MILAGROS

27/1/2019

Sigue el catarro. Me pongo la mano abierta sobre el pecho y el calor de la palma me alivia los bronquios. Y mientras permanezco en esa forzada postura, como si posara para una nueva versión del famoso cuadro del Greco, en la televisión anuncian un milagroso jarabe contra la tos que incluye una animación en la que puede verse el efecto del medicamento en el árbol de los bronquios, por cuyas ramificaciones vemos extenderse, despacio, un refrescante fluido verde que evoca la circulación del aire fresco por unos conductos ya limpios de flema e inflamaciones. Y pienso entonces, cuando apenas logro infundir con mi mano un poco de calor en mi propio pecho inflamado, en lo bien que estaría ponerse en el lugar del muñeco radiografiado del anuncio, con sus pulmones de figuración limpios y frescos, sin pagar el peaje de la convalecencia y de las servidumbres corporales a ella aparejadas. Milagros de la publicidad: si no fuera porque la noche es fría y una preocupante bruma empaña desde fuera los cristales y sería letal salir a la calle y respirarla, poco le faltaría a uno para saltar de la butaca y lanzarse a buscar una farmacia de guardia en la que le vendieran el dichoso jarabe y su promesa de alivio inmediato: con la sola ilusión bastaría, pienso, para curarse.

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"¿Te apetece traducir -en verso, por supuesto- un viejo poema narrativo de más de trescientas páginas del que nadie se acuerda?". Y  yo digo que sí, porque eso significa que, en al menos dos años, que es el plazo que me dan, me sentiré justificado sin necesidad de añadir ni una coma a mi obra propia, que es la que verdaderamente cuesta: nada más difícil, en fin, que traducir los propios pensamientos a la lengua común. Mejor los de otro.

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La verdad es que casi no sé escribir sin que medie un encargo. Y como éstos no abundan, cuando no tengo ninguno soy yo quien me los asigno. Y debo esmerarme mucho para satisfacer a mi cliente más exigente.  

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