SOCIALISMO


13/03/2019

Quienes la conocieron se mostraron muy parcos en elogiarla por su belleza o por cualquier otro valor de los que entonces, como hoy, se cotizaban alto en sociedad. Enfermiza, quizá tocada por algún tipo de neurastenia, parecía destinada a una vida de flor de invernadero. Sin embargo, un buen día se desembarazó de ese destino, huyó a Italia con su amante y allí escribió lo mejor de su poesía, que, por supuesto, en su tiempo no fue en absoluto apreciada. Ahora el destino ha querido que me haya comprometido a pasar al menos un año y medio de mi vida en su compañía y casi sin posibilidad de dedicarme a otra cosa que no sea mantener con ella arduos coloquios sobre el sentido de su poema más intrincado y ambicioso, que es también el mejor de los suyos y uno de los más sorprendentes de su tiempo. Y creo que merecerá la pena.


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Esta camarera nos confiesa, al ver a M.A, trastear con sus gafas de cerca, que lo mejor que ha hecho en su vida ha sido operarse para quitarse la miopía. Le parece un milagro, dice, abrir los ojos todas las mañanas y ver las cosas sin esa especie de telaraña añadida que supone haber perdido agudeza visual. Y debe de tener razón, seguramente. Le digo a M.A. que quizá yo debería invertir también algo en esa clase de cirugía. "Pero no serías tú", me dice. "Te he conocido siempre con gafas, sería raro verte de otra manera". Pero a mí lo que me ha convencido no es la posibilidad de cambiar de aspecto, sino el hecho de que, entre todas las maneras posibles de describir su impresión, la camarera haya elegido precisamente la palabra "milagro". A mí, con gafas y todo, me parece también un milagro el simple hecho de que amanezca cada día y que cada día traiga su pequeña colección de prodigios. Ayer, por ejemplo, la súbita irrupción, por encima de nuestras cabezas, cuando volvíamos de hacer ejercicio, de una bandada de lo que nos parecieron patos salvajes, quizá ya en camino hacia su veraneo nórdico. Añadieron, como suele ocurrir cada vez que la naturaleza irrumpe inopinadamente en nuestro espacio cotidiano, una nota de irrealidad, como si de pronto la ciudad hubiera desaparecido y sólo existieran los elementos que seguramente son significativos para la bandada: la línea de costa, la sutil percepción de los polos magnéticos y geográficos del planeta, los imperativos vitales que desencadena la primavera. A veces esos milagros ocurren incluso con los ojos cerrados: ahora mismo, por ejemplo, cuando dejo de teclear y bajo los párpados para oír el trino de los pájaros en los árboles del paseo que tengo frente al balcón. Y todo eso, ay, a pesar de estas gafas, más hechas a la visión de corto alcance y al contraste entre el blanco del papel y la tinta que a las grandes distancias.


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Los vinos de 2 euros del Mercadona, la ropa de confección "nacional" que vende PG, mi más reciente proveedor, los menús de 8 euros de Casa Manolito... ¿Quién dice que el socialismo, en el mejor sentido de la palabra, es una quimera inalcanzable?   

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