DE LA VIDA Y LA MUERTE






2/3/2019


Por la mañana me llevan, a petición propia, a Els Encants, que es el Rastro de aquí, aunque concentrado en una especie de nave con cubierta futurista y no extendido por las calles de un barrio -para eso, me dicen unos amigos barceloneses, mejor el mercadillo de San Antonio, los domingos-. Pero lo que hay aquí me impresiona. Hay muchos tenderetes más o menos convencionales, de esto o de aquello; pero lo verdaderamente llamativo son los que se extienden sobre telas, a ras de suelo, en los que lo mismo se encuentran montañas de libros descabalados, como recién sacados de un vertedero, que piezas de artesanía, cuadros y marcos -muchos, de todos los tamaños y estilos, que me hacen lamentar que en este viaje no me sea posible comprar algunos y llevármelos a casa, para mis acuarelas-, espejos, baúles, ropa también como sacada de un contenedor, etcétera. El abigarramiento y la variedad son tan grandes que resulta muy difícil fijar la vista y escudriñar como es debido cualquiera de esas cornucopias. Aún así, en un desborde de libros localizo una antología de bolsillo de Maragall con prólogo de Pau Riba. De un gesto pregunto el precio al encargado del puesto, que está en el otro extremo. También de un gesto, me indica que le dé un euro. No me hace falta llevárselo: sin decirme nada, otro parroquiano lo toma de mi mano y alarga el brazo hasta alcanzar al destinatario de la moneda. 

Esa mañana me había dado cuenta de que me había dejado en casa el peine, lo que me preocupaba porque esa misma tarde tenía la presentación de mi libro y no me iba a ser posible poner un poco de orden en mis ingobernables greñas. "No te preocupes", me dice C. "En Els Encants venden de todo". No se refería, naturalmente, a que buscara un peine -al fin y al cabo, un artículo de aseo personal- en las montañas de detritos en las que quizá pudiera haber alguno, sino a que, en los pasillos laterales, hay también toda clase de pequeños comercios. Pero en ninguno, ay, había un peine; lo que hace que, a fuer de insistente, me ponga un tanto pesado. Finalmente, después de probar en una docena de comercios, ya fuera de Els Encants, damos con una franquicia de productos de aseo y belleza en el que me compro un magnífico peine "antiestático" -y, por tanto, apropiado también para la barba- por dos euros... "¿Ya estás contento?", me espetan casi al unísono mis poco piadosas acompañantes. Para compensarlas un poco, me dejo convencer para almorzar en cierto restaurante de pretensiones asíáticas -lo que es mucho decir, teniendo en cuenta la extensión del continente- que es muy del gusto de C. Ha sido una buena elección: la comida es ligera y digerible, lo que me permitirá llegar a la presentación de esta tarde en las mejores condiciones posibles.

Antes -lo olvidaba- habíamos paseado por el Parque de la Ciutadella, que es muy agradable y que tiene una terraza estratégicamente situada frente a la fuente monumental, lo que me permite dibujarla en mi libreta de apuntes, así como el quiosco de música. Y es durante estos menesteres cuando siento vibrar el teléfono en el bolsillo y recibo un mensaje de whatsapp en el que me comunican, sin entrar en detalles, la muerte de MJRdeA, una compañera que se jubiló hace apenas seis o siete años -y que, por tanto, no llegaba todavía a los setenta años de edad. Me entristece la noticia. 

MJ era un personaje singular: de un aplastante sentido común y muy seca de modales, como quien percibe la inutilidad de perder el tiempo con cortesías que quizá sus destinatarios no merecen; pero, al mismo tiempo, dotada de una insobornabla voluntad de ayudar al prójimo -que ejercía a varios niveles: desde la gente cercana a ella a los beneficiarios de las muchas organizaciones caritativas con las que colaboraba- y de un no menos insobornable sentido de la justicia. No iba a las comidas navideñas con los compañeros de trabajo, me dijo, porque entre sus compañeros había quienes se oponía a que se invitara a ellas a conserjes y limpiadoras. Con eso quedaba todo dicho. He de decir que yo debí de caerle bien desde el primer momento, hasta tal punto que casi me adoptó, facilitándome enormemente mi adaptación al nuevo destino y procurando que yo encontrara en él mi sitio. La última vez que me la encontré, cuando llevaba ya algunos años jubilada, me preguntó qué tal me iba... Le dije que bien, pero que quizá me aburría, por lo rutinario del trabajo, siempre igual a sí mismo año tras año. Me recomendó que me apuntara siempre a las tareas más difíciles, que pidiera tener a los alumnos más conflictivos, etcétera, porque lo que se conseguía en esos casos resultaba siempre muy gratificante... Debo decir que le he hecho caso sólo a medias. 

Y así, con la melancolía por la triste noticia, aún tuve tiempo de echar una breve siesta y prepararme para la presentación de Arabesco en la librería D. Es una librería muy cuidada, con fondos excelentemente escogidos y un acogedor espacio para presentaciones. Su encargado es un hombre pequeño y delgado, vestido con un impecable traje de paño verde que le da un cierto aspecto de hacendado inglés de hace cien años. Lleva, me dice, cinco años con esta librería. Y se ve que en ese tiempo se ha hecho, si no una clientela, sí una parroquia, como quien dice: a la presentación acuden, además de los amigos y conocidos a los que yo mismo he convocado, unas cuantas mujeres muy mayores, que se ve que son habituales de la casa y que quizá encuentran distraído pasar la tarde en esos actos de entrada libre. Una de ellas, me cuenta M.A., no paró de dar cabezadas durante toda la presentación; otra, que estaba sentada en primera fila y asentía elocuentemente a cuanto yo decía, casi se muere del susto cuando yo, animado por sus vehementes gestos de sintonía, me atreví a interpelarla directamente a propósito del asunto de uno de los poemas que leí, a saber: uno en el que mencionaba la recolecta de espárragos silvestres. La anciana asentía de tal modo que creí que, como me había ocurrido con otros espectadores de su edad en otras presentaciones, ella sabía a qué me estaba refiriendo y tenía experiencia propia al respecto... Pero no. Y casi me dio la sensación de que quizá se había sentido ofendida porque un extraño hubiera presupuesto que ella, habitante de un barrio acomodado de Barcelona, estaba familiarizada con aquella humilde labor de subsistencia.

Fue la anécdota de la lectura. Luego, en el turno de preguntas, el colega JCC aludió a la Cábala y yo, para estar en consonancia, hablé del Big Bang... Pero todo esto transcurría en un ambiente de distendida ironía y bajo la impresión de que el público no se había aburrido y que los poemas habían gustado. Eso sí; apenas se vendieron libros, porque algunos de los asistentes, los más entusiastas, ya lo tenían; y las señoras, por supuesto, no compraron, porque, si tuvieran que comprar un libro en todas las presentaciones, la distracción les resultaría ruinosa. 

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