CONTRARIO A MIS INSTINTOS


29/4/2019

Trato de analizar la extraña autoconciencia con que uno sobrelleva la sensación de estar fuera de casa, que tanto se ha prodigado en las últimas semanas. Y no sólo por lo de Waterford: ha habido luego también algún compromiso literario y un fin de semana de desempeño profesional como enviado a un festival de cine. Se reviste uno de esas obligaciones -escritor en ejercicio, asistente a un evento cultural- para contrarrestar, en la medida de lo posible, la contravención de las querencias territoriales a las que uno vive aferrado: desde la sensación de seguridad resultante de volver a casa al final de la jornada a las comodidades aparejadas al hecho de comer la comida a la que uno está acostumbrado, dormir en la cama propia o incluso usar el propio cuarto de baño. Por supuesto, esa sensación de extrañamiento desaparece cuando uno está en faena, quizá porque, mientras duran las actuaciones que lo han traído a uno a estos lugares -quiero decir, mientras uno perora ante un público o permanece sentado con gesto circunspecto ante la pantalla de cine o en la sala donde los periodistas departen con el cineasta de turno-, uno deja en cierta medida de ser quién es y asume el personaje que otros han querido asignarle al encomendarle esas tareas. Lo malo es cuando uno deja de ejercer de esto y aquello y se convierte simplemente en el paseante que llena tiempos muertos en una ciudad extraña... Pero no quiero exagerar: llevo muchos años haciendo estas cosas y puede decirse que estoy acostumbrado, e incluso que la experiencia adquirida me ha sido muy útil en circunstancias en las que, como en lo de Waterford, tanto la prolongación de la estancia como la soledad a ella aparejada han venido impuestas y se han debido a causas inesperadas. Pero, aun así, qué extrañas se me hicieron las horas intermedias en la ciudad en la que estuve el pasado jueves para intervenir en un par de actos literarios, qué descarnado el sol durante el paseo que di por la fachada marítima de la ciudad, qué peso el de la propia digestión a pie enjuto, en la calle, sin un mal sofá donde dar una cabezadita. Y lo mismo durante el fin de semana en el festival de cine.

Omito, por sobreentendido, que esos inconvenientes quedan sobradamente compensados por las satisfacciones aparejadas a ambos compromisos y por todas las amabilidades de las personas que me atendieron antes, durante y después de ellos. No se trata aquí de cuestionarlos, desde luego, o de mostrarme desagradecido. Se trata, más bien, de una cuenta que debo dirimir conmigo mismo. Se ha puesto de moda últimamente la expresión "salir de la zona de confort" de uno, supongo que calcada del inglés. En español bastaría con decir "salirse de la rutina". A mí me cuesta y por eso lo hago siempre como obedeciendo a una autoimposición, sin la cual seguramente sucumbiría a no sé qué madeja de neurosis que me mantendrían atados a mi casa, a mis asuntos y a mis escenarios cotidianos. No es lo único que hago violentando mis querencias naturales. Si alguien le llega a decir al adolescente tímido y con dificultades para expresarse que se iba a ganar la vida dando clases en un instituto y que como actividad complementaria iba a elegir una que le obligaría a hablar en público en lugares donde nadie lo conoce, me hubiera echado a temblar. Hoy todos esos miedos me dan risa. Pero sé que, más o menos domeñados, siguen ahí, convertidos en todo eso que acabo de describir: extrañeza, digestiones pesadas, sensación de despojamiento e indefensión, añoranza de espacios más familiares y seguros. Llevo una vida contraria a mis instintos. Y menos mal.

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