UN HOMBRE CON UNA HISTORIA



26/2/2019

A este empleado de correos se le oye en toda la oficina, lo que quizá va en detrimento de la confidencialidad que para sí quisiera el remitente del envío que está gestionando. No lo hace con mala intención: es un hombre amable y servicial, y quizá lo que le pierde es la puesta en escena: le gusta poner en valor las complejidades del servicio, hacer notar que ha previsto todas las dificultades, mostrar que, en lo que de él depende, no va a haber información que el cliente no reciba ni riesgo del que no haya sido advertido. El cliente quiere enviar una caja a Ecuador. No sé si será natural de ese país: de su acento sólo puede colegirse que no es andaluz, porque pronuncia suavemente las eses finales y no acusa ese desgarro en el habla que muchos creen obligatorio impostar cuando saben que hay desconocidos oyéndolos. Habla, más bien, con exquisita discreción, como para compensar el tono campanudo del que hace gala su interlocutor. Que le ha preguntado qué hay en la caja, a lo que el hombre ha respondido que ropa y juguetes. "¿Cómo cuánta ropa?", insiste el otro. "Diez, doce ropas", dice el cliente, poniendo una nota anómala en su castellano hasta ahora perfectamente neutro. "¿Y cuánto cree que valen?", insiste el empleado. "No sé... 300 dólares". "Pongo entonces 180 euros. ¿Y qué juguetes?". Aquí el hombre parece azorado. "Dos juguetes nada más". "¿Muñecas?" "No, no. Un coche radiodirigido y otros coches... de jugar nada más" -y al decir esto último hace el gesto de empujarlos él mismo sobre una superficie, dando a entender que se trata de coches sin automatismos que los muevan. Aquí el empleado se queda pensativo. "¿Cuánto pongo esta vez?", pregunta. "40 euros". "¿Y lleva baterías el coche teledirigido?". El hombre duda. "Lleva un par de pilas corrientes, de las que se compran en el Mercadona". "Sí, eso también lo llamamos baterías. ¿Van puestas o las lleva aparte?". El hombre no se acuerda y el empleado le sugiere que abra el paquete y lo compruebe. "Es que, si van sueltas y las detecta el escáner del aeropuerto, es muy posible que echen para atrás la caja, por motivos de seguridad". Efectivamente, las pilas, con su envoltorio del supermercado, iban aparte. El empleado sugiere que es mejor que envíe el coche sin pìlas, para evitar complicaciones, a lo que el hombre asiente con gesto de resignación, como previendo la desilusión del receptor del juguete cuando compruebe que no funciona y que hay que cumplir primero el engorroso trámite, quizá demasiado oneroso para él, de ir a comprar unas pilas. El empleado parece comprender esa desazón y se extiende en explicaciones: "Nosotros no somos tan exigentes, pero los del aeropuerto de Barajas...". Y aquí el cliente hace una observación sorprendente: "No, si yo a quienes temo es a los del aeropuerto de allí...". No especifica nada más, pero el empleado ha entendido perfectamente por dónde van los tiros. "Nosotros le damos un código con el que puede hacer el seguimiento de su envío... hasta que llegue a Ecuador. Ya allí, no nos hacemos responsables. No por nada: es que ni siquiera hay retorno de información." A saber qué oscuras realidades asocia el remitente de esas ropas y juguetes al extraño tecnicismo que acaban de endilgarle. Pero parece sentirse aliviado de que el interrogatorio haya llegado a su fin. Paga la tarifa, recoge su tique y se va. Y ninguno de los que hemos esperado más de veinte minutos a que terminara el engorroso trámite nos hemos atrevido a protestar por la demora o hacer demostraciones de alivio por que haya terminado. Seguramente todos pensamos que ahí va alguien que tiene a sus espaldas una buena historia que contar, y que lo que involuntariamente nos ha dejado entrever de ella no es más que un capítulo. 

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