mentira, y que el principio de que los trabajadores en activo cotizamos ahora para que se nos asegure una pensión en la vejez era una estafa: cotizamos para mantener más o menos al día las cuentas del sistema, y mañana ya se verá. Mientras se resuelve este enredo, y los políticos aciertan a encontrar el modo de dulcificarle la píldora a la población, parece conveniente empezar a hacerse a la idea. No está muy claro, de todos modos, para qué nos jubilamos. Lo id

CONCIENCIA

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Asombra la nitidez del horizonte en estos días. El primer síntoma del otoño no es de orden meteorológico, sino luminoso. Desaparecidas las calimas de julio y agosto, el aire se vuelve más transparente. Las construcciones, barcos, grúas, etc. que veo desde mi ventana, al otro lado de la bahía, parecen trazados por un dibujante extraordinariamente minucioso, que no hubiera sacrificado ningún detalle. Nada de "atmósfera", nada de abocetamientos ni difuminos. Hasta uno, que padece desde hace algún tiempo esa humillación sobrevenida llamada "vista cansada", adornada con esas burbujas y nubes que con el tiempo se adueñan de la retina de los miopes, tiene la impresión de tener la vista más despejada, la mirada más limpia. Mirar, al fin y al cabo, es también una cuestión moral. La conciencia también la tengo en paz. Debe ser eso.

AXEL MUNTHE

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Son los libros los que eligen a sus lectores, decía ayer, y no al revés. Y justo eso es lo que me ha pasado con este otro, que llevaba años saliéndome al paso en casi todas las librerías de viejo en las que entraba, y que yo rechazaba con igual contumacia. Se trata de La historia de San Michele , la autobiografía más o menos novelizada del médico sueco Axel Munthe. Debió de gozar de mucho predicamento ese libro en otras épocas, lo que sin duda explica las muchas ediciones que ha conocido. Yo lo esquivaba siempre porque, al hojearlo, desprendía ese mismo aire de objeto rancio que desaconseja, por ejemplo, llevarse a casa las novelas de Knut Hamsun. Un presentimiento, digamos, de sentimentalismo y moralina, que son otras maneras de denominar el oportunismo de los best-sellers , y también los motivos de su caducidad, porque las incitaciones al sentimentalismo y la moralina cambian cada veinticinco años... De Axel Munthe llegué incluso a comprar un título secundario, una recopilación de ar

LA HUIDA

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Me habla J. de la tesis doctoral en la que anda ocupado. "¿Has visto esto?", le digo. Y le enseño un viejo mamotreto en dos tomos, editado hace ciento veinte años, que adorna los estantes altos de mi biblioteca. Es una compilación que coincide en gran medida con el campo y objetivos de la tesis de J. Se queda asombrado, y durante largos minutos ojea los dos tomos en silencio... Naturalmente, le invito a que se los lleve y los tenga consigo el tiempo que estime necesario. "Ya me los devolverás", le digo, sabiendo lo que valen estas palabras entre personas que con frecuencia experimentamos, al tener ciertos libros entre las manos, una sensación de avidez que apenas se corresponde con las actitudes y maneras más morigeradas que afectamos en casi todas las demás circunstancias de nuestra vida. Me pilla, sin embargo, con el ánimo desprendido: desde hace tiempo tengo la convicción de que lo que conviene a quien ha acumulado más libros de los que puede acomodar es, precisa

LA IMPORTANCIA DE LOS ACENTOS

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Vuelvo a este cuaderno después de haberlo tenido cerrado durante un mes. Es la primera vez que me permito una pausa tan prolongada, lo que, en el momento de ponerle fin, me deja en una situación de cierta perplejidad ante la naturaleza de las cosas que habitualmente traigo a este cuaderno, y que, por haber sido aplazadas, o fiadas al capricho o a las ganas de escribir de un indeterminado momento venidero, que es éste, ahora comparecen ante mí como desvaídas, o faltas de inmediatez o pertinencia. Uno esperaba lo contrario. En un mes, me decía, serán tantas las anéccotas, observaciones, opiniones, impresiones de lectura o de películas, etc., acumuladas, que, cuando me siente a escribirlas, casi no daré abasto: escribiré ex abundantia cordis , como dicen que escriben los escritores que verdaderamente tienen algo que decir, y no con esos tiquismiquis y esa poquedad de los que exprimen la magra cosecha del no-suceder diario. Agosto ha dado para mucho... Eso me decía. Y ya veo que no. Se viv

LA FRESCA

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Igual que uno es más partidario de otoño o la primavera que del verano o el invierno, lo es más de las horas frescas del día –las primeras de la mañana, las que siguen a la puesta del sol– que de las centrales. Y, puestos a elegir, más de las matinales que de las vespertinas, porque son las horas en que todavía duermen los vencidos por la noche en blanco, los partidarios de la oscuridad y el ruido (uno lo fue, ay, en tiempos no lejanos), los que pasan directamente de la sábana sudada a la tumbona contemplativa bajo un sol de justicia. De todo tiene que haber en este mundo; y, como somos tantos, mejor que la población se reparta equitativamente las horas del día, y cada uno elija para sus quehaceres o sus ocios la que más de acuerdo esté con su carácter. La mía, la primera de la mañana; la hora en que se levantan las barajas de los comercios y en la calle sólo están los adultos con responsabilidades caseras o familiares, que han salido a hacer la compra; porque los otros, los desocupado

OFICIOS DE AGOSTO

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No sé si en las estadísticas más o menos triunfales que registran el habitual descenso del desempleo en verano figuran los músicos de feria. Deberían, porque en fechas señaladas, tales como el populoso puente de agosto, podrían contarse por miles los que tocan en otras tantas fiestas patronales a todo lo largo y ancho de la geografía patria. Y uno los admira porque, amén de envidiar la seguridad con que se mueven sobre los tablados y el aplomo con el que interpelan a la concurrencia para que ésta se desinhiba, tienen con lo suyo una relación que ya quisiera uno para con las cosas a las que dedica sus afanes. Quizá la medida del verdadero artista sea aplicarse a lo humilde con el mismo entusiasmo que a lo sublime. Como nuestros clásicos, que lo mismo eran capaces de armar una coplilla popular de dos estrofas que un largo poema épico en octavas reales. A estos músicos baqueteados se les supone el oficio: basta verlos montar su tinglado, ajustar sonoridades, disponer sus partituras. En

LOVE PARADE

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Parece casi lógico, dentro de lo trágico: si vivimos agolpados, si nos divertimos masivamente, si no hay un solo acto de nuestra vida que la estadística no relacione con los hábitos y preferencias de millones de personas, ¿por qué la forma más característica de morir en estos tiempos no iba a ser la muerte en masa, multitudinaria y, como todo lo que atañe al destino individual en relación a las multitudes, un tanto irrelevante y absurda? Ésa ha sido la suerte de las veinte personas aplastadas por la multitud de la que formaban parte, durante el evento masivo conocido como “Love Parade”, el Desfile del Amor, celebrado en una localidad alemana. Siempre me ha parecido que hay algo siniestro en estas ocasiones en las que todo el mundo hace lo mismo, corea la misma consigna, se divierte del mismo modo, baila al mismo son. Me recuerdan a los grandes actos de masas que organizaban los nazis, o a los desfiles cuadriculados de la Plaza Roja. Unos y otros se efectuaban a mayor gloria del tirano