domingo, diciembre 30, 2018

AQUELLOS DIARIOS

Los diarios de AT. Es curioso cómo ha cambiado con los años mi relación con estos libros, que ya suman veintiuno y vienen publicándose desde 1990. Entonces, cuando apareció la primera entrega, El gato encerrado, tenía yo veintisiete años y hacía mis primeros pinitos literarios en el suplemento Citas de Diario de Jerez. Allí precisamente vieron la luz en forma seriada los textos que luego compondrían la mencionada primera entrega, que tardó en encontrar acomodo editorial. Para quienes leíamos Citas, en cambio, el valor y novedad de aquello era evidente: una especie de bien urdida miscelánea en la que convivían anécdotas cotidianas con lúcidas impresiones de lectura y certeras tomas de temperatura a la elusiva contemporaneidad. Delineaban un personaje reconocible, con cuyos tics más característicos el lector no tardaba en familiarizarse. Y tenían el don de abrir horizontes, especialmente a quienes, como era nuestro caso, estábamos deseosos de encontrar referentes literarios, presentes y pretéritos, que fueran más allá de las burdas categorizaciones de escritores y escuelas que habíamos aprendido en los manuales. La aparición de aquel libro y los que siguieron fue, digámoslo ya, un hito generacional, a pesar de que su autor era unos años mayor que los veinteañeros que escribíamos en aquel suplemento. Pero lo anómalo del tiempo literario en el que nos tocó estrenarnos era precisamente eso: que no habíamos dado en volver la espalda a los escritores de la promoción anterior y que a algunos de ellos -Francisco Bejarano o Fernando Ortiz, por ejemplo- los considerábamos nuestros maestros. AT se situaba, por edad y circunstancia literaria, a medio camino entre esa promoción y la nuestra; pero, cuando se tienen veintitantos años, quien tiene unos pocos más es considerado ya irremisiblemente como uno de tus mayores.

Anoto esas cosas a tenor de la impresión que me ha causado la lectura de Mundo es, la última entrega (la vigésimo primera) de estos diarios. Corresponden al año 2007, en el que yo ya escribía mi propio diario y reflejaba en él muchas cosas a las que AT se refiere en el suyo: desde lecturas como las Antimemorias de Malraux -que reseñé en su día-, hasta la muerte de Francisco Umbral o la concesión de un importante premio nacional a Antonio Gamoneda. Diez años median entre este diario de 2007 y su publicación; y diez años es precisamente la diferencia de edad que hay entre AT y yo, lo que hace que la persona que me habla desde las páginas de este Mundo es sea ahora mi estricto coetáneo y se refiera, además, a hechos de los que tengo conocimiento de primera mano y de los que he escrito yo también. Aquel escritor "mayor" de hace más de un cuarto de siglo se ha convertido en alguien mucho más cercano: en alguien que, en estas páginas escritas hace diez años, mediaba la cincuentena, afrontaba el momento agridulce en el que los hijos se emancipan, asistía a la vejez, enfermedad y muerte de un buen número de personas cercanas y se hacía sus propias composiciones de lugar respecto a lo que significa franquear determinados umbrales de edad. 

No quiero decir, con lo que antecede, que mi lectura de estos diarios se reduzca ahora a una complaciente constatación de coincidencias. Pero sí que la literatura, y en particular el peculiar trampantojo urdido por AT con este diario que quiere ser novela y que año tras año pone ante los ojos del lector un tramo corregido -quiero decir, pasado por el filtro de la reelaboración literaria- del pasado inmediato, ha convertido estos libros en una especie de espejo cambiante en el que al principio no nos veíamos del todo -era imposible, no estábamos allí-, pero en el que poco a poco hemos ido aprendiendo a reconocernos. Ello no nos equipara a AT, ni nos hace ver lo suyo como algo que cualquiera de nosotros podría haber escrito. Más bien todo lo contrario: su originalidad sigue siendo patente. Pero ahora nos habla desde experiencias y circunstancias vitales que compartimos con él; es decir, ya no es el ignoto nuevo maestro que descubríamos en las páginas de Citas, sino una voz que habla, con esa misma autoridad de entonces, de cosas que ya son  nuestras. Bienvenido sea el cambio, por lo que tiene de confirmación de una expectativa que quizá entonces no nos atrevimos a formular, pero que de alguna manera estaba implícita en el propio gozo que nos proporcionaban aquellas páginas.

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