JULIETA


5/3/2019

Viaje de regreso. Nos maltratan en el aeropuerto, como es habitual. En el control de seguridad me obligan a abrir la maleta y a dejar allí un frasco con gel de baño que, al aparecer, excedía por muy poco el volumen máximo de líquido que se permite llevar, Siempre me he preguntado qué hacen con estas cosas. ¿Las tiran, sin más? ¿Se quedan los propios empleados con lo que les parece más apetecible: una colonia, un perfume, un buen producto dermatológico de esos que cuestan un ojo de la cara en la farmacia? O quizá lo donan todo a una oenegé, quién sabe. El caso es que, tras el expolio, ya va uno de mal humor, que se acrecienta cuando llegas al panel informativo y ves que, del centenar de vuelos que se anuncian, el único que no tiene asignada la zona de embarque es el nuestro, el de Jerez. No es la primera vez que nos ocurre, aquí y en Barajas, lo que hace pensar que quizá Aena tiene en poco a ese vuelo de provincias y lo relega siempre al último hueco que quede disponible. Los pasajeros, airados, y viendo que falta ya menos de media hora para embarcar, se dirigen airados a la chica que atiende el mostrador de información. "Tengan paciencia", dice ella. Y el caso es que, apenas veinte minutos antes de la hora en que debía empezar el embarque, aparece en el panel la indicación de que hay que dirigirse a la puerta tal... Y allá que vamos todos -también muchos ancianos, y una pareja con mellizos de quince meses, y un hombre que arrastra una pierna- por el larguísimo pasillo, arrastrando nuestras maletas... Hasta que llegamos a la puerta indicada, ante la que permanecemos... cuarenta minutos, durante los cuales nos han recordado la posibilidad de que, por falta de espacio, nuestros equipajes de mano nos sean retirados al acceder al avión y arrojados sin más a la bodega... Pero todavía no han terminado nuestras penalidades. A los cuarenta minutos de espera, decía, se corre la voz de que han cambiado la puerta de embarque y hay que trasladarse a otra que está... en el extremo opuesto de ese ala del aeropuerto. Nueva carrera, nueva espera de aproximadamente media hora... y por fin accedemos al avión.

Me ha tocado asiento al lado del padre de los mellizos. Lleva a uno de ellos, el varón, sobre las rodillas. La hermana va con la madre, al otro lado del pasillo. Cuando me percato de la separación, les digo que, si desean ir juntos, no tengo inconveniente en cambiar mi asiento por el de la madre -que es, por cierto, una mujer bellísima, con ese tipo de belleza que aporta a las facciones un punto de severidad e incluso de autoridad, que ella no se recata en hacer valer ante su marido-. Es él, precisamente, quien con más entusiasmo acoge mi propuesta, que a ella no le ha causado ni frípo ni calor, tal vez porque ya se había acomodado en el asiento que le correspondía y no le apetecía levantar el campo. Los hechos le darían poco después la razón: al verlos juntos, cada uno con un bebé en el regazo, la azafata les ha dicho que no pueden ir así porque cada fila de asientos dispone de un máximo de cuatro máscaras de oxígeno, y ellos ahora, sumados al pasajero que ocupa el asiento de ventanilla, son cinco. Así que nos volvemos a cambiar.

Nada de esto me impacienta. ¿Quién puede enfadarse por el parloteo y las ocasionales quejas de un niño de quince meses? Somos, además, testigos de un pequeño milagro. El bebé varón ya andaba; pero su hermana todavía era incapaz de hacerlo sin ayuda. Sin embargo, cuando la sueltan en el pasillo del avión, para que se distraiga, logra avanzar una docena de pasos sin agarrarse, y se da cuenta de ello, y vuelve a repetir, entre risas, lo que a ella misma le parece un prodigio. Y así resulta que esta niña, que atiende al nombre de Julieta, ha aprendido a andar en el pasillo de un avión. 

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