ESCENAS



3/4/2019

Escribo en la cocina de mis anfitriones. Hay una ventana grande, de tres cuerpos, que da a un jardín ahora descuidado, porque es invierno, pero del que llega toda la luz de la mañana, que hoy como ayer es radiante, aunque eso no quiera decir nada en el imprevisible clima irlandés. Mi anfitriona tiene hoy el día libre, por lo que sospecho que se ha levantado temprano sólo para prepararme el desayuno. Luego me ha dejado en la cocina —creo que se ha ido a dormir otra vez— y yo he querido aprovechar la ocasión para acudir a este cuaderno, sin el cual muchas de estas impresiones pasajeras se me borrarían sin más, aunque quizá no el detalle de qué C., mi anfitriona, es una mujer atractiva y segura de sí misma, y que entre ella y su marido  —se casaron hace apenas unos meses, ambos en segundas nupcias y con hijos de los sus matrimonios anteriores— existe una perceptible armonía, que se traduce en una especie de coreografía física y verbal que parece gustarles practicar ante extraños y ponerlos de un excelente humor, que contagian al espectador. He aquí un ejemplo, que podría ser parte de un diálogo de comedia, y que me da la impresión de que, al traducirlo, pierde su gracia:

—You're spoiling me (Me mima usted)—le digo, para agradecerle las apetitosas cenas que me prepara.
—I always spoil my men (Siempre mimo a mis hombres) —responde ella. Y luego, dirigiéndose a su marido y como si yo no la oyera:
—I'd better not tell him how (Más vale que no le diga cómo). —A lo que él responde:
—You'd better not (Mejor no).

Tienen establecido entre ellos un reparto de papeles que pondría muy nerviosos a los modernos debeladores de los roles de género. Ella es un dechado de feminidad, él se complace en exhibir su llaneza de deportista —fue futbolista en su juventud y ahora juega al golf— y las sobrias pero también efusivas afectaciones de camaradería de un trabajador manual —es electricista—. Por lo mismo, es de esa clase de hombres que, llegado el caso, confía en su porte y su fuerza física a la hora de afrontar una situación en la que esos elementos pueden tener su importancia. Justo antes de completar esta entrada —que empecé esta mañana en la cocina, como dije, y que ahora, ya acabada la jornada, continúo en mi dormitorio— tuve ocasión de constatarlo. Volvía yo de tomarme la pinta de Guinnes de todas las noches en el pub más cercano cuando, justo antes de doblar la esquina de mi calle, fui testigo de una extraña escena. Un hombre joven agarra por la cintura a una muchacha que parece a punto de desplomarse y que, a pesar de la gélida temperatura, sólo lleva puesto un finísimo camisón que le deja los brazos y hombros al descubierto y bajo el cual no parece que lleve otra cosa. Por sus facciones y color de piel se diría que es mulata, quizá caribeña. Él le dice, mientras la abraza con fuerza, no se sabe si para retenerla o para evitar que se desplome: “Para ya, no me hagas esto” ("Stop it. Don't do this to me"). Como la acera no es muy ancha, paso muy cerca de ellos y hago el ademán de preguntar si necesitan ayuda. Pero ninguno de los dos da muestras de haber reparado en la presencia de un extraño, aunque me parece advertir que, en el caso del hombre, esa afectación de indiferencia incluye un claro mensaje de que lo que está ocurriendo no me incumbe. Como estoy prácticamente ya en la puerta de la casa de mis anfitriones, que además no está cerrada con llave, la empujo y digo a B., el marido, que algo raro está ocurriendo a la vuelta de la esquina y que no sé si deberíamos llamar a la policía. Me sorprende la reacción de ella: "Don't get involved", grita. No te metas. Pero él no lo duda un instante y enseguida nos plantamos en la esquina, donde la pareja ya no está. Un vecino que parece venir del mismo pub que yo saluda a mi acompañante.

—Qué tal, B. ¿Ocurre algo?
—No, nada. Nos vemos este fin de semana...

Y nos volvemos a casa, yo un tanto arrepentido de haber turbado la plácida sobremesa de mis antifriones y él quizá preguntándose si no habrán sido todo imaginaciones de su huésped. Su reacción, de todos modos, me ha parecido admirable, a pesar de que, por comparación, quizá no me deja en buen lugar.
En cuanto a ella... No sé, algo me dice que he perdido puntos, y no tanto por no haber sabido yo resolver por mi cuenta la situación, como por haber sido el causante de que su marido pudiera haberse implicado ("involved") en cuestiones que, en su opinión, no le concernían. O peor aún: en líos de la comunidad inmigrante, a la que mi anfitriona no parece tener en gran estima.

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