AGUA Y PLOMO

9/3/2019

Murió la poeta -alguien ha recordado que cuando ella empezaba a escribir todavía se estilaba la palabra "poetisa"- PP, uno de los nombres gaditanos que nutrió la llamada Generación del 50 o del medio siglo, y a uno se le ha pasado por la cabeza, como una película, esa extraña e incluso a veces contradictoria colección de imágenes en las que nuestra memoria condensa lo que recordamos de una persona: la generosidad con la que nos dispensaba su tiempo, por ejemplo, cuando aceptaba participar en alguna de aquellas "tertulias" que, un poco a tontas y locas, organizaban mis amigos más lanzados, que imaginaban que eso era a lo que consagraban su tiempo quienes sentían la inclinación a escribir (a uno, por el contrario, la timidez lo llevaba por otro camino, quizá menos lucido, pero más productivo: el del trabajo en soledad); su indestructible vocación literaria, mantenida a despecho de que su vida familiar, su condición de ama de casa y madre y su voluntaria reclusión en su ciudad natal le vedaban la práctica de ese tipo de sociabilidad que tanto facilita, primero, la difusión de la propia obra, y luego el reconocimiento y los posibles beneficios a él asociados; o su indignación, no siempre bien dirigida, cuando tenía la impresión de que, incluso en la ciudad en la que vivía y en la que era conocida, a veces se le negaba el lugar que merecía. 

La recuerda uno así, en toda esa mezcla de facetas, sobre las que se impone el hecho incontrovertible de que escribió buenos poemas -ahí están su brillante primer libro, Mara, o la atinada antología que le hizo su paisano José Ramón Ripoll- y de que efectivamente hubiera merecido ser más conocida y mejor apreciada. Algo me dice que ese reconocimiento será póstumo e interesado: su biografía y su obra son de las susceptibles de atraer, como la miel a las moscas, la atención de quienes sin duda sabrán engordar a su costa su propio currículum académico y/o literario. Algún indicio de ello ha habido desde el mismo momento en que se hizo pública su muerte. Eso, desde luego, no podrá dañarla, aunque hay ya algún precedente de otros poetas de su generación cuyo legado ha sido malbaratado o utilizado para fines espurios. PP, que publicó poco y que quizá no haya dejado demasiada obra inédita en la que escarbar, no dará mucho juego en ese aspecto. Quedarán sus libros -los ya mencionados, o el tomo de su poesía completa, que publicó en su día la Diputación- y los recuerdos de ella que atesoramos quienes la conocimos tal como era, con sus defectos y virtudes, sus innegables logros y sus quizá disculpables carencias. Descanse en paz.


*

"Vaya semanita", me dice este amigo. "Primero lo de T y ahora lo de PP". "Bueno", le digo, "no es lo mismo: PP se ha muerto y a T simplemente la nueva administración lo ha botado del cargo que tenía bajo la otra. No se puede comparar. Y además -digo, para no parecer demasiado indiferente a la suerte del susodicho, a quien tengo sincero aprecio-, seguro que encuentra algo pronto". No lo digo con segundas: la misma persona que me interpela publicó hace unos años una especie de biografía novelada del otro en la que lo describía poco menos que como un personaje de la eterna picaresca española. Si algo se deducía de ese libro es que su protagonista es un hombre de recursos. Yo ahora sinceramente espero que le sirvan para sortear con dignidad los años que le quedan hasta la jubilación. Y que, en el intervalo, escriba todo lo que quizá ha dejado de escribir mientras ha desempeñado tareas de gestión que tienen que ver con la literatura lo que el agua con el plomo: nada. 

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