URBANIDAD


3/3/2019


La espléndida mañana de domingo nos ha llevado hasta las escalinatas de Montjuic, que hoy rebosan de visitantes que toman el sol o posan para los inevitables selfies y fotos de móvil con las fuentes en cascada al fondo o de espaldas a las magníficas vistas de Barcelona que se ven desde estas alturas. A mitad de la ascensión, por cierto, nos hemos encontrado con los amigos de Cádiz con quienes coincidimos en el vuelo. Han estado en el Caixafórum y nos recomiendan vivamente que visitemos lo que allí exponen: entre otras cosas, una exposición de Max Beckman, de quien nuestro interlocutor se confiesa admirador, hasta tal punto que nos dice que alguna vez ha intentado copiar alguno de sus cuadros. Pero C., que es nuestra guía y quien ha preparado el programa de actos, tiene otros planes: quiere que entremos en el Museo Nacional de Arte de Cataluña y que, antes de agotarnos ante la visión de todo lo bueno que allí guardan, veamos la exposición temporal, dedicada al pintor del siglo XV Bartolomé de Cárdenas, alias el Bermejo, de quien me veo obligado a confesar que nunca había oído hablar; lo que debería avergonzarme, porque es un pintor espléndido, muy superior a sus coetáneos, con muchos de los cuales se ve obligado a colaborar, en obediencia de las estrictas normas gremiales que regían su oficio y que no eran precisamente favorables a quienes, como él, llevaban una vida itinerante, de encargo en encargo. 

La exposición es muy didáctica y hace que los asistentes puedan reparar en el virtuosismo del pintor, que no sólo dominaba como nadie la nueva técnica de pintura al óleo procedente de Flandes, sino que se aplicaba con devoción, en los fondos de sus cuadros, a paisajes, escenas de género y detalles de la naturaleza que por sí mismas son ya pequeñas obras maestras. Vemos la exposición con detenimiento, como celosos de no perdernos ni un detalle, lo que hace que, cuando salimos de ella, no tengamos ya ganas, como preveía C., de visitar el resto del museo: apenas dedicamos unos minutos al ala dedicada a la pintura románica, que es impresionante. Y luego salimos a seguir disfrutando la mañana, o ya el mediodía, que, por contraste con el ambiente entenebrecido del museo, parece si acaso más espléndido. 

Volvemos al centro de la ciudad y nos tomamos unas cañas en la un tanto decaída Plaça de Castella, que C. nos dice que a otras horas del día suele estar muy animada. No es el caso. Tampoco la desangelada terraza en la que nos hemos sentado resulta especialmente acogedora, por lo expuesta a los vientos cruzados que atraviesan la plaza. También a los mendigos: uno de ellos, que sabe que no tenemos escapatoria, nos aborda y, con voz impostada, empieza a soltarnos de memoria un discurso en el que dice estar recogiendo fondos para no sé qué fundación que ayuda a los desamparados... La mentira es palpable y me pone todavía de peor humor del que ya estaba, por lo que lo interrumpo, diciéndole que no solemos dar dinero para esas cosas en la calle y que lo siento y que tal y cual... El pedigüeño se marcha con gesto ofendido, pero ahora quienes están de muy mal humor son M.A. y C., a quienes les ha parecido muy grosero el trato que he dispensado al mendigo, y molestado que yo empleara un plural que las incluía. "Yo estaba dispuesta a darle la calderilla que llevo en el bolsillo", me dice C. "¿Quién eres tú para hablar por mí?". ¿Qué puedo decir? Balbuceo que sólo pretendía defender nuestro rato de intimidad y no estar a la merced de los pícaros de la calle. Pero no arreglo nada. Y mucho me temo que, aunque luego aparentamos disfrutar mucho el almuerzo, que hacemos en un restaurante al que también nos ha querido llevar C., el malestar no ha terminado de diluirse.

Por ello, tal vez, después de almuerzo, digo que prefiero no regresar al hotel y que quiero aprovechar lo que queda de tarde para recorrer el Paseo de Gracia y ver los afamados especímenes de arquitectura modernista que la flanquean, entre ellos la muy conocida y visitada Casa Milá... Y en ello, y en volver al hotel dando un larguísimo rodeo que me lleva a la Sagrada Familia y luego a subir la Avenida Gaudí, empleo el tiempo que queda hasta la cena, que hacemos en un bar de barrio de la plaza Maragall, donde A., la pareja de C., que no sabe nada del incidente con el mendigo, cuenta que otro pedigüeño, al ver su atuendo inconfundiblemente punkie, lo llamó y le cantó, en señal de hermandad, no sé qué letra de esa cofradía, lo que hizo que A. lo invitara a una birra... C. Y M.A. me miran, sin decir nada, pero desde luego pensando que, sin pretenderlo, A. me acaba de dar una lección de urbanidad callejera. Tomo nota. 

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