NOVEDADES


7/3/2019

Anda el mundillo cultural algo agitado por algunas novedades. La primera, que cierta revista literaria de ámbito andaluz y distribución gratuita que editaba cierto imperio mediático va a dejar de publicarse. En sus orígenes, recuerdo, en la década de los 90, esa revista se benefició de los restos de la efervescencia cultural que había tenido lugar durante los lustros precedentes y adoptó los modales de las revistas literarias que la habían precedido. Con frecuencia, la nómina de sus colaboradores coincidía con la que quienes habíamos publicado previamente en Fin de Siglo, Contemporáneos, La Mirada -el suplemento literario de El Correo de Andalucía, que dirigía José Luna Borge- o Citas -el de Diario de Jerez, que hacían José Mateos y Juan Bonilla-. Y, como era una publicación sostenida por un poderoso imperio editorial, pagaban las colaboraciones, lo que era una grata novedad. Dependía entonces esa revista de una fundación impulsada por el grupo de marras y que parecía defender una política cultural dictada por esas mismas miras abiertas hacia la literatura más joven y hacia la reivindicación de lo mucho valioso que se había hecho en las décadas previas y merecía ser defendido. Luego esas miras se estrecharon notablemente, la empresa matriz cortó el chorro de dinero del que se alimentaba la mencionaba fundación y la revista adelgazó un tanto, aunque siguió publicándose, ya con otro director y con un planteamiento que tenía poco que ver con el de sus orígenes. Sus números, ahora de carácter monográfico y con colaboradores siempre lo bastante conocidos como para aportar prestigio a la publicación que los acogía han seguido apareciendo puntualmente desde entonces en sus puntos de distribución, a la puerta de las librerías andaluzas, donde es frecuente verlos languidecer sin que mucha gente se moleste en cogerlos... Y así hasta hoy, cuando se ha difundido la noticia de que la empresa que la sufragaba va a dejar de publicarla, lo que ha suscitado algunos lamentos -entre ellos, lógicamente, los de quienes solían ser invitados a colaborar en ella- e incluso alguna campaña de recogida de adhesiones que, cuando escribo esta nota, todavía está por ver si tendrá algún resultado. 

No sabe uno cómo actuar en estos casos. En la medida de lo posible, trato de no olvidar nunca la diferencia entre literatura y política literaria. La primera se ejerce en soledad, al margen de maniobras de grupo; lo otro no me interesa. La consecuencia práctica de este modo de actuar -que no sé si es el correcto, pero es el que me sale- es que no suelo beneficiarme de lo que procura beneficios a otros ni me siento perjudicado cuando esas fuentes dejan de manar. Genéricamente, lamenta uno cualquier reducción en los instrumentos y cauces que facilitan la difusión de la cultura. Pero hay también dentro de uno una vocecilla impertinente que no deja de recordarme que todo eso es accesorio y que, en gran medida, la gesticulación que se hace en la defensa de estas cosas o en lamentar su desaparición es impostada y responde a intereses muy particulares. Calla uno, por tanto. ¿Qué podría decir? Lamentó uno en su día que se perdieran Fin de Siglo o Contemporáneos, aunque sin derramar lágrimas por ello: cumplieron admirablemente su función y serán por ello siempre recordadas. Fue un honor colaborar en ellas. De esta otra apenas puedo decir otro tanto, pero no les quito la razón a quienes hoy se rasgan las vestiduras por su desaparición. Cada cual llora por lo suyo; por más que ese "suyo" parece más exclusivo, y excluyente, en unos casos que en otros. 


En cuanto a la otra novedad... Pero de eso escribiré algo, si acaso, mañana. 

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