UNA CONFESIÓN


Empiezo a transcribir el diario de 2017. Melancolía: ese año empezaba bajo el peso de un acontecimiento luctuoso al que, cierto, apenas hago referencia durante su andadura, pero que sin duda tiene su peso en el tono general de lo escrito en los meses siguientes. Era, además, el primer tramo de mi diario on line que escribía bajo el compromiso de programar sus entradas para que no se pudieran leer hasta transcurrido un año de su escritura, lo que ha supuesto también un cierto olvido de los pudores que pesaban sobre él cuando lo publicaba sin filtro ni demora. No es que haya contado nada que no contara antes, pero sí me da la impresión de que el tono es más fiel al estado de ánimo que dictaba aquellos apuntes y que quizá ha desaparecido de ellos el disfraz literario mío del que me siento menos orgulloso, mi yo social o sociable, tan propenso a esbozar ante los extraños, como solemos hacer los tímidos, una sonrisa propiciatoria. Ahora esa sonrisa, ese desparpajo un tanto impostado, están atenuados o puede que eliminados del todo, y en eso creo que gana, no sólo la justeza en la expresión de la intimidad que debe de ser la meta de todo diario, sino también mi propio asentimiento a ese personaje mío cuyo modo de actuar no siempre me gusta. Ahora soy, si acaso, más antipático; que ya es decir.

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Y mientras dedico la tarde a copiar esas entradas y a revisarlas -ay, cuántas erratas-, me asalta la ocurrencia de que mi destino literario mejor sería poder distraer 500 euros al año o así de mis escuetos ingresos y hacer imprimir estos cuadernos en una edición pulcra y sencilla, en tiradas no mayores de cincuenta ejemplares, y regalarlos a los amigos. Y no querría otra cosa de la literatura y del mercado de vanidades que la envuelve como un papel pegajoso del que, a la postre, hay que desprenderla si se la quiere paladear sin molestas interferencias.

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Permítaseme que use este cuaderno como confesionario: he recomendado a unos amigos un restaurante en el que nunca he estado y al que seguramente no iré en tanto la cuenta de un restaurante de lujo sea un gasto que no me pueda permitir. Pero estos amigos no querían oír una confesión de mi frugalidad de hoy, sino un consejo mundano, y yo les he dado el mejor que he sabido encontrar. Me consta que el local es bonito -una vez unos amigos me hicieron asomar a su vestíbulo, ubicado en un antiguo aljibe andalusí-, y es más que posible que quien ha tenido la sensibilidad de restaurar con tan buen gusto ese espacio no haya descuidado tampoco el menú que se ofrece en su casa. Que lo disfruten, pues. Y que me lo cuenten luego. (26/11/2018)

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