CONNEMARA


13/4/2019

A bordo del Connemara, con nombre típicamente irlandés y matrícula chipriota. Pasaje variopinto: muchos hombres solos , casi todos camioneros; y alguna que otra familia con niños a la que le resulta más económico viajar en coche que en avión. A nosotros, después de arduas gestiones para hacer entender a la compañía que se trataba de un caso de fuerza mayor, nos han permitido embarcar a pie, lo que no ha dejado de ser pintoresco. Ya el taxista que nos llevó a Ringaskiddy, el punto del puerto de Cork desde el que salen los ferris, tuvo sus dificultades para que los guardias del embarcadero lo encaminaran, no a la cola de coches preparados para embarcar, sinoa una desolada terminal en desuso donde se ubica el mostrador de la compañía. Allí, la persona al cargo estaba al tanto de nuestra situación y nos trató con extrema amabilidad: nos ofreció una taza de té y nos indicó que esperásemos hasta que ella misma nos condujera al interior del barco, lo que habríamos de hacer atravesando a pie la bodega para vehículos. Así que nos sentamos frente a los ventanales que daban al embarcadero, vimos atracar el ferry que debíamos tomar y nos asombramos de que, por el repecho de tierra cubierto de hierba que se extiende entre la terminal y la rada, corrieran un par de rollizos conejos, extrañamente incongruentes con el entorno portuario. Había también una bandada de pájaros pequeños, quizá estorninos, posados sobre el filo de una pasarela, desde donde de vez en cuando echaban a volar para trazar una especie de armoniosa voluta coreográfica en el aire y luego regresar al punto de partida, hasta que se aburrieron y, primero el grueso y luego los dos últimos rezagados, se marcharon definitivamente.

Y así echamos el rato hasta que termina de anochecer y la empleada que nos atiende, y que ahora se ha enfundado un chaleco fluorescente, nos dice que la sigamos. Tras sus pasos, obedeciendo su indicación de que no traspasemos una línea amarilla pintada en el pavimento, y junto a la cual pasan rápidos los camiones que embarcan en primer lugar, accedemos a las entrañas del ferry, donde nuestra guía nos presenta a la sobrecargo y ésta nos indica que esperemos en los espacios comunes junto a la cafetería hasta que nos avisen de que nuestro camarote está listo.

Así ha sido nuestro embarque. Una vez en el camarote, hemos devorado los bocadillos que traíamos para la cena y caído rendidos en nuestras literas, desde las que nos levantamos para mirar por la ventana en cuanto percibimos que el barco empieza a moverse, escoltado por la lancha del práctico y dejando atrás las luces de la periferia de Cork. Nuestra primera noche en altamar.

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