LABORABLES


25/2/2019


Tarde de domingo, que para nosotros es ya laborable, por lo mismo que la del viernes es ya plenamente festiva. Empezamos a planteárnoslo así cuando descubrimos que era la mejor manera de conjurar esa especie de opresión en el pecho que se instala en el ánimo de uno apenas se sobrepasa la sobremesa del domingo. Nunca he sabido explicarme a qué se debe ese malestar: atribuirlo sólo a que el fin de semana termina y hay que volver al trabajo resultaría excesivo. Además, también sucede en vacaciones, lo que ya resulta el colmo de lo inexplicable. 

El caso es que me he sentado ya ante el ordenador y paso revista a las cosas en las que podría ocuparme en las próximas cuatro o cinco horas... Dije antes "tarde laborable" y quizá debería haber dicho que, salvo urgencias sobrevenidas -por ejemplo, cuando hay exámenes que corregir-, el trabajo que hago en casa por las tardes se refiere exclusivamente a la literatura y a sus áreas aledañas. Y en ese campo, salvo cuando uno anda empeñado en un proceso de largo aliento, hay siempre opciones diversas, lo que a veces redunda en una improductiva sensación de dispersión, que es necesario atajar poniendo manos a la obra a lo primero que se presente ante uno con la suficiente pertinencia. Hoy, por ejemplo, se me ofrecen todas estas posibilidades: escribir en este cuaderno -ya lo estoy haciendo-, revisar unos apuntes portugueses para su posible envío a la revista Clarín -y me estoy planteando si atreverme a ilustrarlos yo mismo, aprovechando que el director de la revista me animó a hacerlo después de ver en FB unos bosquejos míos-, continuar la lectura exploratoria -quiero decir, calibrando y anotando posibles dificultades- del arduo poema narrativo que me han encargado traducir, revisar mis libretas por si hay en ellas algo aprovechable -ideas para poemas o aforismos-, quizá escribir algo sobre Stanley Donen, que murió ayer... Demasiadas cosas, me digo, para una sola tarde. Asoma ya la oreja el fantasma de la dispersión, que me llevará a lo más sencillo: a tumbarme en el sofá con la fotocopia del mencionado poema en la mano y dejarme llevar por la lectura. No sé. Casi estoy deseando ya empezar la traducción propiamente dicha, que me tendrá varios meses sujeto a una única tarea. Pero, por lo mismo, ¿no debería esmerarme en sacar el mejor partido posible de estas tardes en las que todavía puedo elegir? 


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En las mañanas frías de invierno hay quien fuma como si pretendiera absorber, a chupadas, la mota de calor que brilla en la punta del cigarrillo. O, si no ha amanecido aún, para avivar un poco la brasa y así iluminarse un poco en la oscuridad.


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Cuando no parece que haya objetos metálicos a su alcance, las urracas se divierten persiguiendo los destellos del sol en el asfalto y graznan de alegría cuando uno resulta ser, por ejemplo, la anilla de apertura de una lata de refresco... Quiero decir que, como siempre van de dos en dos, la primera grazna de alegría y la otra de pura envidia por no haber sido ella quien encontrara ese tesoro. Y qué humana la diferente modulación de ambos graznidos. 

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