CRISTAL



4/4/2019

Cosas que hace un turista —yo no lo soy: yo he venido aquí a trabajar— en Waterford y alrededores. Visitar, por ejemplo, la afamada fábrica de vidrios y ver en acción a sus operarios. Lo hice anteayer y mereció la pena, no tanto porque a uno le impresionen —no es el caso— los artículos de lujo que aquí fabrican -alguno tan absurdo como un espejo de cuerpo entero con marco de cristal tallado, valorado en 32.000 euros-, como por la consideración del posible atenuante de que todo esto responde a un no menos absurdo, aunque más comprensible, alarde de fantasía, al que cabe en último término atribuir la extraña circunstancia de que los operarios trabajen ante un circuito de exhibición por el que diariamente desfilan centenares de turistas que nunca podrán permitirse comprar ninguno de sus productos —¿de verdad alguien querría tener en su casa, por ejemplo, un oso de cristal del tamaño de un perro mediano?—, pero a quienes emociona la idea de que el capricho de unas docenas de millonarios repartidos por todo el mundo haga posible todo esto.

Una cosa sí he aprendido, tan inútil quizá como el mencionado oso de cristal: que las copas de champán hechas de una sola pieza —es decir, aquellas cuyo pie no es una pieza añadida— se llaman "flautas" (”flute" en inglés), por tener su origen en un tubo aflautado convenientemente modelado. Ya tengo algo que contar cada vez que brinde con espumoso nacional después de las uvas de nochevieja.

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