UN DIARIO


16/6/18

Leyendo los Cuadernos de la Romana de Torrente Ballester. Como es un diario destinado a ser publicado en un periódico conforme va siendo escrito, no puedo evitar compararlo a este cuaderno mío, sometido más o menos a los mismos condicionantes: la preocupación de encontrar un tono medio que permita la expresión de un cierto grado de intimidad sin incurrir en el exhibicionismo o la mera indiscreción. En ese aspecto, incluso diría que el "diario abierto" de Torrente se atreve con cuestiones que yo no me atrevería a ventear aquí: por ejemplo, sus referencias casi diarias a sus clases en el instituto, a sus alumnos y a las rutinas burocráticas asociadas a la enseñanza. Pero mis motivos para no utilizar este cuaderno para hablar de esas cosas no tienen que ver solamente con un prurito de discreción, sino más bien con todo lo contrario: como hoy en día la posibilidad de desahogar las penalidades laborales está al alcance de cualquiera, y hay quienes lo hacen en los foros más insospechados, me parece un tanto fuera de lugar traerlas aquí. Es sólo un ejemplo. Hoy día, un "diario abierto" como el que se plantea Torrente debería imponerse la cautela de evitar los asuntos a los que comúnmente se aplica la gente que se desahoga en Facebook en en las conversaciones grupales en whatsapp

Más allá de desahogos profesionales y algún que otro lamento gremial, lo que realmente interesa de este diario es el preciso autorretrato que ofrece de un escritor maduro que ha alcanzado el reconocimiento de la crítica y de sus colegas, pero no exactamente la fama, ni mucho menos la popularidad o la riqueza. Sus propios alumnos le preguntan por qué no aparece en los manuales, a lo que modestamente responde que quizá él no es de "los importantes" y que quizá los que sí aparecen en el manual -que adivino que debe de ser alguno de los de Lázaro Carreter, tan populares entonces- son mejores...  En realidad, el mero hecho de que un autor con semejante trayectoria y prestigio esté todavía dando clases en un instituto de enseñanza media a sus sesenta y tres años de edad resulta ya elocuente al respecto. Uno de los temas de fondo de este diario es una especie de sentimiento de desubicación, que no se refiere solamente a la posible insuficiencia del reconocimiento alcanzado, sino también a la sensación de ser un hombre de otro tiempo, incapaz de asimilar las novedades intelectuales del momento -en lingüística, por ejemplo-; y también al balance que hace de su generación, la de los nacidos entre 1905 y 1920, que él ve dispersa y dividida y apenas bendecida por el don de la amistad del que hacen gala los supervivientes del 27, por ejemplo. 

No es que se trate de un hombre amargado: su curiosidad casi universal, su disfrute del trato de los allegados y su rigurosa autoexigencia, más propia de un principiante ambicioso que de un consagrado, se lo impiden. Pero sí es un hombre discretamente pesimista, que no se engaña sobre el signo de los tiempos, que es el de la liquidación del pasado. En ese sentido, en más de una ocasión ironiza amablemente sobre las ínfulas destructivas de los jóvenes que se proclaman "revolucionarios" y sobre el hecho mismo de que los encuadrados en esa franja del espectro ideológico se crean depositarios de la superioridad moral. Torrente, como solía ocurrirles a muchos otros supervivientes de otros tiempos -pienso en nuestro Fernando Quiñones- no se atreve a contradecirlos, mucho menos a rebatirlos. Pero sí marca distancias y aprovecha alguna que otra ocasión inocua -por ejemplo, al comentar el estreno de Anillos para una dama de Antonio Gala- para proclamarse "liberal" e inclinado a preferir la razón particular del individuo a las grandes razones colectivas. 

Y todo esto se va filtrando a lo largo de una minuciosa crónica del acontecer diario en la que se suceden las clases, algún viaje con pretexto literario, las rutinas hogareñas, las lecturas y el encogimiento de corazón ante las inquietantes noticias que llegan del Oriente Medio o de la ya inminente "crisis del petróleo" que terminaría con muchas de las seguridades que Occidente tenía respecto a lo irreversible de su prosperidad o de sus logros sociales. 

Se leen estos diarios con desazón, con la incomodidad que provoca asomarse un tanto inopinadamente a lo que parece el relato de una atareada rutina que apenas acaba de encubrir un sentimiento palpable de desubicación e incluso de fracaso. Nadie diría que quien los suscribe fue un escritor de renombre. Otra cosa es pensar si se le sigue leyendo. Pero esa preocupación ya no puede alcanzarle. 

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