CAU FERRAT


2/3/2019


Hacíamos este viaje, en cierto modo, para huir de los carnavales y, miren por dónde, hemos acabado en los de Sitges, que no son menos zarrapastrosos ni insufribles que los de cualquier otro lugar del mundo. Nada más llegar al centro del pueblo, un pasacalles nos corta el paso. Íbamos con una marea humana que tampoco parecía dispuesta a detenerse, por lo que algunos se saltan limpiamente la barrera que formaban quienes querían ver el pasacalles. Fastidiado, uno de ellos se niega a ceder el paso a otro que pretendía cruzar la calle, lo que resulta en que éste lo embista sin más y el otro, humillado, lo insulte y le diga a gritos que le va a partir la cabeza... Por suerte, unos vigilantes de Protección Civil que andaban cerca han intervenido para abrir un pasillo y permitir que unos crucen la calle sin molestar demasiado a los otros. En estas circunstancias alcanzamos el Paseo Marítimo y nos hallamos ante la vista más famosa de Sitges, la que muestra la línea litoral cerrada al fondo por un promontorio dominado por el perfil de una iglesia: es la imagen que utilizan, por ejemplo, para el cartel del famoso festival de cine fantástico que celebran allí todos los años; con el añadido, eso sí, de la silueta de un gigantesco King Kong cerniéndose sobre el perfil de la mencionada iglesia.

Subimos hasta allí y visitamos los museos contiguos de Cau Ferrat y el palacio Miracel, que fueron respectivamente la casa del pintor Santiago Rusiñol y la sede de la colección de arte que el millonario Charles Deering encargó al entendido Miquel Utrillo. Entre los dos albergan unos excelentes fondos, que disfrutamos en exclusividad, porque se ve que quienes han venido a Sitges a disfrutar de los carnavales no están dispuestos a perder parte de la mañana visitando museos. Hay mucha pintura de Rusiñol, por supuesto, y de su amigo Ramón Casas -cuya pintura me interesa mucho más que la de Rusiñol, a quien admiro más como autor de ese espléndido dietario que tituló La isla de la calma-; hay también cacharrería variada, desde objetos de forja a cerámicas, pasando por biombos chinos, azulejos satíricos y pequeñas piezas arqueológicas. El conjunto es muy distraído y agradable y es un elocuente testimonio del entusiasmo que despertó aquel entonces desconocido villorrio de pescadores en todos aquellos estetas que, en la estela de los franceses de la escuela de Barbizon, buscaban un lugar donde pintar al aire libre y construir una especie de utópica hermandad de artistas bohemios. El pueblo, al que ese gesto de artistas puso en el mapa, les quedó eternamente agradecidos, hasta el punto de que podría decirse que el celo con el que cuidan estos museos es una muestra de ese agradecimiento.

Fuera sigue atronando el carnaval. Tomamos una cerveza en una terraza atestada de turistas de pésimos modales y luego buscamos un lugar un poco más recogido -cosa imposible- para almorzar. El camarero, que es de Córdoba, reconoce nuestro acento andaluz y nos saluda con la efusividad un tanto impostada de quien dice alegrarse de encontrar a un paisano. Eso no evita que el somero almuerzo nos cueste un ojo de la cara. Pero así son las cosas y hay que decir que no doy el día por mal empleado. En algún rincón de mi memoria visual, las nalgas de uno de los delicados desnudos de mujer que pintaba Casas parecen sonreírme. Es lo que me llevo de Cau Ferrat. 

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