GASTRONOMÍA



7/7/18


El hambre te reconcilia con tus ancestros.


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No hay comida que no implique depredación ni digestión que no incluya un momento de arrepentimiento.


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No es que la posición del vegetariano sea moralmente superior a la de quien come carne; ocurre, simplemente, que este último siempre es de algún modo consciente de que entre el origen de su condumio y el momento de comerlo media un acto que es mejor no someter a discusión con quien se cree libre de ese pecado, y quizá de otros.


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A veces bebo para recordarme a mí mismo la sed que no me había dado cuenta que tenía.


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Una vez te acostumbras a tomar los alimentos con palillos, como hacen los orientales, pincharlos con el tenedor te parece infligirles un maltrato innecesario. La vida está llena de concepciones culturales igualmente infundadas.    


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Comer sólo por placer es el camino más seguro para que la comida -lo mismo puede decirse de otros goces- deje de proporcionarte placer.


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La fritura es popular, el asado aristocrático; los guisos, cosa de la clase media.


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Hay museos que producen la misma impresión de hartazgo por saturación que ciertos excesos de comida. Y el motivo es el mismo: la sospecha de que todo ha sido frito con el mismo aceite, o condimentado con los mismos aderezos.


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Lo que te gusta del vino no es sólo el sabor, como lo que te gusta de la poesía no es sólo que esté bien escrita.


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Los programas de cocina en la televisión, las notas de cata en los periódicos y la frecuentación de restaurantes pretenciosos han convertido el comer y el beber en un acto de impostura: es la señal de que a la cocina también le ha llegado la hora del arte moderno.


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Un buen desayuno predispone al optimismo; un almuerzo copioso, al cinismo; una cena excesiva, a los desvaríos culpables de la imaginación.


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Hay comidas de cortejo que son como un paladeo anticipado de lo que vendrá después.


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Más allá de los helados, casi no hay ningún otro alimento que se deje lamer. Y hay descompensaciones que engendran fantasías.


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Mi primer sabor exótico: el del caqui; mi primer efecto de trampantojo: el chocolate blanco; mi primera arbitrariedad: descartar el queso de mi dieta. 


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El placer de comer pescado crudo sería aún mayor si pudiéramos hacerlo con la cabeza sumergida en un arrecife de coral.


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En el reino animal, el gastrónomo por antonomasia es el buitre.


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Ver comer a los cerdos invita siempre a la humildad. 


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Comer por obligación es casi tan triste como sobrevivir por obligación.


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Los afanes espirituales se parecen más a la sed que al hambre, por eso de que los líquidos son más sutiles que el alimento sólido. Un paso más: vivir del aire, que tiene en común con el agua la cualidad de la transparencia. El alma, que es diáfana, sólo puede nutrirse de cosas diáfanas.


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Los ricos envidian siempre un poco el hambre de los pobres, siquiera sea como condimento.


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El capitalismo sabe que el canibalismo es algo más que una cuasi homofonía.


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La mirada y el paladar se envidian mutuamente.


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Por mucho que se le interrogue, ningún plato contiene las respuestas que el inapetente busca en él.


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El diletante come por curiosidad.


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Sólo los árboles saben comer. 

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