TINTE NEUTRO



18/2/19

Toma uno el tren una mañana ociosa y, al bajarse en la primera parada, a diez minutos de donde vive, tiene la impresión de estar en otro mundo. Quiero decir que pueden contarse con los dedos de una mano las ocasiones en las que me ha dado por pasear por las calles de este municipio vecino, pese a que lo que conozco de él -su larga calle principal, flanqueada de casas blancas de cierto empaque y adornada con algún que otro aditamento de lo que fue modernidad hace medio siglo (una populosa cafetería, la fachada de un viejo cine), su imponente ayuntamiento neoclásico- siempre me ha parecido que justificaba una visita más detenida. Ayer fue el momento. Teníamos pendiente la celebración, con unos días de retraso, de mi cumpleaños; y habíamos visto en televisión un reportaje sobre una antigua venta del lugar que es toda una leyenda en el mundo del flamenco y que, por lo que se decía en ese programa, conserva una estimable cocina tradicional. 

Heme aquí, pues, haciendo turismo a diez minutos de mi casa. Me pareció un buen presagio que, nada más bajarme del tren, en la alameda que se extendía ante mí se ubicara un modesto mercadillo en el que también había libros, aunque ninguno que mereciera la pena echarse al coleto; y que, en la calle comercial que enfilamos a continuación, hubiera una tienda de artículos de dibujo y pintura -me quedaría corto si la llamara "papelería"- en la que pregunté por un color de acuarela que no tengo y que allí casualmente tampoco tenían, pero que sirvió de pretexto para que el encargado me ilustrara sobre las marcas que incluyen dicho color -el "tinte neutro"- en su catálogo y las utilidades del mismo, mientras una atareada concurrencia de adolescentes, en la trastienda, se aplicaban a pintar bajo la batuta del hombre que ahora me atendía y cuyo comercio me he prometido frecuentar... En esta clase de menesteres distraemos el trayecto hasta la calle principal, en una de cuyas terrazas nos sentamos, no sin antes asomarnos a la otra vertiente del pueblo, al otro lado de la calle, tras la que asoma aquí y allá algún que otro atisbo de las marismas circundantes. Hablamos de ese paseo mientras bebemos nuestra cerveza y hacemos tiempo hasta la hora en la que tenemos mesa reservada en la venta en cuestión. A la que llegamos, por supuesto, puntualmente, y donde nos tratan con cordialidad exquisita y nos sirven un estupendo almuerzo.

Y así ha pasado lo mejor del día, hasta que la tarde nos ha empujado a tomar la última copa ya cerca de casa, bajo una luz declinante que infundía en el ánimo cierta melancolía ante la constatación de que pasarán semanas o puede que meses antes de que el azar lo sorprenda a uno de nuevo en esta predisposición a reinventarse el entorno, a apreciar matices distintos en lo cercano, a redescubrirse. 

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