CONFIDENCIAL

14/2/2019

Debe de ser la hora del desayuno en alguna escuela de azafatas de congresos o algo similar. La cafetería está casi copada por grupos de muchachas característicamente vestidas y maquilladas como suele exigírseles a las del ramo. Lo que les presta una especie de aplomo añadido: viéndolas aquí sentadas, en la terraza, delante de sus cafés y mordisqueando delicadamente las tostadas como si la mantequilla fundida no les fuera a manchar el carmín impecable de los labios, da la impresión de que disfrutan su papel, o que al menos se sienten cómodas bajo su armadura. También yo me siento a gusto en esta atmósfera de feminidad resolutiva y eficiente; y, por qué no decirlo, bajo el aura de su juventud y belleza. Intuyo que la vida las tratará con dureza; que ellas mismas, que ahora parecen tan bien avenidas, serán dentro de poco, si es que no lo son ya, competidoras entre sí para disputarse las migajas de empleo que les ofrecerán los buitres que las acechan fuera. Tal vez recuerden entonces que, en mañanas como ésta, bajo un grato sol de invierno, se sintieron motivadas, ilusionadas, seguras de sí mismas, sin advertir siquiera que, emboscado tras su bufanda y sus barbas descuidadas, un cincuentón melancólico las miraba y formulaba para ellas, como si rezara a un dios inexistente, el deseo de que la vida les sonriera.



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Comienzo a leer... No puedo decirlo, porque es una obra que me dispongo a traducir y media con quienes han recurrido a mis servicios un compromiso de confidencialidad. Pero no puedo dejar de anotar que se trata de una muy extensa obra en verso y que me tendrá ocupado en los próximos dos años. Tal vez me sirva para limpiarme de otras preocupaciones adventicias y para disipar mi actual sensación de dispersión. Y, además, es una obra que me gusta mucho.  

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